lunes, 21 de abril de 2008

11.4.2008 – Los grandes quemados y L’Oceanogràfic

Estaba en Valencia por un viaje de trabajo. En el mío doy muchas vueltas y ésta me llevó al Congreso de la Asociación Española de Bancos de Tejidos. Hay otros mundos, pero están en éste y el de los bancos de tejidos, transplantes de órganos es otro, con muchos microcosmos de los que sólo llegue a avistar una parte superficial y desde la lejanía.

Una de las ponencias tenía que ver con el tratamiento de grandes quemados y la utilización que se hacía de los injertos de piel que se conservaban en los bancos. La idea no podía ser mejor. La mayor parte de los asistentes trabajan en bancos y de esa manera pueden ver, y comprender mejor, que es de lo que se trata, los resultados de su trabajo. No voy a entrar en esto por aquello de los mundos que comentaba y que se me va de las manos, pero no puedo dejar de comentar la impresión que me causó ver las fotografías con todo lujo de detalles del tratamiento de los quemados.

Cuando las quemaduras son intensas y extensas el paciente corre muchos riesgos: de infección, de deshidratación, con el consiguiente peligro de fallo renal y un largo etcétera de posibilidades que se mencionaron pero que ya no logro recordar. Una de las medidas para ayudar a los enfermos a sobrevivir, mientras se espera a que estos puedan regenerar su propia piel, es utilizar injertos que los bancos de tejidos proporcionan (de un cadáver, por cierto. No sabía si decirlo, pero...). Se trata de una medida transitoria porque casi siempre el enfermo acaba por rechazar el tejido extraño, pero entonces con suerte ya empezaban a contar con una capa propia que protegiera y aislara el cuerpo. Debo confesar que lo más impresionante no era las fotografías cruentas de todo el proceso de desbridado, y que después de aplicar los injertos el paciente pareciera el primo hermano de la criatura de Frankenstein, sino el entusiasmo contagioso de la médico que lo explicaba. Una chica joven, con melena cortada a capas que acompañaban los movimientos precisos y enérgicos de su cabeza al dirigirse a los espectadores.

En algunas ocasiones, hay que utilizar cultivos de la piel del propio paciente. Se toma una muestra que se envía a un laboratorio especializado para que los queratinocitos crezcan lentamente, primero en tubos de ensayo y después se les haga progresar en superficie para que den una película con la que cubrir las heridas abiertas. Este cultivo lleva su tiempo, no se hace en todos los sitios y es, de momento, una de las pocas aplicaciones clínicas de la terapia celular avanzada. Me impresionó también la actitud del responsable de uno de los pocos centros donde se lleva a cabo esta técnica, preocupado hasta la devoción por aumentar su velocidad de respuesta y la calidad de los “productos”.

También era de aplaudir la actitud de las azafatas. Chicas jovencitas, hiperdelgadas y atentas a cumplir su trabajo llevando el micrófono a los asistentes que desearan intervenir. Si para mí, que he hecho perrerías a las ratas en el laboratorio de mi época de estudiante que todavía atormentan mis sueños, si los propios médicos, según me confesaron, eran sensibles a la crudeza de las imágenes, ¿qué pensarían esas chiquitas tan jóvenes? Y lo digo sin paternalismo, más bien con la solidaridad del que ha pasado la misma experiencia traumática. Probablemente lo mismo que yo: que qué duro es ganarse el pan, y que qué poco glamour tiene la profesión. En cualquier caso, ¡qué profesionalidad la de todos: médicos y azafatas! Cada uno en lo suyo.

Dejando atrás las mejores escenas del cine gore de la semana está uno de los mejores momentos del viaje. La visita al oceanográfico de Valencia.

Lo tienen bastante bien organizado. Siguiendo el modelo actual de diseño, las especies se distribuyen por ecosistemas. Lo cuál es lógico, porque no se puede conservar una especie tropical junto a los pingüinos, pero la idea también es explicar que los animales y las plantas forman parte de un sistema mayor interconectado y que no se puede aislar el uno del otro.

Naturalmente, predominan las especies más llamativas y bonitas, pero eso está bien si se logra despertar el impulso de proteger y conservar el medio. Es mucho más fácil con exhibiciones con los delfines o peces de colores que con una morena. Algunos pueden acusar a los zoológicos y similares de espectáculos circenses, pero reconozco que también había abundancia de explicaciones científicas sobre biología de las especies, comportamiento animal y descripción de los hábitats. Prácticamente en la entrada tenían una exposición magnífica de corales que pasaba desapercibida ante la magnificencia del acuario tropical de al lado. Éste y la zona mediterránea, por razones de proximidad, eran quizá la mejor parte del parque.


lunes, 7 de abril de 2008

6.4.2008 – Media Maratón de Madrid

Desde la San Silvestre no participaba en ninguna competición hasta la Intercampus del otro día y la media maratón de este domingo. A nadar voy regularmente y de vez en cuando salgo con la bici, pero el entrenamiento de la carrera a pie lo tengo bastante apartado entre unas cosas y otras. El sábado con el grupito, aunque la verdad sospecho que las cañas de después son el acicate más poderoso. El domingo, que si no salgo con la bici, salgo a hacer los deberes, pues la verdad, no encuentro tiempo para correr. Y eso se nota en las piernas. Constato que he perdido velocidad. La media maratón me salió a 1:40 y pocos segundos, que es lo que tenía previsto, que es más tiempo que el año pasado. Y esto, insisto, no me preocupa en absoluto. Sin embargo, las piernas se quejaban. La Intercampus había sido tan fácil y tan cómoda, que pensaba que yendo despacito tampoco me costaría demasiado ésta. Ahora una frase lapidaria: media maratón es la mitad de 42 km y pico. Se nota.

Con todo, fui bastante bien. Los preparativos previos fueron un poco caóticos. Con el gentío me costó encontrar la zona de chips y llegué antes al guardarropa. Estaba alejado, pero no me quejo. A la llegada fue muy fácil recoger la ropa y no enfriarse. Aunque haga un día excelente, que lo hizo, siempre después de correr servidor tiene que taparse. De los chips, cuando los encontré tampoco me quejo, pero para hacer pipí y popó (me encanta la expresión) tuve que hacer una cola (la elección de las palabras no es casual) de varios minutos. Tiempo que tuve que quitar al calentamiento. No me gusta ponerme a mear en cualquier sitio. En el campo pase, pero a la gente que viva por ahí no le debe hacer gracia encontrarse los efluvios de 10.000 atletas. Eso no es forma de fomentar el deporte.

Bastante bien, porque acerté con el atuendo. La camiseta sin mangas que dieron en la media hace un par de años y unas mallas cortas. El año pasado con lo mismo, pasé un frío...

Gracias a Paco y Miguel, que me avisaron desde un lateral, conseguí situarme en un punto estupendo para la salida. Estaba cerca del globo de 1:35, pero no sé si es una buena referencia, porque tenían un poco de lío y el 1:30 estaba detrás del de 1:40. En cualquier caso no seguían muy bien la topología de la recta real. Eso sí, la posición fue estupenda. Enseguida llegué a la alfombrilla y por primera vez, era la gente la que me pasaba y no era yo el que lo hacía. Eso no es muy bueno para los corredores más rápidos, pero yo procuraba no hacer corrillo con otra gente para que pudieran adelantarme fácilmente. Me sentía identificado con algunos corredores que llevaban una camiseta que decía, “pásame q puedes”.

Lo bueno, es que desde casi el primer momento pude hacer mi carrera, mi tiempo es el que he hecho yo. Y lo que es más importante corrí sin tener que hacer malabarismos para encontrarme un hueco.

Después es correr, mantener un ritmo adecuado, que no siempre es fácil, beber cuando hay avituallamiento y tratar de disfrutar de las vistas. Yo esto también procuro hacerlo lo mejor que puedo, pero la verdad es que no me fijo demasiado, estoy más en no tropezarme y respirar. Eso sí hizo un día magnífico. Muy buena suerte con el tiempo.

Decía que había perdido velocidad y lo notaba al inicio de la bajada de Bravo Murillo, varias de las personas que tenían de referencia me pasaron. El del globito de 1:40 me había pasado, pero luego, el corazón tira, los largos de piscina ayudan, y según nos acercábamos al km 19, 20 con el valle tobogán de Pablo Iglesias, me permití volver a pasarles a todos, incluido al del globito, y hacer una buena entrada. Bueno, siempre me como a los que se paran inmediatamente después de pasar el arco de meta, a pesar de las indicaciones de los voluntarios.

Ahora, tengo las piernas pesadas, y no me molestaría en correr para coger el metro, pero no tengo agujetas y bajo muy bien las escaleras. Que eso no tiene precio. La natación de esta mañana me ha soltado las piernas. Y desde esta humilde plataforma animo a todos a que prueben con el yoga. Mano de santo para estas cosas.

Un abrazo, 3j

lunes, 31 de marzo de 2008

30.3.2008 – Intercampus de Carlox III

Vale, vale, en primer lugar decir que ni me equivoqué de lugar ni me confundí con la hora. Estuve allí cuando tenía que estar, pero entre pitos y flautas no pude calentar. Ya van mil.

La carrera me salió bastante bien, es más muy bien. No porque hiciera una buena marca, 45:20 según mi reloj, sino porque es una carrera muy agradable de correr. No hay mucha gente, salvo el momento de la salida. Esto lo veo en los tiempos por km. En el primero estoy a 4:54 y luego bajo a 4:20 en los siguientes, más o menos en las mismas condiciones de altimetría, quiero decir, que íbamos cuesta abajo. Un amiga, que contempló desde una posición privilegiada la salida, tenía la clave. Aquello que siempre había sospechado, que hay un grupo de viejetes barrigudos y señoras culonas con afición a ponerse por delante de la gente que va a hacer marca, es cierto. Hasta que los sobrepasan, pues vamos un poco congestionados.

Al principio hacía fresquito, pero en algún momento salió el sol y se puso más agradable. Después del primer km, la vía se descongestionó y pude ir al ritmo que me pedían las piernas. La primera parte es cuesta abajo y luego hay unos sube-bajas. El del puente que atraviesa no sé que supercarretera continúa, y me imagino que continuará, porque no hay forma de quitarlo, a menos que uno quiera arriesgarse con los coches, y no creo que la organización lo acepte. Yo al menos, no estoy por la labor. Las subidas hacen disminuir la velocidad, pero bueno, con hacer el paso más corto y capearlas como puedas, bien está. Y como no hay malo sin bueno, luego están las bajadas para desfogarse.

La marca es la peor desde hace mucho tiempo. ¿Y qué más da? Se nota que sólo corro un par de veces por semana. El sub45 no lo tengo en las piernas porque me falta velocidad. Eso sí, se nota la natación. La patata (corazón en argot makinorri) me deja tranquilo y fui muy a gusto todo el recorrido, incluso me permití aumentar el ritmo en los dos últimos kilómetros, como si entendiera de la cosa. Y la sensación es muy buena durante la carrera y después. Y de eso se trata, ¿no?

Me gustan los 10 km, cuando quieres empezar a cansarte ya estás llegando y luego prácticamente no tengo agujetas ni demasiadas molestias. La media maratón del próximo domingo me está empezando a dar pereza.

Ah, hay unas fotos graciosas. Lástima que la gente sea tan presumida y quiera posar. Gerardo tenía una pose de bailarina estupenda, pero no me dio tiempo a sacarle la foto y sólo se le ve echándome la bronca por pillarle desprevenido.

Un abrazo, 3j

domingo, 16 de marzo de 2008

16.3.2008 – El no-puerto de Canencia

Me he comprado una bicicleta. Éste ha sido un proyecto que se ha prolongado en el tiempo por varios meses. A pesar de las dudas de 3i de que fuera capaz de consumar el acto, el de la adquisición y posesión, yo lo tenía claro. Bueno, tenía claro que quería una bicicleta, pero no sabía si de carretera o de montaña, o las dos pero en qué orden y, sobre todo, ¿dónde iba a ponerla? Al final las cosas se solucionaron mejor de lo que esperaba, aunque la logística de encontrar el sitio y acondicionarlo fue más compleja que el conseguir la pasta.

Según salí de la tienda fui a estrenarla a la Casa de Campo. Gracias a mi nulo sentido de la orientación me perdí un par de veces, a pesar de que me habían indicado el camino perfectamente. Pero llegué y me di una vuelta en un día perfecto de primavera. La casa de campo estaba preciosa y me metí entre los encinares a disfrutar del día de gloria. Ese mismo día se celebraba una prueba de duatlon (o duatlón) todavía no sé cómo se dice. Yo, naturalmente, no participaba. Mi excusa es que yo tengo una preciosa bici de montaña y ese era una prueba corta en la que se necesita potencia y una buena bici de carretera. Yo no tengo ninguna de las dos, pero era una buena ocasión de conocer a la gente de mi club. Nota mental, para conocerlos tendré que salir con ellos a entrenar. Ahí el encuentro se quedó un poco descafeinado. Y eso que tenía avalista. La vuelta por el centro fue sencillamente traumática. El tráfico da pánico, y como yo soy un pardillo fui por el peor sitio posible.

Mi primera prueba de fuego fue sin embargo el siguiente fin de semana. El domingo me había despertado temprano y 3i me llamó para proponerme sobre la marcha una pequeña salida. Ir en tren hasta Colmenar y ahí coger el carril bici hasta Miraflores y subir el puerto de Canencia. Ahí empezó la primera, y espero que lo sea de una larga serie, de clases teórico-prácticas de montar en bici. Por cierto, a juzgar por todas las correcciones que me han hecho lo hago fatal y lo peor es que todavía se han dejado cosas en el tintero. Menos mal que el profesor es bueno, paciente y barato (se cobra en bocadillos o barritas energéticas, pero de momento ha pasado bastante hambre), que si no me tendría que dedicar al canto gregoriano como alternativa de progreso.

El carril bici fue relativamente sencillo, más o menos en llano, y en ya en la carretera fuimos tranquilamente con algunos coches esporádicos y lo que parecía un congreso de moteros. Ya llegados a Miraflores nos encontramos con unos chavalotes del Aguaverde. Muy majos. Mientras tomábamos un refresco les comenté que era mi primer día. Me animaron a disfrutar y le quitaron hierro al puerto que se avecinaba. TioTala lo llamaba el no-puerto, porque comparado con otros no tenía ni demasiada pendiente ni extensión. Me advirtieron también que no me descorazonara con la primera parte, que era bastante pronunciada.

Pues allí que nos fuimos. Siguiendo los consejos de mi mentor y gurú, puse el plato pequeño desde el principio, aunque no habría tardado en percatarme yo solito de la necesidad. “Mantén una buena cadencia, el pedaleo animado” me decía. Yo no respondía, demasiado concentrado estaba en continuar pedaleando. Pero era cierto, la primera parte se pasaba rápido y luego llegaba un semillano donde uno podía relajarse. Lo peor vino después, los siguientes 6 kilómetros de una pendiente, quizás no tan pronunciada, pero lo suficiente y constante. Primero subí un piñón, luego el otro, luego el otro y a continuar pedaleando. 3i me pasó y subió el solito, mientras yo continuaba mi lucha solitaria le vi bajar raudo como una exhalación. Iba tan rápido que habría jurado que se notaba el efecto Doppler, ya que no la curvatura del espacio-tiempo prevista en la relatividad. Yo continué como podía, sudando como un bendito y cada vez más angustiado porque el no-puerto no se acababa nunca. Cuando estás tan cansado el cerebro, y menos a mí, se toma unas vacaciones y descansa con un pensamiento repetitivo. “Pues menos mal que es un no-puerto, que si fuera un SÍ-puerto podría darme por ... bueno, por eso, que no sé como anda este hospedador de censura.




Ya desesperado mi amigo vuelve a subirse el puerto, para él si era un no-puerto, y me anima. “¿Que cuánto queda, pues por lo menos otra media hora?” Earth-eat-me, pensé yo a punto de mandar a tomar viento mi carrera como estrella internacional del ciclismo el primer día. “Que no, que no, que ya hemos llegado”, me aseguró al ver mi gesto de desesperación, que ni me molesté en disimular de puro cansancio.

(C) Ander Guaza, Juanto Uribarri

Pues esto era cierto, llegamos a la meta y me sacaron una foto para poder probar. Se ha convertido de momento en mi avatar en el foro del club. La calidad no es muy allá, pero el gesto de chulería y victoria habla por si solo. No me costó nada conseguirlo porque estaba tan orgulloso de mi no-hazaña como agotado. Y estaba reventado.



La bajada fue más descansada, y me llevó el 5% del tiempo que había invertido, y eso que abusé de los frenos ante la desesperación de 3i, que no veía la necesidad de su uso. No le faltaría razón, pero a mi edad tengo más miedo que vergüenza, algo que por otra parte considero un signo de madurez.

Volvimos por donde habíamos venido. Cogimos de nuevo el carril bici, que por cierto ha quedado muy bien, ahora está separado de los coches. Antes era simplemente el arcén de la carretera mas pintado de rojo. Y es que bautizar carriles bici es muy fácil. Pero el sillín me estaba matando, ya podéis imaginar dónde.

Cuando llegamos a Tres Cantos mi amigo me acompaño a la estación de Rodalíes (aquí guiño a Marta). Él, naturalmente, continuó hasta Madrid y su casa. Que conste que si no fuera por lo delicado de mi situación anatómica habría continuado, ¡eh!

En total salieron 69 kilómetros con puerto y todo. Podría decir casi 70, pero es que 69 tiene unas connotaciones que me resultan muy apetitosas. El no-puerto tiene un desnivel de 371 metros y 8 kilómetros de longitud. El primer tramo una pendiente de 10-17%, pues eso, que menos mal que era no, que si llega a ser sí.

¡Ah! El diccionario de la RAE ha servido de nuevo de ayuda. Se dice triatlón, con acento en la ó, como también se dice decatlón o pentatlón. Y es que pocas cosas tan castellanas como las palabras acabadas en –ón.

Un abrazo, 3j

martes, 13 de noviembre de 2007

11.11.2007 – La media maratón de Moratalaz

Pues yo este domingo estuve corriendo. La verdad es cuando me siento y trato de encontrar algo que contar de una carrera de asfalto, me quedo sin saber qué decir. Las carreras de montaña dan para mucho más y aquí, a no ser que no cuente el ritmo que llevaba por kilómetro, poco más tengo que contar. Los detalles más específicos es algo que sólo los muy adictos a la carrera soportarían con cierto estoicismo. Y yo no es que no quiera dar su dosis a los que disfruten de esto, es que mis marcas ni a la llegada, ni lógicamente durante cada kilómetro pueden ser más discretas. A mí sólo me queda disfrutar de las sensaciones de la carrera, y ya es más que suficiente y gratificante.

Los de la asociación atlética de Moratalaz presumen de organizar la carrera popular más antigua de Madrid. Yo no sé si la afirmación admitirá matices, pero lo cierto es que van por la trigésimo primera edición y eso está bastante bien. Se organizan simultáneamente dos carreras: una de 12 km y la media. Yo esta vez me decidí por la versión corta pensando que las piernas me lo agradecerían durante y sobre todo después de correr. La distancia de media maratón me gusta, pero está ya muy cerca del límite de lo que es razonable para mí. Aunque tengo que confesar que ya de mañana con el ambientillo de la salida y mientras corría barajé la posibilidad de seguir adelante. Una vez que ya estás en ello, minimizas las consecuencias futuras, normalmente desagradables y te dejas llevar por la animación general. No sólo la prudencia me paró, sino también la certeza de que volvería a pasar otra vez por los mismos sitios. Moratalaz es un barrio grande, pero el recorrido de la carrera aprovecha el mismo circuito varias veces. Imposiciones de la junta municipal, imagino. De todas formas a la gente le gusta mucho más la media maratón que los 12 km, porque a pesar de sus 10 km y pico de más, la gran mayoría de los participantes no se desviaron ante la señal de final de los 12 y siguieron adelante muy valientes ellos y ellas.

Me gusta la carrera de Moratalaz. No sólo porque me pille cerca, que me pilla. Sino porque es un lugar agradable. El recorrido no está mal para una carrera de asfalto, especialmente en un día soleado y bonito como lo fue ayer con temperatura perfecta. Hay gente que se queja de que se pasan demasiadas veces por las mismas calles, pero yo, la verdad, es que voy demasiado agitado como para darme cuenta. Hay poquitos participantes y las avenidas son anchas. Se puede correr muy bien, sin agobios ni codazos. La señalización es de las mejorcitas que he visto, aunque reconozco que el pequeño número de participantes ayuda a que sean más visibles. Aunque mi marca fue más que discreta, puedo presumir de estar entre los 50 primeros, el quincuagésimo para ser exacto, algo que jamás me sucede aún corriendo infinitamente mejor en carreras de solera. La bolsa del corredor tampoco es para dar botes de alegría, la camiseta podría hacer por lo menos mención a la carrera y no sólo al patrocinador, pero la inscripción fue solo 5 euritos. En fin, que está muy bien para poner una carrerita en noviembre.

lunes, 22 de octubre de 2007

21.10.2007 – La Carrera de la Ciencia

Han cambiado el nombre a esta carrera con tanta solera. Ahora suena apropiado para la institución que la organiza, aunque desde luego algo pomposo. Antes, y a pesar del cambio también ahora, todo el mundo la conoce como la del cesic.

Me había prometido hacer una crónica por cada carrera en la que participase, porque después de todo, tampoco corro tantas. Pero la verdad es las carreras de asfalto, y menos las de 10 kilómetros, dan para mucho. Especialmente después de una de montaña y una tan bonita como Las Dehesas, no me queda mucho que decir de la del cesic.

El domingo hizo muy buen tiempo, aunque por la mañanas en esta época ya hace fresquito. En el metro y en los alrededores de la prueba ya se ve a la gente vestida de carrera, en pantaloncito y manga corta, incluso sin manga. Salen así de casa los y las muy valientes. En el metro no se pasa frío y en la línea de salida, gracias al calor humano, nunca mejor dicho, tampoco, pero entre que llegas ahí y cumples con las formalidades de carrera... Lo peor es después de la carrera. Yo siempre tengo frío por el sudor y por el esfuerzo. Incluso en verano procuro abrigarme. Ayer, a pesar de esta bonanza de tiempo, también. Ni me sobro a la ida, ni mucho menos a la vuelta. Abrigado por dos pesadas capas y con una camiseta limpia, sólo me sentí reconfortado cuando llegué al andén de metro, que está bien calentito incluso en días menos esforzados, agobiante.

Por lo demás, no sé que contar que no sean kilómetros y tiempos. El cesic, pasa por sitios muy bonitos. Bajamos desde Serrano 117 hasta casi la puerta de Alcalá. Torcemos por la Biblioteca Nacional, me parece que C/ Villanueva, y luego subimos escopetados hasta casi la plaza de Castilla. Subimos por la vía de servicio, porque incluso ese día no cierran la Castellana. La verdad es que siempre da mucho gusto pasar por sitios tan conocidos, al lado del curro, por ejemplo, por un lugar siempre abarrotado por los coches. Te sientes como Jaime I el Conquistador, suponiendo que el monarca tuviese esa sensación de satisfacción al ir añadiendo fueros y derechos de impuestos a su haber.

De todas formas cuando estás corriendo tampoco tienes muchas posibilidades de experimentar muchas sensaciones. Al menos yo, lo único que voy pensando es en poner un pie delante del otro, a pesar de que ya se va cansado, procurar no tropezarme con el de delante, al tiempo que controlo por atrás. A veces me fijo en el de delante o el de al lado. ¡Menudas piernas tiene éste! o ¡qué mal va ya éste! ¡Pues menudo jadeo! ¿No le convendrá salir un poco más controlado y no petar a la mitad? De estos hay muchos, y supongo que lo de fallar en los cálculos le puede pasar a todos, pero con el tiempo me voy reafirmando en la idea de que hay mucha gente que es muy competitiva y que sale a morir, más que por el reto de superarse a sí mismo, porque no soporta que los otros, y especialmente otras, los adelanten. Ésta vez no añado las, porque por lo general y por tradición las chicas son menos competitivas aunque sean buenas, aunque de todo hay.

En una carrera un cierto grado de competitividad es bueno, incluso necesario aunque no seas de la élite, pero incluso estos tienen que tener los pies en el suelo, tampoco nunca mejor dicho. Como es natural, yo también soy competitivo, pero mejor no dejarse llevar, porque sea en lo que sea y hagas lo que hagas, siempre va a haber alguien más rápido, más resistente y mejor que uno mismo, pero también al contrario.

Por cierto, ese de las piernas tan fuertes, acabó por pasarme de nuevo. También ese otro con pintas de correr mucho. La apariencia de corredor suele corresponderse bastante bien con los tiempos finales. Bien. Da gusto en los kilómetros finales. Ahí ya corres con la gente de tu tiempo sin la sensación de que están en medio y sin tantos agobios. Yo al menos ahí voy haciendo mi carrera y no adelantando gente, con más buena voluntad que capacidad.

¿La marca? Pues mejor que el año pasado en más de un minuto, que está muy bien. Todavía lejos de bajar de los 43’, aunque más cerca, y todavía más de bajar de los 42’ que es lo que me gustaría. Pero en fin... Lo mejor es que no me duelen las piernas ni tengo agujetas, aunque algo cargadillo sí voy.

jueves, 4 de octubre de 2007

30.9.2007 - Crónica de Las Dehesas

El domingo por la mañana ya estaba casi despierto porque había dormido el sueño del duermevela pensando lo que se me venía encima por la mañana Con todo, cuando el despertador sonó y me recordó que más valiera que me pusiera en marcha, no pude evitar un pensamiento de fatalidad. Y total, ¿dónde iba tan temprano si ni siquiera tenía el dorsal? Un vistazo por la ventana acrecentaba mis temores, pues si en Madrid estaba cubierto, probablemente en la montaña lloviera, hiciera viento y frío.

Ni el sueño ni los malos presentimientos se fueron durante el trayecto. Cuando llegamos a Las Dehesas los presagios de lluvia y de unas condiciones meteorológicas un poco destempladas se cumplieron. Llovía ligeramente y soplaba un poco el viento, pero siendo objetivo. Ni hacía mucho frío, ni el agua molestaba. La actividad en las mesas de la organización y el ambiente previo a la carrera empezaban a animarme. No hubo problemas para conseguir dorsal y los organizadores no se hacían notar, que es la mejor característica de excelencia en la organización.

Allí estaba Ángel con la familia. Un saludo rápido, porque como de costumbre estaba descuidando el calentamiento. Con todo mientras repartíamos saludos y deseos de felicidad la más pequeña de las niñas aún tuvo tiempo de abrazarse a mis piernas. La pobre se habría confundido entre tanto corredor, pero yo me puse contentísimo ante esa demostración de cariño tan inesperada como desinteresada.

Se acercaban las 10 en punto y avisaron que iban a dar la salida. Como estaba en el otro lado del punto de partida tuve que atravesar rápidamente la primera línea. Allí estaba los futuros primeros puestos, concentrados y listos para poner a prueba esas piernas cuyo grosor iba más parejo con los troncos de los árboles que se erguían a ambos lados del camino que con la anatomía estándar. La carrera formaba parte del Campeonato de Madrid, o algo parecido, y los federados puntuaban.

Comenzamos a salir de forma ordenada. Supongo que la mayoría era consciente que ya habría tiempo para tirar de piernas cuando llegaran las subidas. En efecto, la calzada romana ofrecía un firme irregular y, por efecto de la suave lluvia que de forma intermitente había humedecido la superficie, resbaladizo. Yo había utilizado, con más buena voluntad que acierto, el término adoquines para definir al empedrado con bloques irregulares del terreno, lo que me valió la rechifla de mi amiguete y compañero de fatigas. Afortunadamente la subida nos calló pronto a todos, lo más que se oía era, si acaso, el jadeo del esfuerzo.

La primera subida fue exigente por la pendiente, pero no difícil. El mismo terreno de bajada habría sido otro cantar. Bueno quizá no para los expertos, pero sí para mí. Pasada esa primera subida se abría un camino que entre bajadas y planos permitía incluso correr con comodidad. La bajada al valle fue una agradable sorpresa. Un miembro de la organización indicaba entre ánimos y adelantes donde había que desviarse. Una sabia decisión, porque no era evidente. En una ladera pronunciada se abría un pequeño sendero que de otra manera hubiera pasado inadvertido. A pesar de la pendiente el sendero no podía ser más fácil, incluso para los novatos. El terreno era arcilloso, ideal para bajar: blando para las articulaciones, sin peligro de deslizamiento y otras sorpresas. Discurría entre un mar de helechos que empezaban a desprenderse del verdor del verano y mostrar otros colores más otoñales. Como el terreno no ofrecía especial dificultad hasta pude disfrutar de eso.

Después de la ladera de helechos había un pequeño prado y después un camino, a ratos más ancho que estrecho y con tramos de diversas pendientes más o menos suaves. En una de estas sendas la primera sorpresa desagradable. Un compañero de camino había sufrido un percance. Le tenían tumbado sobre el suelo con las piernas en alto. Como ya estaba atendido continué mi camino para no molestar. Pero según avanzaba vi como la guardia civil se aprestaba para atenderle. La presencia cercana de un control de carrera permitió a otros participantes avisar y la pronta llegada del médico. Según las noticias de los foros parece que todo quedó en un susto.

Con un poco de aprensión y redoblada precaución continué. En esa parte el camino recordaba parte del trayecto del cross del telégrafo. Si bien los riachuelos que atravesaban el camino no estaban ni por asomo tan crecidos como aquel día y era posible salvarlos con dignidad, es decir, con los pies secos.

Mientras avanzaba por un camino ancho, en un llano sin mucha fronde, sentí inesperadamente en ambas piernas una intensa picazón dolorosa y localizada en focos discretos. Intuitivamente y todo a una pegué un salto que casi acaba en contractura, di un intenso alarido y me llevé las manos para deshacerme de la causa, mucho antes de imaginar de qué podría tratarse. El uso de guantes fue providencial y apunto una razón más para llevarlos para correr, y van cinco. Dolorido corrí aún más fuerte para alejarme de lo que temía fueran avispas enfurecidas. Alcancé a la chica que iba por delante y le pregunté si ella también había sido atacada. “No”, me contestó, “pero tengo arañazos por todas partes”. No sé si esto lo decía por solidaridad, por disculparse de no haberse inmutado ante el grito, que igualmente podrían haberme estado degollando, o porque quería arrancar mi piedad. Al chico de delante también le habían picado. El pobre estaba aplicándose un poco de barro para aliviar el dolor. Otros participantes en foros de atletas confirmaron que se trataba de avispas y que atacaron a bastantes corredores. Aunque por lo visto algo aleatoriamente, porque mientras pasaban casi simultáneamente por la “zona en conflicto” algunos corredores recibieron picotazos y otros no, como los pimientos de Padrón. Considerando que las avispas, al contrario que otros insectos parecidos, se guían sobre todo por el olor para localizar su alimento, yo debo oler a jamón ibérico para ellas. Me pusieron perdido. Aguijoneado por semejante acicate traté de acelerar para ver si disminuía la picazón. En vano.

En el siguiente avituallamiento me encontré con mi amiguete que, muy solidario me estaba esperando. La siguiente cuesta no era tan pronunciada como la calzada, pero sí se hacía larga y pesada. Un pie tras el otro y sin desmayo. Ya no tenía tantas ganas de disfrutar del paisaje que estaba precioso, entre jirones de niebla. En la ascensión me topo con una camiseta de Start2Run, esas que generosamente reparte el organizador. “!Hombre! ¡Un coleguita estarturranero!”, pensé. Cuando dejo de mirar al suelo reconozco a Ángel, que sí, también había sido objeto de la ira de los insectos, aunque menos. Probablemente se había quedado en jamón serrano para las avispas o corría más rápido que yo. Me confesó que a él también se le hacía larga la cuesta.

Vi el cielo abierto cuando alguien de la organización nos animó a seguir. Es un decir, porque éste fue el momento en que había más niebla, más humedad y más frío. Calculo que unos 5 grados y con el único momento de viento. Sólo quedaban unos 300 metros y llegamos al asfalto, a la altura del Telégrafo. Después sólo era aproximadamente un kilómetro hasta el albergue de Peñalara. Yo ya no podía hacer mucho más. A pesar de que era terreno firme, uniforme y bajada, sólo podía avanzar despacito. Me adelantaron dos chicos que se notaba que iban todavía sobrados. No fueron los únicos. Al final un veterano me adelantó poco antes de doblar la curva para el albergue. Éste no iba para nada tan suelto, de hecho temí que tuviera que recoger los cachos después de que sufriera un colapso. No sé si competía contra sí mismo y quería mejorar su tiempo, o que le causaba un placer inmenso ganar un puesto en el último cuarto de la clasificación. Hay gente para todo.

Los picotazos de las avispas (por cierto, al contrario que las abejas las muy guarras no pierden parte del abdomen con la picadura y pueden reincidir) no eran la única lesión. Más aparatosa que real era una rozadura en el tendón de Aquiles que había empapado la zapatilla. Pero no fue la carrera la gran culpable, sino que había estado nadando con aletas el viernes. Con tanto movimiento el borde de la zapatilla había reabierto la herida y me daba un aspecto de sufrido corredor de montaña.

No me quedé mucho tiempo ahí. Unos conocidos nos acercaron en coche hasta donde teníamos el nuestro. El chaval que conducía, y de los que quedan en el primer tercio de la clasificación, se quejaba de que había demasiadas oportunidades para correr en este trayecto, que él no era “corredor” y que no le venía bien porque iba “sólo a 4 minutos” cuando había gente que le pasó a 3 minutos. A mí no me quedó más remedio que meditar sobre mi propia naturaleza, pues sí el superchaval no era “corredor” con 4 min/km, entonces qué sería yo.

Picotazos y rozaduras aparte es quizá la carrera de montaña más bonita que he participado, bueno no han sido muchas. Con más subida que bajada, nada técnica y tramos para disfrutar corriendo en un entorno precioso, es para volver. Y también para la gente que quiere probar pero que le da respeto la montaña. A veces, merece la pena vencer la pereza y los vaticinios “funestos” de los despertares.