Me vais a perdonar estas expresiones tan extranjeras. Es la consecuencia de las series americanas. Como forman parte de mi vida, espero que no muy importante, no puedo evitar tomar prestados algunas expresiones y hilvanar mi vida.
El otro día salí con la bicicleta. Era uno de esos días tempranos de la primavera, cuando el calendario ya dice que debería hacer más calor, pero que continúan los días de lluvia, viento y frío. Esos días tempranos se distinguen no tanto porque haga más calor, sino porque ha salido el sol. Sigue haciendo un frío que pela, porque el sol de primavera no tiene fuerza suficiente para calentar de verdad, y a poco que sople un ráfaga de viento te quedas helado. No conviene quitarse el abrigo. La diferencia está en la luz. Después de tantos días grises, de repente el cielo se vuelve azul, la hierba verde intenso y el mar devuelve reflejos desconocidos. Con semejante panorama no podía por menos que coger la bicicleta y salir a dar una vuelta de exploración.
Procuré seguir la línea de la costa. Hay un camino de bicis que bordea pequeñas playas, adivino que artificiales, y los puertos de barcos de recreo. Como digo seguía haciendo frío, y no pude hacer lo que me hubiese gustado: quedarme en camiseta y dejarme acariciar por la suave brisa marina. Con todo fue la primera vez en mucho tiempo en el que sentí el olor salado del mar. A pesar de que vivo casi pegado al mar y que paso todos los días por el puerto marítimo de camino al trabajo, y de que es un camino precioso, hasta entonces no me había percatado del olor salado del mar. Otro breakthrough, además de aquél del sorbete de limón.
Por un momento incluso tuve la sensación de estar en una ciudad del mediterráneo antes de que el calor del verano traiga las masas de sol y playa, el olor a churrasco de los chiringuitos y las quemaduras en la piel. Pasé por unos sitios preciosos: a un lado los barquitos, al otro los campos de colza, de un color amarillo precioso, que parece sacado de un libro de “visite Escandinavia”.
Y entonces eché de menos salir a correr, moverme con la bicicleta y estar activo como en los últimos años. Deseé volver a salir a correr. Y entonces me sentí por un momento como el malo de una serie de acción americana al final de la temporada. El malo está a punto de desaparecer gracias a los esfuerzos de los buenos, pero para poder darle continuación a la serie resucita milagrosamente en el último momento, por alguna artimaña o golpe de suerte, y entonces dice, con voz de malo: “I’m back”. Pues eso.
La idea es mantener el contacto con los amigos, cuento cositas que me pasan por la cabeza, nuevas experiencias, cosas que leo...
Mostrando entradas con la etiqueta bicicleta. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta bicicleta. Mostrar todas las entradas
miércoles, 27 de mayo de 2009
viernes, 24 de octubre de 2008
20.9.2008 – El Duatlón del Festibike
Este tenía que ser mi primer duatlón. 3i me avisó unos días antes que esta era mi oportunidad para estrenarme. He participado en algún acuatlón, incluso en una carrera de bici de montaña, aunque no de forma competitiva, (podéis investigar en los archivos de este blog, porque las crónicas son bastante graciosas), pero lo cierto es que con la bici no me había atrevido a nada más.
Los que no conocéis a 3i no sabéis lo insistente que puede ser, pero en esta ocasión no le costó demasiado convencerme. Era un duatlón de 6 km de carrera a pie (dos vueltas a un circuito de 3k sobre tierra) + 20 km con bici de montaña (3 vueltas a otro circuito) + 3 km a pie, (una vuelta al primer circuito. Era un duatlón cross y no sobre asfalto, lo que limita bastante las competiciones en que estoy en disposición de participar, porque mi bicicleta, y a la postre, posesión más preciada, es de montaña. Y de momento no tengo otra. Pues no le resulto difícil convencerme porque le tenía ganas a uno y me aseguró que no tenía dificultad técnica y que él estaría de apoyo, de pomponero.
Yo me empeñé en salir a correr por la mañana con el grupo del S3R, porque ese momento el sábado es uno de los mejores de la semana y no me gusta renunciar a él. El duatlón empezaba a las 16:00 y tendría que darme tiempo de sobra de llegar, incluso comer, pero ahí metí la pata. Primero tenía que prepararme y el triatlón y sus variantes exige más equipamiento que una carrera a pie. Que si el casco, los guantes, el mono, el avituallamiento, la licencia, los imperdibles, y yo con estos pelos. Como yo soy un poco perla y a pesar del empeño que le pongo, al final siempre se me olvida algo. 3i suele estar siempre al quite y se convierte en mi salvación y sustento, pero ya me va echando la bronca, ya.
Una vez preparado, o al menos así lo creía, llegaba la segunda parte. Lo cierto es que aunque no imposible, el deporte en Madrid está pensado para gente con coche. Llegar hasta la estación de tren y de ahí hasta Las Rozas, a la estación de Pinar. Aunque el transporte de la bicicleta está permitido en tren durante los fines de semana, aún tuve que soportar miradas de odio de la gente que no podía sentarse donde quería.
Pensaba que sólo me quedaba una estación, pero cuando me doy cuenta el tren toma una desviación con la que yo no contaba, eso a pesar de haberme empollado el plano, y en lugar de Pinar, llego al Tejar. Un árbol también, pero aquí se comprueba que no es lo mismo una gimnosperma que una angiosperma. (Esto es un guiño a Anita Obregón).
Total, que estaba donde no era. Llamada de pánico a 3i, que en su afán de verme ahí sudando el nuevo mono del equipo, se pone manos a la obra y promete hacerse con alguno de los últimos dorsales. Por lo visto hasta tuvo que pelearse por el último con una triatleta agresiva, que comentario aparte creo que se le dan bastante bien. Pregunté a unos viejecillos cuándo pasaba el siguiente tren en mi dirección y me contestan. Bueno, que algunos minutillos tardaría, pero ya que voy con bici y estoy tan pertrechado (y eso que no me había enfundado todavía el mono marcapaquetes), que fuera en bicicleta, que el camino no tenía pérdida.
Pues eso, había que pasar por debajo de la vía de tren por una vía pensada para desaguar posibles embolsamientos en épocas de lluvia torrencial. Aquí llueve poco, pero cuando llueve lo hace con alevosía. Y efectivamente, sólo me llevó unos titubeos por un camino yermo y plagado de vegetación xerófita (esto tiene importancia, aunque parezca una concesión irrelevante a lo Ana Obregón), hasta llegar a la estación. Ahí atravesar las vías con la bici al hombro y subirme al andén con la ayuda de otros pasajeros. Que “un poco más adelante había un lugar de paso, alma de Dios”. Pues, eso también hay que saberlo.
Por fin en la estación prevista, sólo me queda pedalear hasta el lugar. No estaba seguro de por donde pero contaba con las indicaciones de 3i. Ahí que voy exigiendo en la vía de servicio de la autopista, que no en la propia autopista, mi derecho a estar entre otros vehículos. La rueda hace poff. He pinchado. Nueva llamada a 3i y a sentarme a arreglar el pinchazo. Para que veáis que a pesar de ser un desastre procuro estar preparado y llevaba una cámara de repuesto, los desmontables y la bomba. 3i aparece a ayudarme. Una espina de un matorral, grande como mis pecados era el culpable. Aquí cobra sentido lo de la vegetación xerófita que mencionaba antes.
Arreglamos el pinchazo, pero ya vamos con prisas. En la furgoneta me cambio, me pongo el dorsal, rebusco la licencia mientras 3i añade el número obligatorio a la bici. Después cumplir con las normas. Dejar la bici en boxes, comprobar los frenos y el casco, presentar la licencia, que si beber, de nuevo 3i al quite, que si calentar, que qué agobio.
La carrera está a punto de comenzar. Yo ya estoy invadido por la tensión previa a la competición. ¿Ese que tengo delante es Raña? Pues sí por que lo pone en su mono, que por cierto le queda mejor que a mí el mío. Esto es lo más cerca que he estado nunca de la gloria olímpica, lástima que no se llevara medalla, porque la gloria aún habría sido mayor por convección. Raña se fue a la cabeza de la carrera y yo al final. Salí el último, literalmente, en medio de una polvareda que había causado un compañero de equipo en su caída. Cuéllar, éste sí, un excelente triatleta, deportista y compañero. Claro que yo no lo vi, porque el iba en cabeza y yo el último.
Disfruto de los primeros seis kilómetros. Alguna de las chicas, que salían un minuto más tarde me pasaron, pero por lo demás era yo el que fui ganando unos cuantos puestos. Hacía calor, pero la sensación era muy buena, a pesar de que por la mañana ya me había dado otra paliza. Primera vuelta y segunda. 3i y su familia hacen de pomponeros de lujo. Me sienta estupendamente porque no tengo costumbre.
Disfruto.
Llego por fin a la parte más temida por mí: la bici. Me concentro para no meter la pata. Primero el casco, antes de nada, luego coger la bici pero sin montarse, que hay que esperar a que den la señal. Lo hago bien, aunque pude ver después que muchos se despistaban y les llamaban la atención, no sin motivo. Bebo un poco, salgo de la zona de boxes, me calzo la bici, ruedo unos metros y... compruebo con horror que tenía la otra rueda pinchada. ¡Óspera con la vegetación xerófita!
Tuve que abandonar con toda la rabia. A ver que iba a hacer. Una pena, porque estaba disfrutando un montón. Una de las jueces, que me recogió el dorsal, me vio con tal cara de pena que hasta me consoló. Total, ya había abandonado la carrera que podía permitirse, sin faltar al reglamento, un poco de ayuda.
Pues eso, ¿cuándo es la siguiente, 3i? Que ya estoy lanzado.
Los que no conocéis a 3i no sabéis lo insistente que puede ser, pero en esta ocasión no le costó demasiado convencerme. Era un duatlón de 6 km de carrera a pie (dos vueltas a un circuito de 3k sobre tierra) + 20 km con bici de montaña (3 vueltas a otro circuito) + 3 km a pie, (una vuelta al primer circuito. Era un duatlón cross y no sobre asfalto, lo que limita bastante las competiciones en que estoy en disposición de participar, porque mi bicicleta, y a la postre, posesión más preciada, es de montaña. Y de momento no tengo otra. Pues no le resulto difícil convencerme porque le tenía ganas a uno y me aseguró que no tenía dificultad técnica y que él estaría de apoyo, de pomponero.
Yo me empeñé en salir a correr por la mañana con el grupo del S3R, porque ese momento el sábado es uno de los mejores de la semana y no me gusta renunciar a él. El duatlón empezaba a las 16:00 y tendría que darme tiempo de sobra de llegar, incluso comer, pero ahí metí la pata. Primero tenía que prepararme y el triatlón y sus variantes exige más equipamiento que una carrera a pie. Que si el casco, los guantes, el mono, el avituallamiento, la licencia, los imperdibles, y yo con estos pelos. Como yo soy un poco perla y a pesar del empeño que le pongo, al final siempre se me olvida algo. 3i suele estar siempre al quite y se convierte en mi salvación y sustento, pero ya me va echando la bronca, ya.
Una vez preparado, o al menos así lo creía, llegaba la segunda parte. Lo cierto es que aunque no imposible, el deporte en Madrid está pensado para gente con coche. Llegar hasta la estación de tren y de ahí hasta Las Rozas, a la estación de Pinar. Aunque el transporte de la bicicleta está permitido en tren durante los fines de semana, aún tuve que soportar miradas de odio de la gente que no podía sentarse donde quería.
Pensaba que sólo me quedaba una estación, pero cuando me doy cuenta el tren toma una desviación con la que yo no contaba, eso a pesar de haberme empollado el plano, y en lugar de Pinar, llego al Tejar. Un árbol también, pero aquí se comprueba que no es lo mismo una gimnosperma que una angiosperma. (Esto es un guiño a Anita Obregón).
Total, que estaba donde no era. Llamada de pánico a 3i, que en su afán de verme ahí sudando el nuevo mono del equipo, se pone manos a la obra y promete hacerse con alguno de los últimos dorsales. Por lo visto hasta tuvo que pelearse por el último con una triatleta agresiva, que comentario aparte creo que se le dan bastante bien. Pregunté a unos viejecillos cuándo pasaba el siguiente tren en mi dirección y me contestan. Bueno, que algunos minutillos tardaría, pero ya que voy con bici y estoy tan pertrechado (y eso que no me había enfundado todavía el mono marcapaquetes), que fuera en bicicleta, que el camino no tenía pérdida.
Pues eso, había que pasar por debajo de la vía de tren por una vía pensada para desaguar posibles embolsamientos en épocas de lluvia torrencial. Aquí llueve poco, pero cuando llueve lo hace con alevosía. Y efectivamente, sólo me llevó unos titubeos por un camino yermo y plagado de vegetación xerófita (esto tiene importancia, aunque parezca una concesión irrelevante a lo Ana Obregón), hasta llegar a la estación. Ahí atravesar las vías con la bici al hombro y subirme al andén con la ayuda de otros pasajeros. Que “un poco más adelante había un lugar de paso, alma de Dios”. Pues, eso también hay que saberlo.
Por fin en la estación prevista, sólo me queda pedalear hasta el lugar. No estaba seguro de por donde pero contaba con las indicaciones de 3i. Ahí que voy exigiendo en la vía de servicio de la autopista, que no en la propia autopista, mi derecho a estar entre otros vehículos. La rueda hace poff. He pinchado. Nueva llamada a 3i y a sentarme a arreglar el pinchazo. Para que veáis que a pesar de ser un desastre procuro estar preparado y llevaba una cámara de repuesto, los desmontables y la bomba. 3i aparece a ayudarme. Una espina de un matorral, grande como mis pecados era el culpable. Aquí cobra sentido lo de la vegetación xerófita que mencionaba antes.
Arreglamos el pinchazo, pero ya vamos con prisas. En la furgoneta me cambio, me pongo el dorsal, rebusco la licencia mientras 3i añade el número obligatorio a la bici. Después cumplir con las normas. Dejar la bici en boxes, comprobar los frenos y el casco, presentar la licencia, que si beber, de nuevo 3i al quite, que si calentar, que qué agobio.
La carrera está a punto de comenzar. Yo ya estoy invadido por la tensión previa a la competición. ¿Ese que tengo delante es Raña? Pues sí por que lo pone en su mono, que por cierto le queda mejor que a mí el mío. Esto es lo más cerca que he estado nunca de la gloria olímpica, lástima que no se llevara medalla, porque la gloria aún habría sido mayor por convección. Raña se fue a la cabeza de la carrera y yo al final. Salí el último, literalmente, en medio de una polvareda que había causado un compañero de equipo en su caída. Cuéllar, éste sí, un excelente triatleta, deportista y compañero. Claro que yo no lo vi, porque el iba en cabeza y yo el último.
Disfruto de los primeros seis kilómetros. Alguna de las chicas, que salían un minuto más tarde me pasaron, pero por lo demás era yo el que fui ganando unos cuantos puestos. Hacía calor, pero la sensación era muy buena, a pesar de que por la mañana ya me había dado otra paliza. Primera vuelta y segunda. 3i y su familia hacen de pomponeros de lujo. Me sienta estupendamente porque no tengo costumbre.
Disfruto.
Llego por fin a la parte más temida por mí: la bici. Me concentro para no meter la pata. Primero el casco, antes de nada, luego coger la bici pero sin montarse, que hay que esperar a que den la señal. Lo hago bien, aunque pude ver después que muchos se despistaban y les llamaban la atención, no sin motivo. Bebo un poco, salgo de la zona de boxes, me calzo la bici, ruedo unos metros y... compruebo con horror que tenía la otra rueda pinchada. ¡Óspera con la vegetación xerófita!
Tuve que abandonar con toda la rabia. A ver que iba a hacer. Una pena, porque estaba disfrutando un montón. Una de las jueces, que me recogió el dorsal, me vio con tal cara de pena que hasta me consoló. Total, ya había abandonado la carrera que podía permitirse, sin faltar al reglamento, un poco de ayuda.
Pues eso, ¿cuándo es la siguiente, 3i? Que ya estoy lanzado.
viernes, 15 de agosto de 2008
15.8.2008 – Por la senda real
El pasado domingo me animé a hacer ese viaje a Porvoo que tenía pensado y para el que había hecho con devoción excursiones de reconocimiento. El tiempo no es que fuera muy prometedor, las nubes abundaban y tapaban el sol, pero no parecía que fueran a descargar. Además, era lo mejor que había tenido en mucho tiempo. Eso sí, en la duda de qué hacer, salí bastante tarde.
El camino hacia Kuusijärvi estaba fresco en la memoria y llegué sin mayor novedad. Y luego había estudiado con bastante cuidado las dos siguientes desviaciones. Me tuve que parar un par de veces para consultar el mapa pero me fue bastante bien. Después fue algo más complicado orientarse. En un determinado momento, se acabó la vía para bicicletas y me incorporé con cierta pena a la carretera. No había tantas posibles desviaciones y confiaba en que las indicaciones que había procurado me bastaran. Parte de ellas me llevaban por carreteras más transitadas.
Ni había tantos coches, ni iban tan rápido, pero me resultó particularmente desagradable ser sobrepasado por una exhalación con efecto Doppler, acostumbrado como estoy a la tranquilidad de las vías de bicicletas. Ahí suelo ser yo el que adelanta a viejecitas en carricoche y esquivo con cierto desdén, e injustificado sentimiento de superioridad, a los peatones que por despiste o atolondramiento se adentran en “mi” camino.
En esa batalla insensata con los coches, me di cuenta que no me estaba resultando particularmente agradable esa parte del camino, del que, por cierto, cada vez dudaba más. Cuando llegué al pie de la espléndida y bien cuidada catedral de Sipoo, en medio del camino, decidir desviarme del camino para contemplarla con más tranquilidad y finalmente dar la vuelta, hacer una paradita en la sauna de Kuusijärvi, con chapuzón en el lago, y después volver a casa. 3i enarcaría una ceja y preguntaría por la ubicación de mi espíritu de aventura, pero yendo como iba solo y siendo principal beneficiado y damnificado de mis decisiones, así lo hice.
El contador de kilómetros me falló por falta de batería, pero calculo con bastante precisión que me salieron en total unos 85-90 km. Eso sí, sin grandes desniveles ni puertos, aunque bastantes pequeños ascensos y descensos que obligaban a cambios de marcha.
La excursión a Porvoo, próximamente, pero estudiaré rutas alternativas y con más detalle.
El camino hacia Kuusijärvi estaba fresco en la memoria y llegué sin mayor novedad. Y luego había estudiado con bastante cuidado las dos siguientes desviaciones. Me tuve que parar un par de veces para consultar el mapa pero me fue bastante bien. Después fue algo más complicado orientarse. En un determinado momento, se acabó la vía para bicicletas y me incorporé con cierta pena a la carretera. No había tantas posibles desviaciones y confiaba en que las indicaciones que había procurado me bastaran. Parte de ellas me llevaban por carreteras más transitadas.
Ni había tantos coches, ni iban tan rápido, pero me resultó particularmente desagradable ser sobrepasado por una exhalación con efecto Doppler, acostumbrado como estoy a la tranquilidad de las vías de bicicletas. Ahí suelo ser yo el que adelanta a viejecitas en carricoche y esquivo con cierto desdén, e injustificado sentimiento de superioridad, a los peatones que por despiste o atolondramiento se adentran en “mi” camino.
En esa batalla insensata con los coches, me di cuenta que no me estaba resultando particularmente agradable esa parte del camino, del que, por cierto, cada vez dudaba más. Cuando llegué al pie de la espléndida y bien cuidada catedral de Sipoo, en medio del camino, decidir desviarme del camino para contemplarla con más tranquilidad y finalmente dar la vuelta, hacer una paradita en la sauna de Kuusijärvi, con chapuzón en el lago, y después volver a casa. 3i enarcaría una ceja y preguntaría por la ubicación de mi espíritu de aventura, pero yendo como iba solo y siendo principal beneficiado y damnificado de mis decisiones, así lo hice.
El contador de kilómetros me falló por falta de batería, pero calculo con bastante precisión que me salieron en total unos 85-90 km. Eso sí, sin grandes desniveles ni puertos, aunque bastantes pequeños ascensos y descensos que obligaban a cambios de marcha.
La excursión a Porvoo, próximamente, pero estudiaré rutas alternativas y con más detalle.
viernes, 1 de agosto de 2008
1.8.2008 – En todas partes cuecen habas
Toda esta semana ha estado haciendo un tiempo impresionante. Se levantaba completamente despejado, con un potente chorro de luz que se colaba por las mañanas contra todo pronóstico a través del angosto dintel de la puerta, todo ello después de atravesar la ventana de la cocina y el espacio entre medias. La luz se transmite en línea recta, pero no deja de sorprender su insistencia, especialmente en esas ocasiones en las que la luz directa en los ojos no te deja dormir. A lo largo del día surcaban el cielo algunas nubes de esas alargadas y estratosféricas en lo alto o incluso, éstas más cercanas al suelo, en forma de masas de algodón. El cielo por supuesto de un intenso azul, pues no podía ser de otra forma, y la hierba esplendorosa en su verdor, como en los recuerdos de infancia de Antonio Machado. Las nubes han cubierto ocasionalmente el sol dando un solaz respiro del calorcito, que no calor. Bueno, lo digo ahora con la boca pequeña, algunas veces más que refrescante hacía directamente fresco, que aquí la brisa nunca es aire sahariano.
Con todo, cuando el tiempo ha cambiado a lo que es el típico verano finlandés de chubascos de distribución irregular, casi he suspirado aliviado. Como aquí es obligatorio aprovechar los momentos de sol que se ofrezcan y salir fuera, yo no hacía más que ir de un sitio a otro con la bici. Y normalmente los sitios también incluían la piscina, para no perder comba, que este curso, ha sido especialmente prolífico en largos. Es decir, que he acabado agotado. Al tumbarme en la cama sentía, o mejor dicho, no sentía, las piernas por el constante pedalear. Y eso que tampoco ha habido para tanto.
Y luego, ese placer tan típico que produce contemplar la lluvia azotar los cristales de la ventana mientras se está tranquilito y a gusto dentro. Como veis, mis placeres no son nada peculiares y sí bastante burgueses, pero es que otros no me puedo permitir.
Planeo un viaje en bici a Porvoo, dependiendo del camino, está como a unos 50 km, 60 km desde mi casa. Gracias a un amigo he logrado poner a punto la bici. (Para hinchar los neumáticos a la presión adecuada tienes que tener una buena bomba, al menos yo no me apaño con las pequeñitas.) Ayer estuve haciendo parte del camino, para el día D no perder el tiempo orientándome con el mapa. La decisión ha demostrado ser providencial, porque ayer quería llegar hasta Kuusijärvi, pero al final no me aclaré demasiado y me quedé en Tikkurila, una especie de Mostoles (“- Oiga, ¿usted cree en el más allá? – Nos ha fastidiado, como que vivo en Tikkurila”, pues eso),y tuve que volverme con prisas porque estaba oscureciendo. Todo eso a pesar de haber intentado lo fácil y haber tratado de seguir uno de las vías nacionales de bicicleta que recorren todo el país. Nacional, pero muy mal señalizado, vamos, fatal.
Con lo bien que hablo yo siempre de los finlandeses y aquí no están a la altura de las circunstancias, podrían buscar consejo de los Tierra Trágame, que hacen un trabajo magnífico de señalización en las competiciones que organizan. Por lo visto, no soy el único que piensa así. La siempre ajetreada sección de cartas al director del Helsingin Sanomat, ha dado testimonio de intercambio de opiniones y quejas de los usuarios, que incluso ha sido contestadas por el responsable del programa de promoción del transporte en bicicleta.
En Finlandia los políticos y funcionarios sí leen, por lo visto, el periódico. El problema de la señalización deficiente parece residir en la dilución de responsabilidades que supone la descentralización del poder público, es decir, la cesión de competencias a los municipios. Teóricamente, éstos deben colocar los cartelitos, en los puntos en que el camino atraviesa el territorio de su competencia, y el estado en los lugares más genéricos. Pero los unos por los otros y la cocina sin barrer. Los municipios, en muchos casos, ns/nc, el departamento ministerial dice lo que dicen todos, que el presupuesto no le llega para esos menesteres. Pues eso, que en todas partes cuecen habas.
El camino hasta Kuusijärvi se puede seguir, más menos que más, en Google. Como siempre refleja las carreteras y no las vías ciclistas, pero sirve de referencia. Por cierto, atravesaba paisajes preciosos por su valor cultural como el natural: Haltijankartano, Tammisto, Helsingin pitäjän kirkonkylä, y todo en la propia área urbana de Helsinki. Hay que venir a verlo.
Con todo, cuando el tiempo ha cambiado a lo que es el típico verano finlandés de chubascos de distribución irregular, casi he suspirado aliviado. Como aquí es obligatorio aprovechar los momentos de sol que se ofrezcan y salir fuera, yo no hacía más que ir de un sitio a otro con la bici. Y normalmente los sitios también incluían la piscina, para no perder comba, que este curso, ha sido especialmente prolífico en largos. Es decir, que he acabado agotado. Al tumbarme en la cama sentía, o mejor dicho, no sentía, las piernas por el constante pedalear. Y eso que tampoco ha habido para tanto.
Y luego, ese placer tan típico que produce contemplar la lluvia azotar los cristales de la ventana mientras se está tranquilito y a gusto dentro. Como veis, mis placeres no son nada peculiares y sí bastante burgueses, pero es que otros no me puedo permitir.
Planeo un viaje en bici a Porvoo, dependiendo del camino, está como a unos 50 km, 60 km desde mi casa. Gracias a un amigo he logrado poner a punto la bici. (Para hinchar los neumáticos a la presión adecuada tienes que tener una buena bomba, al menos yo no me apaño con las pequeñitas.) Ayer estuve haciendo parte del camino, para el día D no perder el tiempo orientándome con el mapa. La decisión ha demostrado ser providencial, porque ayer quería llegar hasta Kuusijärvi, pero al final no me aclaré demasiado y me quedé en Tikkurila, una especie de Mostoles (“- Oiga, ¿usted cree en el más allá? – Nos ha fastidiado, como que vivo en Tikkurila”, pues eso),y tuve que volverme con prisas porque estaba oscureciendo. Todo eso a pesar de haber intentado lo fácil y haber tratado de seguir uno de las vías nacionales de bicicleta que recorren todo el país. Nacional, pero muy mal señalizado, vamos, fatal.
Con lo bien que hablo yo siempre de los finlandeses y aquí no están a la altura de las circunstancias, podrían buscar consejo de los Tierra Trágame, que hacen un trabajo magnífico de señalización en las competiciones que organizan. Por lo visto, no soy el único que piensa así. La siempre ajetreada sección de cartas al director del Helsingin Sanomat, ha dado testimonio de intercambio de opiniones y quejas de los usuarios, que incluso ha sido contestadas por el responsable del programa de promoción del transporte en bicicleta.
En Finlandia los políticos y funcionarios sí leen, por lo visto, el periódico. El problema de la señalización deficiente parece residir en la dilución de responsabilidades que supone la descentralización del poder público, es decir, la cesión de competencias a los municipios. Teóricamente, éstos deben colocar los cartelitos, en los puntos en que el camino atraviesa el territorio de su competencia, y el estado en los lugares más genéricos. Pero los unos por los otros y la cocina sin barrer. Los municipios, en muchos casos, ns/nc, el departamento ministerial dice lo que dicen todos, que el presupuesto no le llega para esos menesteres. Pues eso, que en todas partes cuecen habas.
El camino hasta Kuusijärvi se puede seguir, más menos que más, en Google. Como siempre refleja las carreteras y no las vías ciclistas, pero sirve de referencia. Por cierto, atravesaba paisajes preciosos por su valor cultural como el natural: Haltijankartano, Tammisto, Helsingin pitäjän kirkonkylä, y todo en la propia área urbana de Helsinki. Hay que venir a verlo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)