lunes, 23 de junio de 2008

23.6.2008 – El Cross del Telégrafo

Tenía la intención de escribir sobre el cross del Telégrafo antes, pero ya sabéis cómo son estas cosas. La verdad es que he olvidado bastantes detalles, pero si no lo hago ahora no lo hago nunca.
Recuerdo que dormí muy poco, aunque estaba cansado. Había participado en el Acuatlón de Puerta de Hierro. Me acosté tarde y tuve que levantarme temprano. Me llevaba un compañero del Aguaverde. El chaval superamable y muy simpático, pero a él se le pegaron las sábanas. Para un día que soy puntual... Con todo llegamos bien de tiempo a Cercedilla. Para ese día Patri y Miguel se habían ofrecido a llevarme. Los pobres iban a pegarse el madrugón para hacerme el favor. Estos también son pomponeros de lujo.

La supergente del supermaratón había salido una hora antes. Allí me encuentré con Chusa, con 3i, que como siempre compaginaba la organización con la competición, Ángel y algunos amigos más.

Aunque salimos temprano, el sol ya pegaba. En el del Telégrafo, como carrera por o de montaña, se empieza subiendo. Salimos del pueblo todos juntitos. La gente buena al principio, yo atrás, buscando acomodarme a mi ritmo. Pronto el grupo se va estirando y después de los dos o tres primeros kilómetros se va muy bien. Éste año no hay tantos ni tan crecidos riachuelos, pero esta vez, ya escarmentado, no hago ningún esfuerzo por vadearlos. Adentro con la pezuña, que ya se secará. Después de todo, las zapatillas ya tienen un agujerito “de ventilación”.

3i me alcanza en un determinado momento, pero esta vez, aprovechando un terreno llano y sencillo, no le dejo escapar, charlamos mientras podemos. La verdad es que me encontraba muy bien, a pesar de la paliza del día anterior y de que no tenía muy entrenada (por no decir nada) la carrera. Vamos que a correr, los sábados y gracias a que voy en manada. En un determinado momento en el que empiezan las cuestas 3i se queda y yo me voy. El pobre venía de competir en la Quebrantahuesos, y aunque es un todoterreno, los 180 km en bicicleta, si no son más, cansan. Lo hago con una sonrisa de gozo, es difícil hacer algo mejor que él, pero también sin remordimientos. Sé que me va a alcanzar y pasar en cualquier momento.

Pues yo sigo subiendo. Las cuestas son empinadas y no se puede correr, pero me veo pasando a mucha gente con holgura, sin machacarme demasiado y desde luego sin sensación de agobio. Naturalmente iba subido de pulsaciones, que estuve en las dos horas y pico que duró la carrera con una media de 160 pulsaciones pm.

Lo hacía con bastante desparpajo, porque sabía que pronto me alcanzarían. Así fue, pasado el ecuador de la carrera, el propio pico del Telégrafo, la gente con una mejor técnica de bajada que yo, fue adelantándome. Primero los últimos que había adelantado.

Y sin embargo, estoy seguro de que he mejorado bastante. Mi técnica es mala y, sobre todo, le tengo respeto, por no decir miedo, a las caídas. Bajo con cuidado, pero desde luego que fui más rápido que la vez anterior. En las zonas más abiertas, los corredores más avezados me adelantaban sin problemas, pero en esos períodos con senderos más estrechos cedo el paso. Es respeto por los otros competidores, pero también que me siento más a gusto sin la presión del que quiere pasar y no puede.

En un determinado momento siento que los corredores se me acumulan por detrás. Antes de que pueda cederles el paso me equivoco de camino en una bifurcación. Error mío porque estaba perfectamente señalado. 3i, providencial, estaba ahí y me avisó. Fue un buen momento, porque dejé pasar a la fila y me puse detrás del último. Ya alcanzaría a alguno, cuando llegara la zona de llano, como así fue.

A pesar del desgaste tengo tiempo para darme cuenta de lo precioso que es el camino, de lo bien que han venido las lluvias, de saludar a los corredores que todavía suben, y de animar a los que paso. Estoy disfrutando con muchas ganas.

En una de estas zonas de llanos, siento otro corredor que me está alcanzando. Siento su esfuerzo y sé que está cerca de su límite. Podría apretar, está dentro de mis posibilidades, pero ¿para qué? Le dejo pasar. Es un corredor mayor, y sé por mi velocidad que debe entrenar duro, y que además lo hace bien. Éste es de los que se fijan pequeñas metas. Me pasa.

En la siguiente bajada le vuelvo a pasar. No me llama la atención hacerlo, porque sabía que su adelantamiento había sido casi un canto de cisne, pero me provoca una sensación de placer hacerlo precisamente en una bajada, que no es mi fuerte. Por cierto, si algún día me entero de cuál es mi fuerte, escribiré otra entrada con sonido de fanfarrias.

Es un corredor fuerte. Me sigue a corta distancia. En otra ocasión ya cerca del pueblo, y de la meta, me vuelvo a equivocar de camino. Le veo pasar y le pregunto por dónde es. Me indica la dirección y me adelanta sin ningún pudor ni vergüenza. Vuelvo sobre mis pasos y le veo por delante. Poco le va a durar la alegría, aún en un adelantamiento por despiste (como en la última San Silvestre). Sé que la meta está cerca y veo que es el momento de apretar, según mis posibilidades.

Acelero el paso. Le paso a él y a otros. Entro en el pueblo y el camino se vuelve asfalto. En una curva adelanto a un par de amigos. Les pido disculpas porque me veo haciéndolo por el medio. “Tú tranquilo, sigue”, me animan. Entro en la calle de la meta. Veo a Patri y Miguel que me gritan dando ánimos. Aumento el paso, pero freno casi al llegar, para no adelantar en el último segundo a otro corredor. Una cosa es apretar al final y otra es pasar a otro compañero por un puesto en la cola de la clasificación. Quizás sea una tontería, pero me da un poco de vergüenza.

Ya alegría, comer un poco para recuperarse, recoger el diploma, saludar.

“Me voy a quedar con otros coleguitas”, le digo al colega de Aguaverde. En las duchas, volví a equivocarme y me metí en la de las chicas. En mi disculpa tengo que decir que esta vez no estaba señalizado. Ya en el vestuario que me correspondía, el agua fría me arquea la espalda, pero yo no pegaba alaridos de terror que se oían por ahí. Esos chicos, tan fuertes y tan sentidos. Refrescante ducha.

Después a disfrutar con los amigos. Llegó Ángel, llego Chusa y por fin, llegó Javi, pero éste era del maratón, del que probablemente sea el maratón alpino más duro del mundo, al menos así lo promociona la organización. Y sé que tiene predicamento internacional. Comemos la tortilla y viandas que habían preparado Patri y Miguel. De verdad, ¡qué bien se portaron!

El Cross tiene 8,5 km de subida y los mismos de bajada. Mi marca fue de 2:05, saqué creo que 7 u 8 minutos a la del año pasado, aunque claro, ahora no llovía. Sé que lo he hecho mejor, que es importante.

Como dice Javi, otra a la buchaca.

sábado, 21 de junio de 2008

21.6.2008 – El acuatlón de Puerta de Hierro

Aunque ya ha pasado bastante tiempo, más de un mes, desde que participé y ya no me acuerdo demasiado, he decidido escribir algunas líneas para no olvidarme, porque no sé cuándo habrá otro, y en definitiva porque si no lo hago yo, nadie lo va a hacer por mí.

Llevaba bastante tiempo con ganas de participar en alguno, ya que en competiciones de triatlón no me decido participar, pues aquellas en las que se quita la parte de bicicleta. Me había apuntado a uno en Arroyomolinos, pero al final me corté ante un tiempo frío, impropio de mayo, que no invitaba a hacerse un kilómetro en un estanque no aclimatado. Y yo estaba con dudas de todo tipo respecto al reglamento y al traje de neopreno.

El de Puerta de Hierro, en pleno junio y con la calor de Madrid, ofrecía garantías en ese sentido. Y además, quizás lo más importante, se celebraba en piscina, cuando lo habitual en estos casos son las aguas abiertas, en mi opinión mucho menos apetecibles, pero sé que hay gente a las que le gusta más. La piscina de Puerta de Hierro es un monumento al auge de la clase media de los años 60, que iba a disfrutar de un día de piscina y una tortilla de patata y filete empanado. Lo cierto es que es enorme y da muy bien para un acuatlón. Para mí que soy un nadador de piscina el hecho de ver el fondo ayuda mucho.

Por adaptar las instalaciones a la prueba al final salían en el primer tramo de carrera dando 3 vueltas a un paseo de plátanos, entre las sombras de los árboles, 2.320 metros, luego la transición sobre el césped hacia la piscina y tres vueltas a ésta que daban 885 metros, para luego volver a hacer otros 2.230 metros.

Yo me había apuntado en el último momento con muchas dudas y gracias a la insistencia de 3i al que todavía no se lo he agradecido lo suficiente su machacón ronroneo, “que si luego te quejas”, “que otra competición al día siguiente no es un problema para un campeón como tú”. (Esto último no sé si lo dice con cachondeo). El caso es que gracias a su sugerencia de que al día siguiente un compañero del Aguaverde me llevaría a Cercedilla para el Cross del Telégrafo y, una vez más, a su cabezonería allí que me fui,

Iba un poco a probar y dar un poco de lustre a una licencia de Triatlón que no estoy utilizando mucho de momento, por no decir nada. Llegué con mucha antelación y con muchas dudas, a pesar de que me había leído de pe a pa el reglamento y planeado minuciosamente todas las posibles circunstancias desde cómo llegar, hasta las transiciones. Bueno, al menos eso creía.

Empecé bien, en el autobús no me hizo falta preguntar. Un chaval joven, con formas de deportista y, para más datos, un mono de triatlón bajo la camiseta me demostró que no andaba desencaminado. Incluso charlé con él mientras caminaba hasta el puesto de recogida de dorsales, muy simpático. Yo opinaba que llegaba con demasiada antelación. Él otro opinaba lo contrario, que había que calentar y prepararse. En los vestuarios, que prácticamente nadie más utilizó, (por lo visto la gente ya viene preparada de casa), me encontré a otro chaval, Abe, que resultó ser también del ya extinto grupo s2r, pero en el grupo de los domingos. Supermajo, luego me acercó hasta el metro. Como los dos andábamos un poco despistados y nos confesábamos mutuamente nuestra ignorancia formamos un grupito. También reconocí gracias al uniforme a otro chaval de Aguaverde, Andrés, muy simpático también, pero éste es de lo se lo toman más en serio. De hecho ha subido al podium en su grupo de edad en algunas competiciones. Así estuvimos de charleta hasta el inicio de la competición. La verdad es que no calenté muy bien, pero, a pesar de que me gane un rapapolvos, ésta es ya una costumbre, por unas razones u otras.

La mayoría de los participantes era gente muy jovencita, de cuerpos rotundos y, luego lo comprobé, deportistas de potencia y velocidad. Para mi alivio descubrí también a otra gente de “mi grupo de edad”. Algunos que también venían con poca experiencia en la mochila. El sa berse acompañado siempre da gusto.

Oye, que se va acercando el momento del inicio. Oye, que mejor que nos vayamos acercando a la línea de salida, que mejor nos colocamos, que oye, que ya han dado la salida. Empecé con muy conservador. En mi no se trata de una estrategia muy elaborada, es que soy bastante diesel y me cuesta arrancar. Sin embargo, en este caso lo hacía a propósito. No quería llegar demasiado agobiado a la piscina. Es más, me daba miedo la posibilidad de pinchar ahí. Con todo adelanté a unos poquitos. Supongo que a los nadadores con menos preparación sobre el asfalto. Constato una vez más que la base aeróbica que tengas de otros deportes es muy buena, pero la técnica y la costumbre son tan importantes o más. Conté con cuidado las vueltas, no me fuera a equivocar.

Llegué a la transición. Lo había pensado muchas veces. Me quité las zapatillas, sin calcetines, por favor, que esto era un acuatlón, me calcé las gafas y a la piscina. Después de pasar el umbral que marcaba la ducha me doy cuenta de que todavía llevaba puesta la camiseta. ¡Ay, pardillo! Me di media vuelta, ante la mirada impasible del juez, a pesar de que puse cara de ¡Qué le vamos a hacer, un error lo tiene cualquiera!, me quité la camiseta y la puse con mimo ordenada para volver a calzármela después y volví a salir corriendo. Debí de perder un par de minutos con la tontería.

¡Al agua! A nadar con tranquilidad, que todavía quedaban más de 800 metros y yo no sabía cómo iba a salir de aquello. Los que había adelantado antes me alcanzaron, y supongo que también los que iban en cabeza. Aquello no era malo, la estela que generaban me permitía avanzar con menos esfuerzo. Traté de no ponerme en medio. En el primer tramo llegamos a un punto en que si te despistabas te dabas de bruces contra una pared. En las fotos del organizador, la cuarta foto. Pero ahí estaba alguien de la organización avisando. A mí me salvaron de un buen coscorrón, porque a pesar de que trataba de ir controlando con alguna levantando la cabeza como en el waterpolo, es fácil dejarse llevar por los demás. Quizás por ser demasiado conservador, quizás por el impulso de la estela de los nadadores más rápidos, lo cierto es que no me costó demasiado trabajo hacer las tres vueltas, al menos no tanto como pensaba. De hecho, tuve miedo al salir, de haber hecho sólo tres, pero la piscina estaba demasiado vacía de competidores como para creerme que sólo habían sido 2 vueltas, y demasiado llena para saber que llevaba cuatro. Tengo que decir que me sorprendió la técnica de patada de uno de los nadadores más fuertes cuando me adelantó. Es la técnica que yo hubiese utilizado no tanto para avanzar más rápido sino para dar patadas al competidor que estaba a su lado y que probablemente le estorbara. En fin, seguro que nadie hace eso.

La segunda transición fue sin errores. Después de haber pasado la piscina ahora me iba a confundir con el dorsal. Eso sí, me costó ponerme la camiseta y las zapatillas mojado como estaba. Quedaban tres vueltas, a hacerlas ahora con más ánimo, dándolo todo en la pista como en mi época de bailongo en la discoteca de mi pueblo. Así fui adelantado a unos pocos, de nuevo los nadadores, esta vez sin ningún recato. Cuando llegué a la meta casi me como el mostrador donde entregaban la bebida. Y por cierto, me negué a adelantar al sprint a la chica que tenía delante porque me pareció feo. Total, ¿de qué iba a servir?

Eso sí, ¿ya se había acabado? La distancia me había sabido a poco, quería más. Estoy convencido de que lo la distancia corta no es para mí. Ahora sólo me queda descubrir si la media o larga lo son, Pero ese es otro cantar.

Las clasificaciones se pueden ver en la página del organizador. La próxima vez quizás tenga que ser más ambicioso y meter un poco de más caña al principio y en la natación. Fui bastante lento, sobre todo en la natación, pero luego adelanté bastante en la segunda carrera.

Estaba agotado pero próximo a la euforia. Lo había conseguido, a pesar de mis miedos y prevenciones. Había disfrutado y hecho nuevas amistades. Localicé de nuevo a Abe y nos felicitamos mutuamente mientras tratábamos de recuperar el resuello y los líquidos perdidos. Le agradecí que me acercara a la estación de metro porque yo al siguiente día tenía que darme otro madrugón para participar en el Cross del Telégrafo al día siguiente. De esto también he prometido crónica.

Al metro con el dorsal todavía puesto. Eso sí, con una chaquetita que siempre me llevo para después de la competición haga el calor que haga. No me equivoqué. El aire acondicionado del metro me pareció fresquísimo.

lunes, 28 de abril de 2008

27.4.2008 – VIII Circuito Orbea Aventura

A juzgar por las anchas calles, el aspecto cuidado de sus edificios y su iglesia parroquial, la agricultura de los Navalmorales, donde se iniciaba la ruta en bici, debe ser una actividad rentable. Eso sí, lo primero que llamaba la atención, incluso a kilómetros de distancia, eran dos poderosas chimeneas en plena actividad de la almazara local. Y es que el aceite de oliva cornicabra es el producto estrella de la región.

Nosotros llegamos con los minutos muy justos. Después de ayudarme a montar la rueda 3i, él es el experto y yo el novato, salió raudo a por los dorsales, sabiendo que si iba él todo iría más rápido y no le faltaba razón. A lo lejos se oía la megafonía dando las instrucciones que nunca llegué a escuchar. A todo esto, y antes de que dieran las 10, que era la hora de salida, vemos pasar un pelotón de ciclistas a nuestra vera. Por eliminación, no nos quedó más remedio que deducir que eran los nuestros, y que teníamos que espabilar. Nos incorporamos a la cola del pelotón y comenzamos a callejear por el pueblo ante las miradas, algunas veces atónitas otras de solidaridad de los parroquianos. Aquello debía ser la vuelta de honor, porque tampoco tenía mucho sentido, esa vuelta para salir justo por el carreterín (como lo llaman los lugareños) que abocaba justo donde teníamos el coche. A partir de aquí dejo de hablar en plural porque 3i se lanzó, como el crack que es, hacia la cabeza de la carrera mientras yo me disponía a disfrutar del desconocido placer de formar parte de los rezagados. En estos primeros metros pasé a gente, sí, pero eran solo problemas técnicos. Salida de la cadena, primeros pinchazos y reventones, pero enseguida me pasaron.

El terreno era arcilloso de color rojo y la erosión de los ocasionales aguaceros habían dejado surcos y descubierto piedras, sobre las que resultaba bastante incómodo transitar. Al principio de la carrera la cuesta no picaba. Y oye, esto de salir el último, tiene indudables ventajas, si no se pretende hacer podium. Tenía a la vista gente delante que no se alejaba a demasiada velocidad y nadie me atosigaba a la espalda.

Yo me dedicaba a mirar el paisaje, pasamos naturalmente por tierra de olivos, perfectamente plantados en la tierra rojiza arada. En el borde de los caminos crecían hierbas en flor, favorecidas por las últimas lluvias, de las que sólo quedaba, y muy ocasionalmente, algún charco semiseco en el camino, recuerdo de que una vez había llovido. Con la subida el paisaje cambió, el terreno pasó del rojo arcilloso al blanco de la caliza (tengo entendido que una industria auxiliar de la comarca es la trituración de la caliza) y los olivos dejaron el paso a los pinos, que no supe identificar sobre el sillín, pero que probablemente pertenecieran a una extensión de bosque maderable, (que por lo visto es otra de las actividades económicas accesorias a la principal de la agricultura). El estrato de caliza debía ser bastante estrecho, porque enseguida apareció en todo su esplendor lo que sería el motivo principal de la carrera: la jara, que raramente crece en terreno calizo. Eso dicen. Era impresionante la colonización exhaustiva con la que las jaras habían sometido el sotobosque. Pegajosas y fragantes crecían tupidas entre los pinos, al borde del camino, arriba y abajo, a los lados, mostrando la flor abierta de cinco pétalos blancos y arrugados, con ese punto granate próximo a la inserción en el cáliz, atrayendo a todo tipo de bichos y abejorros. (Aquí me perdonáis el exceso de adjetivación, pero ya sabéis que padezco veleidades pseudolingüísticas consecuencia de haber leído sin coto ni mesura novela romántica a altas horas de la noche). Tuve la ocurrencia de mirar hacia la derecha y pude disfrutar de la visión de la suave loma por la que habíamos ascendido cubierta de pinos. Me dijeron dos chavales de amarillo, mi referencia durante esta primera parte, el que no disfruta del paisaje es porque no quiere. Yo estaba extasiado, como un escritor místico, disfrutando del camino, de que todavía no hacía demasiado calor y de que el sol estaba amortiguado por un velo de nubes altas.

Todo lo que sube baja y aquí comenzaron las primeras bajadas. Incluso para mí no eran difíciles, eso sí, usando los frenos hasta el chirrido. Yo no sé lo que harían los primeros puestos, porque jamás estuve ni siquiera próximo, pero por lo que me ha contado mi gurú, en esas, hasta el ciclista medio no sólo evita frenar sino que mete el plato grande para poder dar pedaladas. Con este comentario me iluminó la ¿triste? revelación de que nunca me convertiré en una estrella olímpica de la MTB.

En esta primera parte del recorrido distinguí con alegría el letrero que anunciaba que habían transcurrido los primeros cinco kilómetros. El recorrido estuvo por cierto impecablemente señalizado.

Otra subida, una curva y de repente una señora bajada. 3i ni siquiera la recordaba, para él era una rampa de aceleración. Estuve a punto de bajarme, pero como todavía estaba fresco me aferré a mis principios, tratando de esa manera de relajar el agarre del manillar, por supuesto en vano, y comencé el descenso con dos dedos sobre ambas manetas, (lo siento 3i, no es que no quiera hacerte caso, es que mi instinto de supervivencia es todavía más fuerte que mi admiración y fe por ti, que es prácticamente infinita). La vista siempre como máximo a dos metros del manillar. La única vez que cometí la torpeza de alzarla para ver por dónde iba, (cosa por otra parte muy recomendable) y sentí la atracción del abismo, tuve que repetirme, como en las películas en las que el héroe grita a la chica, que no mirase al fondo; que luchara contra el lado oscuro. Pero esta prueba la pasé, sin velocidad y sin sobresaliente, pero todavía guardando un poco de dignidad.

Seguí avanzando. Encontraba gente por el camino, los que habían pinchado, los squad de la organización que comenzaban sus rondas para echar una mano y controlar. Y los habituales del fondo. Sabía que detrás tenía una chica, pero no la sentía. Subeibajas, terreno irregular (calizo) con surcos un recodo perfilado con un roble, a la vuelta una bajada impresionante. De nuevo, a merced de la relatividad, porque para 3i aquello era una pendiente fácil. A mí aquello me parecía la ladera del Aconcagua: fuerte pendiente, terreno irregular, piedras grandes que tenías que esquivar. Yo no lo dude, ni un segundo, frené en seco a la altura del roble, sujetando el manillar con las manos y avanzando con las dos piernas bajé sin gloria, pero sin pena, felicitándome de nuevo por pertenecer a la privilegiada élite de los rezagados. No era el último, porque la chica de atrás me disputaba con ferocidad el puesto y luego me pasaron algunos ciclistas atrasados, probablemente por un problema técnico, pero para los efectos como si lo fuera.

Al llegar al fondo del abismo me felicité de nuevo. La bajada acababa de forma un poco abrupta y el camino que teníamos que seguir estaba justo perpendicular a la bajada. Si yo me hubiese lanzado habría salido despedido, volado por encima del carreterín y seguido por la ladera, esta vez sin camino. Ya que estaba desmontado, me aparté del camino y le di un par de tragos al bidón. Al volver la vista atrás (y ver el camino que nunca se ha de volver a pisar) reparé en la chica también sobre ambos pies. Más tarde, en el primer avituallamiento, comentó que había tenido una caída tonta. Bajando con los automáticos, una chica valiente, tuvo un pequeño y humano momento de pánico, frenó y, al no dar tiempo de liberar las calas, se cayó. Conclusión, los automáticos no son para mí. Que sí, 3i, que son más rápidos e incluso más seguros, pero no para alguien que como yo, no se ha sobrepuesto al instinto y comete la imprudencia de frenar cuando no debe.

La bajada “de la muerte” (de nuevo el relativismo) era el preludio que anunciaba un cambio de derroteros. El nuevo camino seguía siendo de arcilla, pero ancho, apisonado y libre de piedras. Hasta me permití el lujo de meter el plato grande, y cuando pensaba que iba a toda velocidad, me adelantaron los dos chicos de antes. No me deprimió porque descubrí que la siguiente señalización no era la de 10 km, sino la de 15. Había avanzado más de lo que pensaba. Y ahí estaba el primer avituallamiento.

“Que buena está la sandía”, decían los chicos de amarillo, con el mismo deje que el “Agüela, stotá demuerte”. Y la verdad es que estaba muy rica. La sandía, y el plátano, y la naranja, y el chocolate, incluso los montaditos de atún. Eso o que tenía mucha hambre. Las chicas de la organización atentas y jatorras (todavía no sé qué quiere decir esto, pero lo he visto utilizar en este contexto y quiero incorporar tecnicismos de montañero a mi acervo lingüístico. Total, como automáticos no me voy a poner... de momento...). “Con cuidado”, nos recomendaron los chavales al despedirnos. A partir de aquí ya no volví a ver a los chicos de amarillo.

El camino fácil se acabó aquí y, con cierta renuencia, tuve que bajar de plato para atravesar un pequeño cauce seco pero cubierto de cantos rodados. Aquí, casi mejor me apoyo con el pie, que para eso sólo llevo punteras y me puedo liberar fácilmente. De nuevo tierra de olivos y de nuevo el esplendor de las jaras. “!Óspera!”, éste debe ser el cortafuegos. La geometría de esta brecha en el terreno no se parecía a la geometría de los cortafuegos que he visto, pero sí, quitaba la respiración de bonito que era. Había encinas a ambos lados y una pendiente, que si bien no era terrible y que con determinación habría podido hacer, bajé andando sin ningún pudor, porque ¿para qué matarse a mitad del camino?

Ya empezaba a hacer calor y ya estaba cansado, pero yo seguía todavía eufórico, pensando en hay que repetir. Después de unos quilómetros disfrutando, me topé con los squads de la organización. Que si iba a hacer el recorrido A o el corto. Pues el corto, naturalmente. Pues ahí dentro de poco verás la indicación de desvío. No tiene pérdida. Y tranquilo, que ya queda poco. Ah sí, pues que pena, porque estaba disfrutando.

Efectivamente, después de un rato llegué a un cruce de caminos. Estaba señalizado de la misma forma que el resto de los cruces de caminos que había pasado. Una flecha para señalar la dirección correcta y una línea perfectamente perpendicular al eje del camino y que lo atravesaba para indicar que no debía cruzarse. Al lado había un cartel con una B grande e inconfundible, pero decidí seguir la lógica que tan bien me había servido hasta entonces e hice caso a la flecha.

A partir de aquí el terreno se hizo más técnico. Había que atravesar serpenteando un pequeño valle con robles centenarios y piedras grandes como monolitos. Servidor se volvió a bajar. (Ya sé que tú no 3i, pero una vez que caes en el lado oscuro, es muy difícil retornar al de los valientes.) Aquí, quienes tenían problemas eran los squads. Tuvieron que pasarlos con más pena que gloria casi en volandas.

- “Al final te has decidido por el itinerario A.”
- “¿Yo? Qué va.”
- “Pues hace tiempo que te pasaste la desviación”
- “Ah” mascullé estupefacto, “Así que era eso.” Ya no me atreví a decir más.
- “Pues estaba perfectamente señalizado.”, afirmó el chaval con suavidad pero preguntándose interiormente si yo estaba ciego, o tonto, o las dos cosas.

Hombre, yo lo hubiese señalizado de otra forma, con dos flechas indicando ambos caminos, en lugar de una línea transversal, pero como servidor ya se ha ido a Getafe en lugar de Leganés, no quise discutírselo y me limité a decir que no sabía qué hacer. Me aconsejaron continuar hasta llegar al carreterín y de ahí desviarme al pueblo. No me lo dijeron así, pero si vinieron a indicarme que el circuito A se me quedaba un poco grande, o que no tenían ganas de esperar a que pudiera terminarlo. Y pardiez que lo habría hecho, pues menudo soy. Me preguntaron si me veía con fuerzas y como contesté que sí, me indicaron que continuara hasta el siguiente avituallamiento, bien pasado el kilómetro 45.

El calor empezaba a apretar y las cuestas a picar. Cuestas que había pasado sobrado al principio me hicieron bajar. Y en una de estas, una irregularidad del camino, me hizo trastabillar y caerme. Un arañazo, y una pequeña contusión, que me hizo cojear ligeramente al día siguiente. Ligeramente irritado por lo tonto de la caída y más sorprendido que dolorido continué. La compañía intermitente de los squads ya se hizo casi permanente. Me pasaban, regresaban, me volvían a pasar dejando un reguero de polvo y tufillo a gasolina. Tratando de parpadear para quitarme el polvo de los ojos casi me mato.

Ya no estaba disfrutando del camino debido al calor y al cansancio. Deseaba llegar. Por fin llegué al avituallamiento prometido, que no estaba tan cerca como me pareció al principio, de nuevo el relativismo atlético. Nos esperaban pero ya estaban recogiendo. Me lancé con ganas a la bebida, a la sandía y la naranja, desdeñando el alimento más sólido. Necesitaba refrescar la garganta, hidratarme. Bebí, llené el botellín, descansé ligeramente.

Remolcado por un squad llegó un chaval al que se le había roto la cadena. No, yo no llevaba tronchacadenas (¿se dice así?) ni ellos tampoco, pero afortunadamente en la furgoneta si había y un técnico se la arregló.

Me dispuse a continuar. “Espéranos cuando llegues al cruce de caminos y te indicamos”. Ya me habían calado y comprendido que mejor no dejarse fiar por mi nulo sentido de la orientación.

Esta parte fue fácil. Camino llano (calizo) y bajando. Volví a disfrutar. En el cruce estaba la guardia civil. “¿Vas a continuar?”, me preguntaron con simpatía. “No, espero a los motorizados”, contesté. “Haces bien, ahora queda toda esa cuesta”, me indicaron con un movimiento de brazo que no dejaba lugar a dudas de que no se trataba de ninguna broma. “Hombre, aún me quedan fuerzas para hacerlo”, afirmé con suficiencia y en una mentira descarada, “pero, no quiero llegar demasiado tarde. Es que me están esperando, ¿sabe usted?”.

Cuando llegaron los squads me pidieron que esperara al otro compi, al de la cadena rota, porque siempre es mejor ir juntos. “Izquierda e izquierda, no tiene pérdida.” No la tuvo. De lo que no me avisaron es que quedaban bastantes quilómetros y una cuesta, que no llegaría siquiera a la categoría de no-puerto, pero que agotado como estaba me dejó tronchado, como la cadena.

Nos pasó la furgoneta de aprovisionamiento. “¿Quieres que te llevemos?”, me preguntó muy amable la chica jatorra. “No, voy bien. Ya termino yo solito”

El otro chaval era más pesado, pero más experimentado. Yo avancé rápido y le adelanté para poder llegar a un sitio desde donde contestar la llamada de Ivo, que habiendo hecho el circuito largo hacía más de una hora que había llegado a meta y estaba esperándome. Me desfondé. Esta sensación de que ya no puedes más. acompañado de contractura muscular justo en la inserción de los isquiotibiales sobre la articulación de la rodilla. Supongo que hay algo que estaré haciendo mal.

En ese momento me arrepentí de mi vano pundonor y de mi negativa a la furgoneta. Ahora sí que me subiría. Pero una vez superada la “no-cuesta”, fue más fácil. No todo bajada, pero pude poner el plato grande y tirar.

De nuevo el pueblo, que nunca me había parecido tan largo, la iglesia de piedra caliza e impecable arquitectura. Los coches de los ciclistas que se iban saludando. Casi cojo al chaval de la cadena. Pero gracias a la llamada de 3i, logré conservar con todo honor el puesto del último. (Bueno, luego me enteré de que llegaron otros del circuito largo acompañados del coche escoba, pero seguro que por un problema técnico, y eso no tiene mérito.)

Me lancé sobre los montados de atún, la chistorra, y los macarrones de la organización con hambre canina, pero más aún sobre el agua. Debí beber un par de litros, y eso que hice uso del bidón. Había llegado.

Conclusión: Es bueno conocerse y valorar fuerzas y capacidades de uno. El circuito que había escogido previamente era el mío. Habría llegado, si no sobrado y disfrutando, con alegría. Con la equivocación sufrí y me di la paliza, que no era el objetivo. Con todo y con eso disfruté como un enano de un paisaje que de otra forma no habría visto y de las sensaciones. De las buenas y de las malas, que de las últimas también se disfruta cuando las cuentas. 3i ¿Cuándo es la próxima? Quiero más.

He dejado el dorsal atado al manillar de la bici. ¡Que se vea! Caprichos de novato.

La carrera de 3i debió de ser como él, brillante. Es un ciclista muy técnico, con un valor desmesurado en las bajadas, que para mí raya en la imprudencia, pero todo es relativo. Todo lo que yo hice a pie, subidas y bajadas, él se lo hizo acelerando. Le perjudicó nuestra salida tardía. Tuvo que adelantar gente y que esperar en esas bajadas, donde los ciclistas de naturaleza humana se descuelgan del pedal. Si no hubiese sido por eso, habría podido alcanzar a la primera chica, que fue su liebre. Menuda y delgadita, subía con buena cadencia los repechos, y con una técnica muy depurada en las bajadas se hizo imposible de pasar. Por cierto, otra de las primeras chicas, después de pasar por meta, regresó veloz al coche para echarse un cigarrito con el que premiarse elesfuerzo. Si iba así de bien, tal vez debería replantearme algunas de las creencias sobre el tabaco y deporte.

Apliqué un poco de protector solar por la cara, pero adivinad dónde olvidé echarme.


Por cierto, ésta será desgraciadamente la única foto de tan egregio acontecimiento. Llevé la cámara, pero con las prisas de la llegada y lo tarde que llegué a la entrada, no pude hacer más “labor de documentación”.

Un abrazo, 3j

viernes, 25 de abril de 2008

25.4.2008 – No me juzguéis con demasiada severidad

Una amiga me ha asesorado sobre cómo hacer referencias a artículos de periódicos y otros materiales publicados por otros medios. Tenía ganas de hacerlo porque según voy repasando la prensa diaria, unos días con más profundidad que otras, encuentro en bastantes ocasiones alguna joyita, o simplemente algo que me hace reflexionar, me aclara un poco mi percepción del mundo, confirma o me cambia opiniones, o que simplemente me gusta. Y quería compartirlo

Me gustó, por ejemplo, el artículo de opinión de Nicole Muchnik publicado en El País del 12 de abril sobre la visita de estado de la pareja presidencial francesa al Reino Unido. Del viaje, encuentros, consecuencias políticas y otras interpretaciones han hablado personas más listas y sesudas que yo. Me llamó la atención el artículo de Muchnik por la pulcritud de su estilo. Buena parte del artículo se dedica a analizar el viraje de los comentarios, y se han hecho a oleadas sobre Carla Bruni, de la prensa a ambos lados del Canal de la Mancha. Acaba enlazando, mediante una crítica mordaz aunque sutil, con la situación de la mujer francesa de origen bereber, y por extensión de todas las mujeres, que ha originado, apunta el artículo, un movimiento encabezado por Fadela Amara, conocido como Ni p... ni sumisas. (La autocensura no es tanto por reparo en el uso de expresiones vulgares, sino por evitar la lucha contra los filtros automáticos)

Muchnik no critica a la Bruni por su pasado. Tampoco, porque pese a éste, se haya reconvertido a una “sumisa” primera dama, a juzgar por la nueva imagen a lo Jacqueline Kennedy que exhibe en las fotografías con la Reina de Inglaterra, y no persiga convertirse en un icono de alguna vertiente de un feminismo mal entendido. Pero sí defiende el desparpajo sentimental durante su otra vida, que fue casi masculino por no decir masculino del todo. Con todo, a mí lo que más me gustó fue la pregunta final tan retórica como resabiada: ¿Quién de nosotras no es sumisa? Pues eso.

Muchnik es, por cierto, pintora y tiene una web interesante.

Humano también es el enfoque con el que José Manuel Sánchez Ron aborda la figura del científico alemán Max Planck, que a principios del siglo pasado alumbró el despertar de la física cuántica, en un artículo publicado también por El País el 23 de abril. Sánchez Ron desgrana con su habitual cuidado en la documentación los claroscuros de la vida del científico dando lo que corresponde al César y a Dios lo que es suyo. Pues yo no voy a decir que me sienta retratado en Max Planck, cuando mi mayor aporte a la ciencia fue reiniciar una impresora rebelde a Margarita Salas en mi época de estudiante (por cierto que le den el Príncipe de Asturias a esa mujer), pero coincido en que antes de tirar la primera piedra conviene en valorar la viga del ojo propio.

Y siguiendo con el humanismo el articulito de Maruja Torres también en El País del 17 de abril hace hincapié en la vulnerable situación del ser humano. El articulito no fue muy bien recogido a juzgar por la votación que de hicieron los lectores en su día. Choca un poco la contraposición de los dos personajes, el glamuroso y el currela, precisamente porque ambos se yuxtaponen. Maruja Torres no dirige de forma aparente a ninguna conclusión, tal vez por la limitación de palabras de su columna, o más probablemente, porque dice callando.

A mí siempre me ha gustado el estilo de Maruja Torres por su pasmosa habilidad en ser elegante y extraordinariamente precisa utilizando expresiones vulgares. Y si no, echad un vistazo a la expresión que mezcla sopa de pollo con gélida noche del corazón.

Pues eso, en esta semana que comenzó con la trágica noticia de los turistas finlandeses muertos en accidente de tráfico, y lo digo con el corazón encogido, también quiero practicar el ejercicio de la compasión –El País de hoy, que no el de la defensa, porque yo no puedo y porque ya habrá otros que lo harán. Cuidado al volante, que los errores e imprudencias, afectan a muchos, desconocidos y allegados, y se pagan muy caro y no sólo me refiero a la muerte, sino los que quedan vivos.

(Me vais a perdonar el abuso que hago de El País, quería haber sacado un artículo de opinión de El Mundo, que también me gustó mucho a propósito del embarazo de la nueva ministra de defensa, pero es que era de pago y ah, ya no estaríamos hablando de difusión de obra sino de ¿plagio? En cualquier caso algo muy feo.)

lunes, 21 de abril de 2008

12.4.2008 – Con la bici por la Casa de Campo

No me atrevo a decir que aprovecho todas las oportunidades que se me ofrecen de coger la bici, mi posesión más preciada y que más próxima reside en mi corazón. Estaría mintiendo, pero éste fin de semana, a pesar de la paliza pegando brincos del entrenamiento de por la mañana, acepté la imprudente oferta de Ivo de acompañarme. Imprudente porque soy un paquete sobre las dos ruedas. La postura sobre el sillín y el agarrotamiento de los brazos sobre el manillar no sólo denota inexperiencia, sino que asegura un buen dolor de trapecios al acabar el viaje. Mi forma de tomar las curvas hace rechinar los dientes a los expectadores más experimentados y, sobre todo, mi exacerbado instinto de supervivencia, que es un eufemismo para evitar decir pánico cerval a los desniveles.

3i se empeñaba en que me acostumbrara a adoptar una postura correcta y me animara a hacer unos toboganes, subibajas, sin demasiada dificultad técnica, pero a mí aquello me parecían los Alpes dolomíticos. Era curioso, le veía a él subir y bajar relajado y con elegancia y cuando me disponía yo al segundo intento, – el primero había frenado en seco y habían tenido que insistirme – aquella suave loma crecía hasta convertirse en un pico descomunal sólo comparable a las grandes cordilleras del Himalaya, o en su defecto, los Andes. Me gusta, pero creo que me va a costar. Yo sólo espero que aprenda algo antes de agotar la paciencia de mi gurú y maestro.

11.4.2008 – Los grandes quemados y L’Oceanogràfic

Estaba en Valencia por un viaje de trabajo. En el mío doy muchas vueltas y ésta me llevó al Congreso de la Asociación Española de Bancos de Tejidos. Hay otros mundos, pero están en éste y el de los bancos de tejidos, transplantes de órganos es otro, con muchos microcosmos de los que sólo llegue a avistar una parte superficial y desde la lejanía.

Una de las ponencias tenía que ver con el tratamiento de grandes quemados y la utilización que se hacía de los injertos de piel que se conservaban en los bancos. La idea no podía ser mejor. La mayor parte de los asistentes trabajan en bancos y de esa manera pueden ver, y comprender mejor, que es de lo que se trata, los resultados de su trabajo. No voy a entrar en esto por aquello de los mundos que comentaba y que se me va de las manos, pero no puedo dejar de comentar la impresión que me causó ver las fotografías con todo lujo de detalles del tratamiento de los quemados.

Cuando las quemaduras son intensas y extensas el paciente corre muchos riesgos: de infección, de deshidratación, con el consiguiente peligro de fallo renal y un largo etcétera de posibilidades que se mencionaron pero que ya no logro recordar. Una de las medidas para ayudar a los enfermos a sobrevivir, mientras se espera a que estos puedan regenerar su propia piel, es utilizar injertos que los bancos de tejidos proporcionan (de un cadáver, por cierto. No sabía si decirlo, pero...). Se trata de una medida transitoria porque casi siempre el enfermo acaba por rechazar el tejido extraño, pero entonces con suerte ya empezaban a contar con una capa propia que protegiera y aislara el cuerpo. Debo confesar que lo más impresionante no era las fotografías cruentas de todo el proceso de desbridado, y que después de aplicar los injertos el paciente pareciera el primo hermano de la criatura de Frankenstein, sino el entusiasmo contagioso de la médico que lo explicaba. Una chica joven, con melena cortada a capas que acompañaban los movimientos precisos y enérgicos de su cabeza al dirigirse a los espectadores.

En algunas ocasiones, hay que utilizar cultivos de la piel del propio paciente. Se toma una muestra que se envía a un laboratorio especializado para que los queratinocitos crezcan lentamente, primero en tubos de ensayo y después se les haga progresar en superficie para que den una película con la que cubrir las heridas abiertas. Este cultivo lleva su tiempo, no se hace en todos los sitios y es, de momento, una de las pocas aplicaciones clínicas de la terapia celular avanzada. Me impresionó también la actitud del responsable de uno de los pocos centros donde se lleva a cabo esta técnica, preocupado hasta la devoción por aumentar su velocidad de respuesta y la calidad de los “productos”.

También era de aplaudir la actitud de las azafatas. Chicas jovencitas, hiperdelgadas y atentas a cumplir su trabajo llevando el micrófono a los asistentes que desearan intervenir. Si para mí, que he hecho perrerías a las ratas en el laboratorio de mi época de estudiante que todavía atormentan mis sueños, si los propios médicos, según me confesaron, eran sensibles a la crudeza de las imágenes, ¿qué pensarían esas chiquitas tan jóvenes? Y lo digo sin paternalismo, más bien con la solidaridad del que ha pasado la misma experiencia traumática. Probablemente lo mismo que yo: que qué duro es ganarse el pan, y que qué poco glamour tiene la profesión. En cualquier caso, ¡qué profesionalidad la de todos: médicos y azafatas! Cada uno en lo suyo.

Dejando atrás las mejores escenas del cine gore de la semana está uno de los mejores momentos del viaje. La visita al oceanográfico de Valencia.

Lo tienen bastante bien organizado. Siguiendo el modelo actual de diseño, las especies se distribuyen por ecosistemas. Lo cuál es lógico, porque no se puede conservar una especie tropical junto a los pingüinos, pero la idea también es explicar que los animales y las plantas forman parte de un sistema mayor interconectado y que no se puede aislar el uno del otro.

Naturalmente, predominan las especies más llamativas y bonitas, pero eso está bien si se logra despertar el impulso de proteger y conservar el medio. Es mucho más fácil con exhibiciones con los delfines o peces de colores que con una morena. Algunos pueden acusar a los zoológicos y similares de espectáculos circenses, pero reconozco que también había abundancia de explicaciones científicas sobre biología de las especies, comportamiento animal y descripción de los hábitats. Prácticamente en la entrada tenían una exposición magnífica de corales que pasaba desapercibida ante la magnificencia del acuario tropical de al lado. Éste y la zona mediterránea, por razones de proximidad, eran quizá la mejor parte del parque.


lunes, 7 de abril de 2008

6.4.2008 – Media Maratón de Madrid

Desde la San Silvestre no participaba en ninguna competición hasta la Intercampus del otro día y la media maratón de este domingo. A nadar voy regularmente y de vez en cuando salgo con la bici, pero el entrenamiento de la carrera a pie lo tengo bastante apartado entre unas cosas y otras. El sábado con el grupito, aunque la verdad sospecho que las cañas de después son el acicate más poderoso. El domingo, que si no salgo con la bici, salgo a hacer los deberes, pues la verdad, no encuentro tiempo para correr. Y eso se nota en las piernas. Constato que he perdido velocidad. La media maratón me salió a 1:40 y pocos segundos, que es lo que tenía previsto, que es más tiempo que el año pasado. Y esto, insisto, no me preocupa en absoluto. Sin embargo, las piernas se quejaban. La Intercampus había sido tan fácil y tan cómoda, que pensaba que yendo despacito tampoco me costaría demasiado ésta. Ahora una frase lapidaria: media maratón es la mitad de 42 km y pico. Se nota.

Con todo, fui bastante bien. Los preparativos previos fueron un poco caóticos. Con el gentío me costó encontrar la zona de chips y llegué antes al guardarropa. Estaba alejado, pero no me quejo. A la llegada fue muy fácil recoger la ropa y no enfriarse. Aunque haga un día excelente, que lo hizo, siempre después de correr servidor tiene que taparse. De los chips, cuando los encontré tampoco me quejo, pero para hacer pipí y popó (me encanta la expresión) tuve que hacer una cola (la elección de las palabras no es casual) de varios minutos. Tiempo que tuve que quitar al calentamiento. No me gusta ponerme a mear en cualquier sitio. En el campo pase, pero a la gente que viva por ahí no le debe hacer gracia encontrarse los efluvios de 10.000 atletas. Eso no es forma de fomentar el deporte.

Bastante bien, porque acerté con el atuendo. La camiseta sin mangas que dieron en la media hace un par de años y unas mallas cortas. El año pasado con lo mismo, pasé un frío...

Gracias a Paco y Miguel, que me avisaron desde un lateral, conseguí situarme en un punto estupendo para la salida. Estaba cerca del globo de 1:35, pero no sé si es una buena referencia, porque tenían un poco de lío y el 1:30 estaba detrás del de 1:40. En cualquier caso no seguían muy bien la topología de la recta real. Eso sí, la posición fue estupenda. Enseguida llegué a la alfombrilla y por primera vez, era la gente la que me pasaba y no era yo el que lo hacía. Eso no es muy bueno para los corredores más rápidos, pero yo procuraba no hacer corrillo con otra gente para que pudieran adelantarme fácilmente. Me sentía identificado con algunos corredores que llevaban una camiseta que decía, “pásame q puedes”.

Lo bueno, es que desde casi el primer momento pude hacer mi carrera, mi tiempo es el que he hecho yo. Y lo que es más importante corrí sin tener que hacer malabarismos para encontrarme un hueco.

Después es correr, mantener un ritmo adecuado, que no siempre es fácil, beber cuando hay avituallamiento y tratar de disfrutar de las vistas. Yo esto también procuro hacerlo lo mejor que puedo, pero la verdad es que no me fijo demasiado, estoy más en no tropezarme y respirar. Eso sí hizo un día magnífico. Muy buena suerte con el tiempo.

Decía que había perdido velocidad y lo notaba al inicio de la bajada de Bravo Murillo, varias de las personas que tenían de referencia me pasaron. El del globito de 1:40 me había pasado, pero luego, el corazón tira, los largos de piscina ayudan, y según nos acercábamos al km 19, 20 con el valle tobogán de Pablo Iglesias, me permití volver a pasarles a todos, incluido al del globito, y hacer una buena entrada. Bueno, siempre me como a los que se paran inmediatamente después de pasar el arco de meta, a pesar de las indicaciones de los voluntarios.

Ahora, tengo las piernas pesadas, y no me molestaría en correr para coger el metro, pero no tengo agujetas y bajo muy bien las escaleras. Que eso no tiene precio. La natación de esta mañana me ha soltado las piernas. Y desde esta humilde plataforma animo a todos a que prueben con el yoga. Mano de santo para estas cosas.

Un abrazo, 3j