La idea es mantener el contacto con los amigos, cuento cositas que me pasan por la cabeza, nuevas experiencias, cosas que leo...
viernes, 24 de octubre de 2008
24.10.2008 - Adelante
Ya sé que llevo mucho tiempo sin escribir, pero es que mi vida ahora se reduce prácticamente y en exclusiva al trabajo. Es una pena porque tengo materia de la que escribir y de la que hablaría con gusto, pero son demasiados viajes y días muy largos. Quiero contaros en otra entrada sobre el Festibike. También me engañaron para ir a la carrera de Las Dehesas. El año pasado me encantó y este también, lo que pasa es que no sé si da para otra crónica.
20.9.2008 – El Duatlón del Festibike
Este tenía que ser mi primer duatlón. 3i me avisó unos días antes que esta era mi oportunidad para estrenarme. He participado en algún acuatlón, incluso en una carrera de bici de montaña, aunque no de forma competitiva, (podéis investigar en los archivos de este blog, porque las crónicas son bastante graciosas), pero lo cierto es que con la bici no me había atrevido a nada más.
Los que no conocéis a 3i no sabéis lo insistente que puede ser, pero en esta ocasión no le costó demasiado convencerme. Era un duatlón de 6 km de carrera a pie (dos vueltas a un circuito de 3k sobre tierra) + 20 km con bici de montaña (3 vueltas a otro circuito) + 3 km a pie, (una vuelta al primer circuito. Era un duatlón cross y no sobre asfalto, lo que limita bastante las competiciones en que estoy en disposición de participar, porque mi bicicleta, y a la postre, posesión más preciada, es de montaña. Y de momento no tengo otra. Pues no le resulto difícil convencerme porque le tenía ganas a uno y me aseguró que no tenía dificultad técnica y que él estaría de apoyo, de pomponero.
Yo me empeñé en salir a correr por la mañana con el grupo del S3R, porque ese momento el sábado es uno de los mejores de la semana y no me gusta renunciar a él. El duatlón empezaba a las 16:00 y tendría que darme tiempo de sobra de llegar, incluso comer, pero ahí metí la pata. Primero tenía que prepararme y el triatlón y sus variantes exige más equipamiento que una carrera a pie. Que si el casco, los guantes, el mono, el avituallamiento, la licencia, los imperdibles, y yo con estos pelos. Como yo soy un poco perla y a pesar del empeño que le pongo, al final siempre se me olvida algo. 3i suele estar siempre al quite y se convierte en mi salvación y sustento, pero ya me va echando la bronca, ya.
Una vez preparado, o al menos así lo creía, llegaba la segunda parte. Lo cierto es que aunque no imposible, el deporte en Madrid está pensado para gente con coche. Llegar hasta la estación de tren y de ahí hasta Las Rozas, a la estación de Pinar. Aunque el transporte de la bicicleta está permitido en tren durante los fines de semana, aún tuve que soportar miradas de odio de la gente que no podía sentarse donde quería.
Pensaba que sólo me quedaba una estación, pero cuando me doy cuenta el tren toma una desviación con la que yo no contaba, eso a pesar de haberme empollado el plano, y en lugar de Pinar, llego al Tejar. Un árbol también, pero aquí se comprueba que no es lo mismo una gimnosperma que una angiosperma. (Esto es un guiño a Anita Obregón).
Total, que estaba donde no era. Llamada de pánico a 3i, que en su afán de verme ahí sudando el nuevo mono del equipo, se pone manos a la obra y promete hacerse con alguno de los últimos dorsales. Por lo visto hasta tuvo que pelearse por el último con una triatleta agresiva, que comentario aparte creo que se le dan bastante bien. Pregunté a unos viejecillos cuándo pasaba el siguiente tren en mi dirección y me contestan. Bueno, que algunos minutillos tardaría, pero ya que voy con bici y estoy tan pertrechado (y eso que no me había enfundado todavía el mono marcapaquetes), que fuera en bicicleta, que el camino no tenía pérdida.
Pues eso, había que pasar por debajo de la vía de tren por una vía pensada para desaguar posibles embolsamientos en épocas de lluvia torrencial. Aquí llueve poco, pero cuando llueve lo hace con alevosía. Y efectivamente, sólo me llevó unos titubeos por un camino yermo y plagado de vegetación xerófita (esto tiene importancia, aunque parezca una concesión irrelevante a lo Ana Obregón), hasta llegar a la estación. Ahí atravesar las vías con la bici al hombro y subirme al andén con la ayuda de otros pasajeros. Que “un poco más adelante había un lugar de paso, alma de Dios”. Pues, eso también hay que saberlo.
Por fin en la estación prevista, sólo me queda pedalear hasta el lugar. No estaba seguro de por donde pero contaba con las indicaciones de 3i. Ahí que voy exigiendo en la vía de servicio de la autopista, que no en la propia autopista, mi derecho a estar entre otros vehículos. La rueda hace poff. He pinchado. Nueva llamada a 3i y a sentarme a arreglar el pinchazo. Para que veáis que a pesar de ser un desastre procuro estar preparado y llevaba una cámara de repuesto, los desmontables y la bomba. 3i aparece a ayudarme. Una espina de un matorral, grande como mis pecados era el culpable. Aquí cobra sentido lo de la vegetación xerófita que mencionaba antes.
Arreglamos el pinchazo, pero ya vamos con prisas. En la furgoneta me cambio, me pongo el dorsal, rebusco la licencia mientras 3i añade el número obligatorio a la bici. Después cumplir con las normas. Dejar la bici en boxes, comprobar los frenos y el casco, presentar la licencia, que si beber, de nuevo 3i al quite, que si calentar, que qué agobio.
La carrera está a punto de comenzar. Yo ya estoy invadido por la tensión previa a la competición. ¿Ese que tengo delante es Raña? Pues sí por que lo pone en su mono, que por cierto le queda mejor que a mí el mío. Esto es lo más cerca que he estado nunca de la gloria olímpica, lástima que no se llevara medalla, porque la gloria aún habría sido mayor por convección. Raña se fue a la cabeza de la carrera y yo al final. Salí el último, literalmente, en medio de una polvareda que había causado un compañero de equipo en su caída. Cuéllar, éste sí, un excelente triatleta, deportista y compañero. Claro que yo no lo vi, porque el iba en cabeza y yo el último.
Disfruto de los primeros seis kilómetros. Alguna de las chicas, que salían un minuto más tarde me pasaron, pero por lo demás era yo el que fui ganando unos cuantos puestos. Hacía calor, pero la sensación era muy buena, a pesar de que por la mañana ya me había dado otra paliza. Primera vuelta y segunda. 3i y su familia hacen de pomponeros de lujo. Me sienta estupendamente porque no tengo costumbre.
Disfruto.
Llego por fin a la parte más temida por mí: la bici. Me concentro para no meter la pata. Primero el casco, antes de nada, luego coger la bici pero sin montarse, que hay que esperar a que den la señal. Lo hago bien, aunque pude ver después que muchos se despistaban y les llamaban la atención, no sin motivo. Bebo un poco, salgo de la zona de boxes, me calzo la bici, ruedo unos metros y... compruebo con horror que tenía la otra rueda pinchada. ¡Óspera con la vegetación xerófita!
Tuve que abandonar con toda la rabia. A ver que iba a hacer. Una pena, porque estaba disfrutando un montón. Una de las jueces, que me recogió el dorsal, me vio con tal cara de pena que hasta me consoló. Total, ya había abandonado la carrera que podía permitirse, sin faltar al reglamento, un poco de ayuda.
Pues eso, ¿cuándo es la siguiente, 3i? Que ya estoy lanzado.
Los que no conocéis a 3i no sabéis lo insistente que puede ser, pero en esta ocasión no le costó demasiado convencerme. Era un duatlón de 6 km de carrera a pie (dos vueltas a un circuito de 3k sobre tierra) + 20 km con bici de montaña (3 vueltas a otro circuito) + 3 km a pie, (una vuelta al primer circuito. Era un duatlón cross y no sobre asfalto, lo que limita bastante las competiciones en que estoy en disposición de participar, porque mi bicicleta, y a la postre, posesión más preciada, es de montaña. Y de momento no tengo otra. Pues no le resulto difícil convencerme porque le tenía ganas a uno y me aseguró que no tenía dificultad técnica y que él estaría de apoyo, de pomponero.
Yo me empeñé en salir a correr por la mañana con el grupo del S3R, porque ese momento el sábado es uno de los mejores de la semana y no me gusta renunciar a él. El duatlón empezaba a las 16:00 y tendría que darme tiempo de sobra de llegar, incluso comer, pero ahí metí la pata. Primero tenía que prepararme y el triatlón y sus variantes exige más equipamiento que una carrera a pie. Que si el casco, los guantes, el mono, el avituallamiento, la licencia, los imperdibles, y yo con estos pelos. Como yo soy un poco perla y a pesar del empeño que le pongo, al final siempre se me olvida algo. 3i suele estar siempre al quite y se convierte en mi salvación y sustento, pero ya me va echando la bronca, ya.
Una vez preparado, o al menos así lo creía, llegaba la segunda parte. Lo cierto es que aunque no imposible, el deporte en Madrid está pensado para gente con coche. Llegar hasta la estación de tren y de ahí hasta Las Rozas, a la estación de Pinar. Aunque el transporte de la bicicleta está permitido en tren durante los fines de semana, aún tuve que soportar miradas de odio de la gente que no podía sentarse donde quería.
Pensaba que sólo me quedaba una estación, pero cuando me doy cuenta el tren toma una desviación con la que yo no contaba, eso a pesar de haberme empollado el plano, y en lugar de Pinar, llego al Tejar. Un árbol también, pero aquí se comprueba que no es lo mismo una gimnosperma que una angiosperma. (Esto es un guiño a Anita Obregón).
Total, que estaba donde no era. Llamada de pánico a 3i, que en su afán de verme ahí sudando el nuevo mono del equipo, se pone manos a la obra y promete hacerse con alguno de los últimos dorsales. Por lo visto hasta tuvo que pelearse por el último con una triatleta agresiva, que comentario aparte creo que se le dan bastante bien. Pregunté a unos viejecillos cuándo pasaba el siguiente tren en mi dirección y me contestan. Bueno, que algunos minutillos tardaría, pero ya que voy con bici y estoy tan pertrechado (y eso que no me había enfundado todavía el mono marcapaquetes), que fuera en bicicleta, que el camino no tenía pérdida.
Pues eso, había que pasar por debajo de la vía de tren por una vía pensada para desaguar posibles embolsamientos en épocas de lluvia torrencial. Aquí llueve poco, pero cuando llueve lo hace con alevosía. Y efectivamente, sólo me llevó unos titubeos por un camino yermo y plagado de vegetación xerófita (esto tiene importancia, aunque parezca una concesión irrelevante a lo Ana Obregón), hasta llegar a la estación. Ahí atravesar las vías con la bici al hombro y subirme al andén con la ayuda de otros pasajeros. Que “un poco más adelante había un lugar de paso, alma de Dios”. Pues, eso también hay que saberlo.
Por fin en la estación prevista, sólo me queda pedalear hasta el lugar. No estaba seguro de por donde pero contaba con las indicaciones de 3i. Ahí que voy exigiendo en la vía de servicio de la autopista, que no en la propia autopista, mi derecho a estar entre otros vehículos. La rueda hace poff. He pinchado. Nueva llamada a 3i y a sentarme a arreglar el pinchazo. Para que veáis que a pesar de ser un desastre procuro estar preparado y llevaba una cámara de repuesto, los desmontables y la bomba. 3i aparece a ayudarme. Una espina de un matorral, grande como mis pecados era el culpable. Aquí cobra sentido lo de la vegetación xerófita que mencionaba antes.
Arreglamos el pinchazo, pero ya vamos con prisas. En la furgoneta me cambio, me pongo el dorsal, rebusco la licencia mientras 3i añade el número obligatorio a la bici. Después cumplir con las normas. Dejar la bici en boxes, comprobar los frenos y el casco, presentar la licencia, que si beber, de nuevo 3i al quite, que si calentar, que qué agobio.
La carrera está a punto de comenzar. Yo ya estoy invadido por la tensión previa a la competición. ¿Ese que tengo delante es Raña? Pues sí por que lo pone en su mono, que por cierto le queda mejor que a mí el mío. Esto es lo más cerca que he estado nunca de la gloria olímpica, lástima que no se llevara medalla, porque la gloria aún habría sido mayor por convección. Raña se fue a la cabeza de la carrera y yo al final. Salí el último, literalmente, en medio de una polvareda que había causado un compañero de equipo en su caída. Cuéllar, éste sí, un excelente triatleta, deportista y compañero. Claro que yo no lo vi, porque el iba en cabeza y yo el último.
Disfruto de los primeros seis kilómetros. Alguna de las chicas, que salían un minuto más tarde me pasaron, pero por lo demás era yo el que fui ganando unos cuantos puestos. Hacía calor, pero la sensación era muy buena, a pesar de que por la mañana ya me había dado otra paliza. Primera vuelta y segunda. 3i y su familia hacen de pomponeros de lujo. Me sienta estupendamente porque no tengo costumbre.
Disfruto.
Llego por fin a la parte más temida por mí: la bici. Me concentro para no meter la pata. Primero el casco, antes de nada, luego coger la bici pero sin montarse, que hay que esperar a que den la señal. Lo hago bien, aunque pude ver después que muchos se despistaban y les llamaban la atención, no sin motivo. Bebo un poco, salgo de la zona de boxes, me calzo la bici, ruedo unos metros y... compruebo con horror que tenía la otra rueda pinchada. ¡Óspera con la vegetación xerófita!
Tuve que abandonar con toda la rabia. A ver que iba a hacer. Una pena, porque estaba disfrutando un montón. Una de las jueces, que me recogió el dorsal, me vio con tal cara de pena que hasta me consoló. Total, ya había abandonado la carrera que podía permitirse, sin faltar al reglamento, un poco de ayuda.
Pues eso, ¿cuándo es la siguiente, 3i? Que ya estoy lanzado.
martes, 9 de septiembre de 2008
31.8.2008 – Carros de Foc
Me permito en esta ocasión reproducir la crónica de un amigo que participó en la ya mítica prueba de resistencia Carros de Foc. El misticismo viene de su recorrido de 50 kilómetros con 9.000 metros de desnivel acumulado por los 9 refugios del parque natural de Parque Nacional d'Aigües Tortes i Sant Maurici (creo que se escribe así). Por lo visto se la inventaron los guardas de la zona. Más información en la web de la revista Desnivel.
<< 1.9.2008
Ayer volví de Carros de Foc, coincidiendo con la operación retorno, me tiré todo el día en el coche.
La carrera se me dio bien, terminé con un tiempo de 21:01. Mi colega, con el que hice el primer tercio, luego me sacó 4 horas. Salimos a las 04:15 de la mañana de Colomina, armados con frontales. Había dormido fatal y poco porque me encontraba mal, al levantarme a las 3:30 fui directamente a vomitar. No pude desayunar, porque no me entraba nada. Cuando pasamos el primer refugio todavía era de noche. El camino hasta ahí era relativamente fácil. Había decidido “probar” y si no me encontraba bien retirarme y volver a Colomina. Pero seguí. En las subidas tiraba Alfredo y en las bajadas yo. Así pasamos los tramos más largos y duros a la vez. A las 11 de la mañana en una subida muy puñetera el colega se me escapó y a pesar de la caña que di en la bajada ya no pude pillarle. Allí me quemé un poco, llevaba 8 horas de carrera y aún no había llegado hasta la mitad. Tuve que aflojar bastante y pasé a “modo de ahorro de energía”. Encima no conocía el terreno en esa parte y tuve que parar mil veces a consultar el mapa para orientarme. Sobra decir que iba totalmente solo. A las 21:15 llegué al penúltimo refugio y ya era de noche. Estaba destrozado con dolores múltiples y tiritando del frío y de cansancio. Pregunté si les quedaban plazas, porque me querría retirar y dormir allí. Y sí, les quedaban. Pero en lugar de “venderme” la cama allí, me dieron de beber y de comer y me animaron a seguir. Yo no estaba nada convencido, me quedaba uno de los tramos más duros y mal señalizados, que de noche se podría convertir en una pesadilla. Yo tenía tres grandes problemas: 1 – como no se veía nada de nada, me perdería casi seguro. 2 – me podría quedar helado, no hacía mucho frío, pero todo mojado y con poca ropa… Además por mi cabeza daba vueltas el recuerdo de la reciente hipotermia que me impidió terminar en Embrun. 3 – estaba medio muerto de cansancio y con fuertes dolores por todo el cuerpo.
Entonces apareció en escena Willy. Un personaje de lo más. Era uno de los guardas de otro refugio, además había corrido la carrera y terminado primero con un flipante tiempo de 11:20 h. Me animó mucho a seguir. Me dibujó el camino, me lo explicó 6 veces, me prestó su forro polar, un frontal, pilas de reserva, unos guantes y un buff para la testa. Cuando vio que yo seguía sin decidirme, me ofreció acompañarme. Para esta etapa en las guías de montaña pone de 3 a 4 horas (se entiende andando y de día). Esto significa que un corredor o skyrunner, como los llaman por aquí, la haría en unas 2 horitas más o menos. Pero claro, no estando congelado, medio muerto y de noche. Si Willy me acompañara, esto le supondría como mínimo unas 5 horas (para ir y volver) extras. Me dio mucha vergüenza, la verdad. Y mucho ánimo. Después de 45 minutos allí parado, decidí lanzarme. Al final a Willy le cogí prestado solo el forro polar, con el acuerdo de dejárselo en Colomina y él lo recogería mas adelante.
Así empecé la última etapa a las 22:00, pero para mí era como una nueva carrera. La única regla de ésta era sobrevivir. En oscuridad total y soledad absoluta, era todo un reto. Me perdí y volví a encontrar decenas de veces. Cuando llegué por fin arriba en el collado me encontré con una docena de frontales que iban en dirección contraria de la mía. Eran otros participantes en la carrera, pero que iban en la dirección opuesta. Iban por separado o en grupos más pequeños, pero como estuvieron perdidos un buen rato se juntaron al final todos para buscar mejor el camino. Me advirtieron que me quedaba la peor parte, donde no existe ningún sendero, solo hay enormes bloques de granito con marcas prácticamente invisibles. También me dijeron que era mejor volver con ellos al refugio anterior, que ir bajando por allí yo solo, que me perdería seguro y bla, bla, bla…
Ya sabes lo que hice, ¿no? Seguí. Hasta empecé a divertirme de tanto perderme y volver a encontrarme. A las 0:45h empecé a ver unas señales de luz. Me parecía un frontal en modo intermitente y como no se movía supuse que era del refugio. Y así fue, era Alfredo que el pobre me estaba esperando en lugar de acostarse y descansar, ya que había llegado hace 4 horas. A mi todavía me quedaba rodear un lago, pero ya no tenía pérdida. A la 01:16 llegué a Colomina. “Eres un flipado”, me dijo Alfredo… “Y un campeón”, añadió después. Con lo primero estoy de acuerdo, con lo segundo no tanto, aunque lleve el forro polar del auténtico campeón.
En total me han salido 21 horas y 1 minutito. Según el reglamento en la categoría Sky Runner hay que terminar en menos de 24 horas. Así que objetivo cumplido. También he disfrutado, así que objetivo cumplido doblemente.
El record está en 10:20. Este año el primero ha sido mi amigo Willy con 11:21 que además de buen corredor es una buenísima persona. Me ha dado una lección de lujo. Algo así sentiría un niño de un barrio argentino si Maradona bajara de su trono para enseñarle a tirar penaltis.
Fin>>
Pues eso, sobran las palabras. Yo le he echado la bronca porque era una locura, pero también alegrado un montón porque lo conozco y sé que son éstas las aventuras que más le gustan, por haber acabado entero, pero sobre todo por haber recorrido el camino que para él es más importante que llegar a la meta.
<< 1.9.2008
La carrera se me dio bien, terminé con un tiempo de 21:01. Mi colega, con el que hice el primer tercio, luego me sacó 4 horas. Salimos a las 04:15 de la mañana de Colomina, armados con frontales. Había dormido fatal y poco porque me encontraba mal, al levantarme a las 3:30 fui directamente a vomitar. No pude desayunar, porque no me entraba nada. Cuando pasamos el primer refugio todavía era de noche. El camino hasta ahí era relativamente fácil. Había decidido “probar” y si no me encontraba bien retirarme y volver a Colomina. Pero seguí. En las subidas tiraba Alfredo y en las bajadas yo. Así pasamos los tramos más largos y duros a la vez. A las 11 de la mañana en una subida muy puñetera el colega se me escapó y a pesar de la caña que di en la bajada ya no pude pillarle. Allí me quemé un poco, llevaba 8 horas de carrera y aún no había llegado hasta la mitad. Tuve que aflojar bastante y pasé a “modo de ahorro de energía”. Encima no conocía el terreno en esa parte y tuve que parar mil veces a consultar el mapa para orientarme. Sobra decir que iba totalmente solo. A las 21:15 llegué al penúltimo refugio y ya era de noche. Estaba destrozado con dolores múltiples y tiritando del frío y de cansancio. Pregunté si les quedaban plazas, porque me querría retirar y dormir allí. Y sí, les quedaban. Pero en lugar de “venderme” la cama allí, me dieron de beber y de comer y me animaron a seguir. Yo no estaba nada convencido, me quedaba uno de los tramos más duros y mal señalizados, que de noche se podría convertir en una pesadilla. Yo tenía tres grandes problemas: 1 – como no se veía nada de nada, me perdería casi seguro. 2 – me podría quedar helado, no hacía mucho frío, pero todo mojado y con poca ropa… Además por mi cabeza daba vueltas el recuerdo de la reciente hipotermia que me impidió terminar en Embrun. 3 – estaba medio muerto de cansancio y con fuertes dolores por todo el cuerpo.
Entonces apareció en escena Willy. Un personaje de lo más. Era uno de los guardas de otro refugio, además había corrido la carrera y terminado primero con un flipante tiempo de 11:20 h. Me animó mucho a seguir. Me dibujó el camino, me lo explicó 6 veces, me prestó su forro polar, un frontal, pilas de reserva, unos guantes y un buff para la testa. Cuando vio que yo seguía sin decidirme, me ofreció acompañarme. Para esta etapa en las guías de montaña pone de 3 a 4 horas (se entiende andando y de día). Esto significa que un corredor o skyrunner, como los llaman por aquí, la haría en unas 2 horitas más o menos. Pero claro, no estando congelado, medio muerto y de noche. Si Willy me acompañara, esto le supondría como mínimo unas 5 horas (para ir y volver) extras. Me dio mucha vergüenza, la verdad. Y mucho ánimo. Después de 45 minutos allí parado, decidí lanzarme. Al final a Willy le cogí prestado solo el forro polar, con el acuerdo de dejárselo en Colomina y él lo recogería mas adelante.
Así empecé la última etapa a las 22:00, pero para mí era como una nueva carrera. La única regla de ésta era sobrevivir. En oscuridad total y soledad absoluta, era todo un reto. Me perdí y volví a encontrar decenas de veces. Cuando llegué por fin arriba en el collado me encontré con una docena de frontales que iban en dirección contraria de la mía. Eran otros participantes en la carrera, pero que iban en la dirección opuesta. Iban por separado o en grupos más pequeños, pero como estuvieron perdidos un buen rato se juntaron al final todos para buscar mejor el camino. Me advirtieron que me quedaba la peor parte, donde no existe ningún sendero, solo hay enormes bloques de granito con marcas prácticamente invisibles. También me dijeron que era mejor volver con ellos al refugio anterior, que ir bajando por allí yo solo, que me perdería seguro y bla, bla, bla…
Ya sabes lo que hice, ¿no? Seguí. Hasta empecé a divertirme de tanto perderme y volver a encontrarme. A las 0:45h empecé a ver unas señales de luz. Me parecía un frontal en modo intermitente y como no se movía supuse que era del refugio. Y así fue, era Alfredo que el pobre me estaba esperando en lugar de acostarse y descansar, ya que había llegado hace 4 horas. A mi todavía me quedaba rodear un lago, pero ya no tenía pérdida. A la 01:16 llegué a Colomina. “Eres un flipado”, me dijo Alfredo… “Y un campeón”, añadió después. Con lo primero estoy de acuerdo, con lo segundo no tanto, aunque lleve el forro polar del auténtico campeón.
En total me han salido 21 horas y 1 minutito. Según el reglamento en la categoría Sky Runner hay que terminar en menos de 24 horas. Así que objetivo cumplido. También he disfrutado, así que objetivo cumplido doblemente.
El record está en 10:20. Este año el primero ha sido mi amigo Willy con 11:21 que además de buen corredor es una buenísima persona. Me ha dado una lección de lujo. Algo así sentiría un niño de un barrio argentino si Maradona bajara de su trono para enseñarle a tirar penaltis.
Fin>>
Pues eso, sobran las palabras. Yo le he echado la bronca porque era una locura, pero también alegrado un montón porque lo conozco y sé que son éstas las aventuras que más le gustan, por haber acabado entero, pero sobre todo por haber recorrido el camino que para él es más importante que llegar a la meta.
martes, 2 de septiembre de 2008
2.9.2008 – Volver
Pues ya estoy aquí. Este verano no he salido a correr tanto. También la piscina ha ganado la batalla por el dominio del tiempo durante el verano. Las últimas semanas todavía menos debido a que ya había empezado a trabajar.
Ayer salí a correr, a darme una vuelta, a estirar las piernas y empezar la temporada. Me apetece la idea de volver a empezar.
Me lo tomé con mucha tranquilidad. Tenía pensado unos 30 minutos a ritmo muy tranquilo, me encaminé hasta El Retiro, aprovechando que los días todavía son largos. La idea era ir y volver, pero una vez que llegué allí decidí darme una vuelta. Había ambientillo y sobre todo disfrutaba del calorcito que acompañaba. Aunque en Helsinki no me acordé de ello, incluso agradecí el fresquito, descubrí que lo había echado de menos.
Ayer salí a correr, a darme una vuelta, a estirar las piernas y empezar la temporada. Me apetece la idea de volver a empezar.
Me lo tomé con mucha tranquilidad. Tenía pensado unos 30 minutos a ritmo muy tranquilo, me encaminé hasta El Retiro, aprovechando que los días todavía son largos. La idea era ir y volver, pero una vez que llegué allí decidí darme una vuelta. Había ambientillo y sobre todo disfrutaba del calorcito que acompañaba. Aunque en Helsinki no me acordé de ello, incluso agradecí el fresquito, descubrí que lo había echado de menos.
viernes, 22 de agosto de 2008
22.8.2008 – Las mejores intenciones
Aprovechando un receso de las reuniones de trabajo que han supuesto el punto final a mis vacaciones finlandesas, me he escapado para ir al cine. Aquí lo hago con cierta frecuencia, aprovechando las sesiones en versión original y la comodidad de los cines. Mejor a esas horas en las que no hay mucha gente, para disfrutar de la película sin tantas cabezas por delante y ruido de palomitas. Casi como si estuvieras solo. Otra ventaja es que, quizás, aquí no sorprenda tanto ir al cine solo. Aunque necesariamente no sea esa la razón, pero parece existir la creencia generalizada de que vas solo, porque no tienes nadie más con quien ir. Y que las películas como “eso” en Nueva York congreguen probablemente más solitarios que las de abundante intercambio de balas y puñetazos en cualquiera de sus versiones. Debo decir, sin embargo, que la mayoría también aquí venían en pareja o en comandita.
Hace ya unos cuantos días leí un artículo en El País sobre la difícil coordinación de las vacaciones de las nuevas parejas con hijos del matrimonio anterior. El reportaje me pareció interesante en sí, incluso durante un momento consideré con simpatía la dificultad de las parejas del reportaje, de obvio alto nivel económico, que tenían que hacer malabares para poder compaginar las exigencias de todos los miembros de la recién inaugurada familia. Lo mejor fue sin embargo uno de los comentarios que los lectores dejan en la red y que en unas pocas líneas trasladó con precisión toda la carga de ironía y sarcasmo de un lector indignado. Y no le faltaba razón, el artículo presentaba como una tragedia para las nuevas familias aumentar las actividades, como cruceros en yate y viajes a París, a golpe de talonario. Lo realmente difícil era tratar de afrontar los gastos cada vez mayores con la exigua prestación por desempleo. Y pocos cementos amalgaman con mayor firmeza una relación que la puntualidad con que llega el débito de la hipoteca. Me hizo mucha gracia.
Pues no pude evitar retomar esta línea de pensamiento mientras veía la película. El momento de mayor dramatismo, el clímax trágico, era el plantón casi ante el altar de un bodorrio por todo lo alto. Otros momentos de gran carga emocional eran una pequeña infidelidad o las consecuencias del climaterio. Evidentemente la contraposición de los devaneos sentimentales de las chicas, ya bastante talluditas, de Nueva York con la realidad cotidiana de una persona normal resulta devastadora. Por no traer al parangón verdaderos desastres y tragedias humanas como guerras, terremotos, enfermedades y otros jinetes del Apocalipsis.
Y sin embargo, no pude evitar sentir simpatía por las tribulaciones de los personajes, como tampoco dejo de hacerlo por otras situaciones ficticias simuladas en series de televisión, muy habitualmente estadounidenses, a pesar de que en algún rincón de la conciencia se remueve preso de la urticaria el rechazo a la glorificación de un único modelo válido de vivir, al que todos aspiran pero que muy pocos puede realizar.
Pero, ¿por qué no habría de ser así? Cuando todas estas producciones estadounidenses han sido elaboradas con esmero para apelar la conmiseración hacia los personajes, para proyectar la nuestras propios quebraderos y querencias a los devenires de los personajes. Yo no me atrevo a criticar la emoción ante el drama de un personaje de culebrón junto con la relativa apatía ante la visión tan diaria como terrible de las noticias del día. La tragedia de Carrie Bradshaw podemos sobrellevarla, la horrible y real de la guerra, la hambruna y la desesperación diaria de miles de personas es demasiado cruel.
Estas series norteamericanas con abundante melodrama despiertan en mí el deseo de ser mejor persona. Y eso no puede ser malo.
Lástima que después de salir del cine y caminar hacia la estación de tren, todos esos buenos sentimientos se los tragara la tierra. Tuve deseos de hincar el diente en la yugular a un grupo de adolescentes descerebrados que cometieron la osadía de invadir el carril bici. ¿Adonde fueron las mejores intenciones? ¿Den goda viljan? “Late corazón, ¿quién sabe lo que se traga la tierra?”
Hace ya unos cuantos días leí un artículo en El País sobre la difícil coordinación de las vacaciones de las nuevas parejas con hijos del matrimonio anterior. El reportaje me pareció interesante en sí, incluso durante un momento consideré con simpatía la dificultad de las parejas del reportaje, de obvio alto nivel económico, que tenían que hacer malabares para poder compaginar las exigencias de todos los miembros de la recién inaugurada familia. Lo mejor fue sin embargo uno de los comentarios que los lectores dejan en la red y que en unas pocas líneas trasladó con precisión toda la carga de ironía y sarcasmo de un lector indignado. Y no le faltaba razón, el artículo presentaba como una tragedia para las nuevas familias aumentar las actividades, como cruceros en yate y viajes a París, a golpe de talonario. Lo realmente difícil era tratar de afrontar los gastos cada vez mayores con la exigua prestación por desempleo. Y pocos cementos amalgaman con mayor firmeza una relación que la puntualidad con que llega el débito de la hipoteca. Me hizo mucha gracia.
Pues no pude evitar retomar esta línea de pensamiento mientras veía la película. El momento de mayor dramatismo, el clímax trágico, era el plantón casi ante el altar de un bodorrio por todo lo alto. Otros momentos de gran carga emocional eran una pequeña infidelidad o las consecuencias del climaterio. Evidentemente la contraposición de los devaneos sentimentales de las chicas, ya bastante talluditas, de Nueva York con la realidad cotidiana de una persona normal resulta devastadora. Por no traer al parangón verdaderos desastres y tragedias humanas como guerras, terremotos, enfermedades y otros jinetes del Apocalipsis.
Y sin embargo, no pude evitar sentir simpatía por las tribulaciones de los personajes, como tampoco dejo de hacerlo por otras situaciones ficticias simuladas en series de televisión, muy habitualmente estadounidenses, a pesar de que en algún rincón de la conciencia se remueve preso de la urticaria el rechazo a la glorificación de un único modelo válido de vivir, al que todos aspiran pero que muy pocos puede realizar.
Pero, ¿por qué no habría de ser así? Cuando todas estas producciones estadounidenses han sido elaboradas con esmero para apelar la conmiseración hacia los personajes, para proyectar la nuestras propios quebraderos y querencias a los devenires de los personajes. Yo no me atrevo a criticar la emoción ante el drama de un personaje de culebrón junto con la relativa apatía ante la visión tan diaria como terrible de las noticias del día. La tragedia de Carrie Bradshaw podemos sobrellevarla, la horrible y real de la guerra, la hambruna y la desesperación diaria de miles de personas es demasiado cruel.
Estas series norteamericanas con abundante melodrama despiertan en mí el deseo de ser mejor persona. Y eso no puede ser malo.
Lástima que después de salir del cine y caminar hacia la estación de tren, todos esos buenos sentimientos se los tragara la tierra. Tuve deseos de hincar el diente en la yugular a un grupo de adolescentes descerebrados que cometieron la osadía de invadir el carril bici. ¿Adonde fueron las mejores intenciones? ¿Den goda viljan? “Late corazón, ¿quién sabe lo que se traga la tierra?”
jueves, 21 de agosto de 2008
21.8.2008 – No estás solo
Sigo como puedo el desarrollo de los juegos olímpicos. Al principio podía mirar los vídeos de RTVE, pero pronto vetaron el acceso a los internautas con IPs extranjeras por cuestiones legales. Me tuve que conformar con ver el material que pone a disposición de los internautas locales el homólogo, que aquí se llama Yle. Pero claro, se fija más en los deportes con participación nacional y algunos son para mí muy raros. Y aunque puede sacar material del equipo chino de gimnasia, me quedo sin ver lo que pasa en deportes con participación española, incluso con medalla, como las chicas de sincronizada o el ejercicio de suelo de Deferr.
También leo los periódicos digitales. Hay una constante cuando hablan de los deportistas españoles, siempre hacen referencia al esfuerzo titánico y capacidad de sacrificio de los héroes del deporte. Califican de épica la capacidad de las nadadoras de sincronizada de aguantar el trabajo de resistencia y fuerza en anoxia, ahí es nada; de sobre humano el trabajo sobre los pedales de Llaneras; de repetido infinitamente hasta la perfección el ejercicio de suelo de Deferr, y así pasando por ciclistas, atletas, gimnastas, remeros. Y los que no ganan medalla, que se quedan a 8 malditos segundos, como Contador, o que son superados en el último momento, como María Vasco o Noya y Raña, casi más lo sentí yo, emocionado como estaba al leer el artículo. Pero para ejemplo paradigmático el esfuerzo corajudo de Marta Domínguez. Casi más que la carrera en sí, ya formidable, fue el discurso de después del ¿desastre? Lo que no te mata te hace más fuerte, y según me han dicho, aún con una sonrisa de oreja a oreja.
A tenor de los artículos periodísticos parece que a los demás deportistas, los de otros países, no les cuesta esfuerzo sacar medalla, aunque si están ahí es precisamente porque además de unas cualidades físicas excepcionales e innatas, han estado desde muy jovencitos miles y miles de horas entrenando con sacrificio y persistencia. Claro, viendo nadar a Phelps parece que sea fácil, pero es innegable el esfuerzo y la dedicación de todos y cada uno de los deportistas de alto nivel.
Y sin embargo me encanta la participación de los deportistas españoles. Si hasta me emocioné viendo la entrega de medallas a Samuel Sánchez. Y no sólo los éxitos, sino los que se quedan a punto en una lucha denodada, como María Vasco, como Noya y Raña, como Marta Domínguez y otros más. No me importa repetir otra vez sus nombres. Estoy sinceramente impresionado.
Y sin embargo, los ejemplos de valor, como en el Corazón de D’Amicis, son armas de doble filo. Ya el esfuerzo titánico de los deportistas, que persisten en su afán de mejorar sus marcas con disciplina férrea, músculo y voluntad, pueden ser un acicate para seguir adelante. Pero también puede hundirte en la miseria, si en momentos de “humanidad”, que no quiero decir debilidad, descubres que no puedes más, o simplemente no te apetece levantarte del sillón, que dejas pasar oportunidades de mejorar, no sólo en el entrenamiento marcado sino en el trabajo, en la relación con los demás en la vida.
¿Y cuando no resulta un acicate, no es más deprimente contemplar el espíritu de luchadora indómita de Marta Domínguez? Es a todas luces encomiable y digno de la mayor de las admiraciones, (yo de mayor quiero ser como ella). Pero lo cierto es que muy pocos son como ella, la mayoría de hecho somos bastante normalitos. De hecho, si se me disloca una articulación practicando deporte, por favor, llevadme al hospital. Prometo no exigir voz en grito que me coloquen el hueso en su sitio para poder seguir en la brecha, como la luchadora de esgrima Araceli Navarro.
A veces, me veo comparando las metas propias con las de los deportistas, mi sacrificio diario con otros más sufridos, y mi nivel de bienestar, con los que el propio concepto de estar bien es desconocido. Este ejercicio ni es sano, ni razonable, ni mucho menos justo. Los esfuerzos no se pueden medir por la calidad o cantidad de los resultados, sino por el umbral que hay salvar para por lo menos intentarlo. Y que todos tenemos derecho en mayor o menor medida a fracasar, a ser débiles y estar cansados, siempre que no nos dejemos dominar por “el lado oscuro de la fuerza”. Y no passa res!
Y sin embargo otra vez, considero el ejemplo de Marta Domínguez, de María Vasco que además dedicó su competición de sangre, sudor y hierro a víctimas y familiares del accidente aéreo, y de Noya y Raña como elemento de motivación muy válido para mí. “Jo, si ellos siguen adelante a pesar del ¿fracaso?, no voy a poder yo también: una brazada más, un ciclo de pedaleo más, una zancada más, y con una sonrisa, o un gesto feo de esfuerzo, cada uno con lo que pueda.
Quizás lo importante de todo esto sea recordar, y realizar, que ese esfuerzo de recomposición, de hacer de tripas corazón, no es necesario emprenderlo en soledad, que los amigos pueden ayudar a dar ese empujoncito, como ya lo han hecho antes. Ánimo, corazón. No estás solo.
También leo los periódicos digitales. Hay una constante cuando hablan de los deportistas españoles, siempre hacen referencia al esfuerzo titánico y capacidad de sacrificio de los héroes del deporte. Califican de épica la capacidad de las nadadoras de sincronizada de aguantar el trabajo de resistencia y fuerza en anoxia, ahí es nada; de sobre humano el trabajo sobre los pedales de Llaneras; de repetido infinitamente hasta la perfección el ejercicio de suelo de Deferr, y así pasando por ciclistas, atletas, gimnastas, remeros. Y los que no ganan medalla, que se quedan a 8 malditos segundos, como Contador, o que son superados en el último momento, como María Vasco o Noya y Raña, casi más lo sentí yo, emocionado como estaba al leer el artículo. Pero para ejemplo paradigmático el esfuerzo corajudo de Marta Domínguez. Casi más que la carrera en sí, ya formidable, fue el discurso de después del ¿desastre? Lo que no te mata te hace más fuerte, y según me han dicho, aún con una sonrisa de oreja a oreja.
A tenor de los artículos periodísticos parece que a los demás deportistas, los de otros países, no les cuesta esfuerzo sacar medalla, aunque si están ahí es precisamente porque además de unas cualidades físicas excepcionales e innatas, han estado desde muy jovencitos miles y miles de horas entrenando con sacrificio y persistencia. Claro, viendo nadar a Phelps parece que sea fácil, pero es innegable el esfuerzo y la dedicación de todos y cada uno de los deportistas de alto nivel.
Y sin embargo me encanta la participación de los deportistas españoles. Si hasta me emocioné viendo la entrega de medallas a Samuel Sánchez. Y no sólo los éxitos, sino los que se quedan a punto en una lucha denodada, como María Vasco, como Noya y Raña, como Marta Domínguez y otros más. No me importa repetir otra vez sus nombres. Estoy sinceramente impresionado.
Y sin embargo, los ejemplos de valor, como en el Corazón de D’Amicis, son armas de doble filo. Ya el esfuerzo titánico de los deportistas, que persisten en su afán de mejorar sus marcas con disciplina férrea, músculo y voluntad, pueden ser un acicate para seguir adelante. Pero también puede hundirte en la miseria, si en momentos de “humanidad”, que no quiero decir debilidad, descubres que no puedes más, o simplemente no te apetece levantarte del sillón, que dejas pasar oportunidades de mejorar, no sólo en el entrenamiento marcado sino en el trabajo, en la relación con los demás en la vida.
¿Y cuando no resulta un acicate, no es más deprimente contemplar el espíritu de luchadora indómita de Marta Domínguez? Es a todas luces encomiable y digno de la mayor de las admiraciones, (yo de mayor quiero ser como ella). Pero lo cierto es que muy pocos son como ella, la mayoría de hecho somos bastante normalitos. De hecho, si se me disloca una articulación practicando deporte, por favor, llevadme al hospital. Prometo no exigir voz en grito que me coloquen el hueso en su sitio para poder seguir en la brecha, como la luchadora de esgrima Araceli Navarro.
A veces, me veo comparando las metas propias con las de los deportistas, mi sacrificio diario con otros más sufridos, y mi nivel de bienestar, con los que el propio concepto de estar bien es desconocido. Este ejercicio ni es sano, ni razonable, ni mucho menos justo. Los esfuerzos no se pueden medir por la calidad o cantidad de los resultados, sino por el umbral que hay salvar para por lo menos intentarlo. Y que todos tenemos derecho en mayor o menor medida a fracasar, a ser débiles y estar cansados, siempre que no nos dejemos dominar por “el lado oscuro de la fuerza”. Y no passa res!
Y sin embargo otra vez, considero el ejemplo de Marta Domínguez, de María Vasco que además dedicó su competición de sangre, sudor y hierro a víctimas y familiares del accidente aéreo, y de Noya y Raña como elemento de motivación muy válido para mí. “Jo, si ellos siguen adelante a pesar del ¿fracaso?, no voy a poder yo también: una brazada más, un ciclo de pedaleo más, una zancada más, y con una sonrisa, o un gesto feo de esfuerzo, cada uno con lo que pueda.
Quizás lo importante de todo esto sea recordar, y realizar, que ese esfuerzo de recomposición, de hacer de tripas corazón, no es necesario emprenderlo en soledad, que los amigos pueden ayudar a dar ese empujoncito, como ya lo han hecho antes. Ánimo, corazón. No estás solo.
martes, 19 de agosto de 2008
19.8.2008 – Minua Kupittaa
Regreso de viaje de trabajo de Turku. He acabado un poco antes de lo que pensaba y como estaba harto de tomar café, que es el síndrome del trabajador en Finlandia, he tratado de encontrar un lugar para tomar una cervecita. Normalmente los alrededores de las estaciones en todas las ciudades rebosan de sitios de mejor o peor calaña, recuerdo especialmente uno próximo a la estación de Jyväskylä..., pero los alrededores de Kupittaa, son casi tan desiertos como los de la estación de Getafe industrial un domingo por la mañana.
El paisaje desde la ventana de tren suele ser particularmente bonito. Esos campos de cereales todavía verdes y esos campos amarillos de colza, pero naturalmente todo resulta más vistoso sin esa lluvia pertinaz que ha empañado todo el verano. Lástima que la gente no sea más silenciosa. Los únicos que parecen hablar, o al menos a los únicos que se oye, son los extranjeros: una pareja de chinos y un grupo de suecos. Los finlandeses solo gritan cuando hablan por teléfono. Por lo demás valoran el placer de viajar en el mismo compartimiento en silencio ¿Me estaré volviendo finlandés?
El paisaje desde la ventana de tren suele ser particularmente bonito. Esos campos de cereales todavía verdes y esos campos amarillos de colza, pero naturalmente todo resulta más vistoso sin esa lluvia pertinaz que ha empañado todo el verano. Lástima que la gente no sea más silenciosa. Los únicos que parecen hablar, o al menos a los únicos que se oye, son los extranjeros: una pareja de chinos y un grupo de suecos. Los finlandeses solo gritan cuando hablan por teléfono. Por lo demás valoran el placer de viajar en el mismo compartimiento en silencio ¿Me estaré volviendo finlandés?
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