Desde el jueves de la semana pasada el tiempo ha cambiado a mejor. Hasta ahora los días, largos como eran, recordaban más el ambiente del otoño en Madrid que esos días de “esplendor en la hierba y gloria en las flores” con los que asocio el suave verano nórdico. Los finlandeses se quejaban de que todavía no habían tenido un auténtico día de verano. Yo no me quejaba porque el fresquito me agrada y los días grises de lluvia tienen su encanto y permiten dedicarte a otras tareas para las que no queda tiempo en los días de adoración al sol. La piscina olímpica no se convierte en un espectáculo de masas con abundancia de críos de sonidos chirriantes que interrumpen con constante irregularidad el curso de unos pensamientos, que aunque no estén dirigidos a determinar el origen del universo o salvar la humanidad, resultan más caros que la chiquillería. Los nadadores más profesionales no se aprovechan la coyuntura y recorren las calles de la piscina con un ritmo más uniforme al que resulta fácil adaptarse.
Con todo, unos cuantos días seguidos de calorcito y sin amenaza de lluvia se agradecen. Aproveché estos y el fin de semana para salir de exploración con la bici. Parte del recorrido ya era conocido, así que no sé, si la definición de exploración se acoge bien a esto, pero como mi memoria ya no es lo que era ni nunca lo fue, casi fue más descubrir que reconocer.
El viernes había ido como casi siempre a nadar, a pesar de la abundancia de público, y luego había tratado de utilizar el viaje de vuelta a casa en bicicleta como entrenamiento. A pesar de que tenía las piernas cargadas el sol de fuera era tan tentador que salí a correr con la idea de “algo suave”. Quizás lo fuera en términos absolutos, pero me dejé llevar por la emoción y tiré un poco más de lo que mis piernas hubiesen querido. Cuando me acosté tenía la sensación de que habían adquirido autonomía propia y que se negaban a obedecer órdenes, de “si te desplazas ligeramente hacia la izquierda tú y el resto del cuerpo estaréis más cómodos”. Así que el sábado, a pesar del brillo del sol que entraba por la ventana frente a la mesa del desayuno, dudé si salir.
Al final la tentación pudo más que la razón y me convencí con la idea de un paseo suave para tomar el café y un bollo. Además el camino me serviría de exploración para una posible excursión más larga el día siguiente. Dicho y hecho. Me dirigí hacia Bemböle, donde hay una pequeña cafetería donde sirven comidas que tiene una historia de más de doscientos años. Hay unos 12-13 kilómetros por un terreno asfaltado y llano, sin más complicaciones y de hecho según avanzaba me sentí mejor. La “casita de café” de Bemböle, además de ese encanto de sitio rústico al lado de una gran autopista, suele ser punto de reunión de moteros de barriga ancha, barbas largas y motos de gran potencia. Allí se toman su café al sol no sé si antes o después de una excursión.
Esta vez cumplí lo prometido, el entusiasmo que había generado la facilidad con que recorrí los primeros kilómetros me animó a explorar esas bifurcaciones del camino que si había tomado era por error y descubrir nuevos mundos, como la catedral de Espoo, modesta y pulcra, como suelen ser aquí, pero encantadora por su sencillez y entorno.
El día siguiente tenía que levantarme temprano para aprovechar el día. La verdad es que mis mejores intenciones quedaron un poco en eso, porque aunque me desperté temprano, me tomé los despertares y el desayuno con tranquilidad, pero al final ahí estuve en marcha con la bici, aunque con la precipitación cometí un error de principiantes y me olvide la cámara de repuesto en casa. Sigo siendo principiante, pero este error ya lo he cometido. También me olvidé la cámara, también imperdonable para un turista que quiera dejar testimonio de sus proezas.
De nuevo café en Bemböle y tiempo para estudiar el mapa. Seguiría por asfalto hasta Nuuksio, hasta Kattila, bastante al norte de mi mapa y luego me adentraría por caminos de tierra hasta Haukkalampi. Ésta parte del camino fue bastante bien, pero constaté que los toboganes del camino comenzaban a cansarme cuando llevaba sólo unos cuantos kilómetros. También descubrí que había tomado mal una desviación. Llegaría al mismo sitio, pero me molestó comprobar que mis habilidades como lector de mapas han mejorado poco. Me detuve a comprobar el mapa y tomar decisiones sobre cómo seguir. Me atuve al plan previsto llegué hasta Kattila más cansado pero no desfondado, con ganas de marcha.
Llevaba unos días más contento porque quería creer que mis habilidades al manillar habían mejorado, y quiero pensar que sí, pero los caminos un poco técnicos siguen siendo todo un desafío. El camino a través del parque natural está lleno de desniveles y raíces. Ni mi bici, no diseñada para estos menesteres, ni mi falta de habilidad natural y experiencia ayudaban. Con más pena que vergüenza me baje de la bici, pero no pude evitar pensar que 3i me habría echado la bronca / animado a seguir, diciendo que “pero si no es tan difícil”. Y no debía de serlo porque me encontré con un chaval circulando sin mayor problema en bici y saludó en finés con un fuerte acento alemán pero mucha cordialidad. “Sin amortiguadores es más difícil”, dijo simpático con una sonrisa que mostró hasta la muela del juicio. “Sí, con una bici algo mejor es más fácil, pero ni con la mejor bici del mundo me atrevería. Continué los 4 kilómetros a pie, empujando la bici casi todo el tiempo, pero con la poderosa imagen en forma de 3i haciendo de conciencia, intenté rodar en aquellos sitios más fáciles. Allí pude constatar una vez más que sigue sin ser lo mío y que probablemente nunca lo sea, pero con todo el camino era precioso y prácticamente vacío, a pesar de la proximidad a Helsinki y de la bondad del día, sólo encontré unos cuantos caminantes, casi todos extranjeros. No pude evitar pensar que un día como ese, La Pedriza estaría a rebosar.
Haukkalampi estaba tan bonito como lo recordaba, pero como ya estaba cansado, como veía que los frenos de mi bici necesitan un poco de revisión antes de afrontar nuevos retos, decidí evitar un recorrido largo por caminos de cabras y decidí regresar más o menos por donde debería haber venido, en cualquier caso por asfalto, yendo en contra de los principios de 3i. Me llevó su tiempo descubrir cuál era el camino, pero ahí estuve cabezota hasta que lo localicé. El principio del camino seguía siendo en tierra, con algunas cuestas arriba y abajo que hice como pude. Las de abajo con mucho cuidado, porque como dije los frenos requieren revisión y no sabía qué o a quién podría encontrar. Cuando llegué a la carretera la encaminé con alegría, ya notaba el peso de los kilómetros recorridos en las piernas, pero todavía no estaba desfondado. Así los últimos 25 kilómetros del día.
En total me salieron más de los 60 kilómetros que chivaba el pulsómetro. Todavía no lo controlo muy bien, he hice un buen recorrido sin que pitara. Calculo que unos cuantos kilómetros más. Dejémoslo en 69, como los del puerto de Canencia, y con claras reminiscencias. Eso sí, con un hambre de lobo.
Un abrazo, 3j
La idea es mantener el contacto con los amigos, cuento cositas que me pasan por la cabeza, nuevas experiencias, cosas que leo...
domingo, 27 de julio de 2008
miércoles, 23 de julio de 2008
23.7.2008 Dos días de verano
En un atardecer sin nubes el horizonte de Helsinki que aprecio desde mi ventana se ve con una llamativa nitidez, con las sombras de las torres de agua, los radiofaros o dos chimeneas industriales que no logro recordar si estaban el año pasado. Los colores son los mismos. El anaranjado que a través de un amarillo, que más que verse se adivina, pasa a verde y luego a los azules, primero más claros y luego oscuros. La diferencia es la permanencia. Aquí los atardeceres y sus colores duran horas.
Hoy ha sido el segundo día de verano, con sol y calor, de este verano. El primero fue el sábado y lo aproveché con una vuelta en bicicleta hasta Luukka en un paseo entre la ida y la vuelta de unos 40 quilómetros. Luukka es una de las zonas de recreo con naturaleza protegida de los alrededores de Helsinki. Tiene una ruta preciosa de unos 5 ó 6 quilómetros que se pueden todavía alargar hasta 8,5 en un entorno de bosque de gran valor ecológico. Hay también lagos de diverso tamaño equipados con pasarelas para facilitar la entrada al agua. Es tan sencillo como bajarse de la bici, ponerse el bañador y darse un chapuzón.
Por la tarde una pareja estonia, que conozco desde hace ya bastantes años, me invitaron a una parrillada en el sitio del que dispone su comunidad de vecinos para esos menesteres. No es tan extraño aquí. Los dos se pasaron el día preparando las costillas y la salsa que habían sacado de un buceo por internet. Yo no suelo ser de fritangas, pero la verdad es que estaban estupendas. Las costillas, y las ensaladas y la tarta de chocolate blanco y fresa y las horas que se nos fueron allí. Además de mis amigos vino otra pareja de origen mixto, que apareció un poco más tarde. Como siempre con los nórdicos, empezamos con una cervecita seguimos con el vino, hicimos un brindis con cava, cambiamos al blanco y el finlandés aún pidió un chupito entre las dos rondas de costillas. Bueno, yo desde el cava evité las mezclas con otros vinos porque ya me sé las consecuencias.
El segundo día de verano ha sido hoy. Un antiguo compañero de trabajo me ha invitado a la sauna. Aquí es lo más fácil del mundo ir a la sauna, hay en casi todos los edificios una comunitaria si es que no la tienen ya en cada piso. Desde luego en las casas unipersonales siempre hay sauna, si no como parte integrante del edificio en una pequeña casita al lado.
Pero ésta era especial. Se trataba de una sauna construida en la década de los 40, justo después de la guerra y según he podido entender casi como celebración del abuelo del propietario de haber sobrevivido. El edificio estaba bien conservado pero se notaba la solera en los troncos de madera y en la construcción. Como correspondía a un sitio con raigambre la estufa era de leña. Así que al principio el ritual de preparar astillas, encender el fuego y hacer una buena lumbre nos ha llevado su tiempo. En estas el dueño de la casa, ya que mi anfitrión más directo estaba de prestado, se ha acercado amablemente a saludar. En un más que correcto inglés me ha explicado las particularidades del lugar, como que le encanta el ambiente a tradicional que se respira y que permitirá la entrada de la electricidad a esa casa sólo tras su funeral. En invierno debe tener su aquel encenderla y alumbrarse con lámparas a la antigua usanza. Lo mejor era que estaba al lado de un lago. Por lo que he visto en el mapa el lago es relativamente grande, pero la sauna estaba situada próxima a la orilla en el extremo de un recoveco que convertía esa zona del lago casi en una playa privada.
Una tarde de sauna con chapuzón en el lago es uno de los mayores placeres que pueden ofrecerte en Finlandia.
Me empeñé en ir en bicicleta, con lo que al final habré hecho otros 40 quilómetros. La vuelta, después del relajo de la sauna se ha echo más dura.
Mañana han dicho que iba ha hacer tan bueno como hoy.
Hoy ha sido el segundo día de verano, con sol y calor, de este verano. El primero fue el sábado y lo aproveché con una vuelta en bicicleta hasta Luukka en un paseo entre la ida y la vuelta de unos 40 quilómetros. Luukka es una de las zonas de recreo con naturaleza protegida de los alrededores de Helsinki. Tiene una ruta preciosa de unos 5 ó 6 quilómetros que se pueden todavía alargar hasta 8,5 en un entorno de bosque de gran valor ecológico. Hay también lagos de diverso tamaño equipados con pasarelas para facilitar la entrada al agua. Es tan sencillo como bajarse de la bici, ponerse el bañador y darse un chapuzón.
Por la tarde una pareja estonia, que conozco desde hace ya bastantes años, me invitaron a una parrillada en el sitio del que dispone su comunidad de vecinos para esos menesteres. No es tan extraño aquí. Los dos se pasaron el día preparando las costillas y la salsa que habían sacado de un buceo por internet. Yo no suelo ser de fritangas, pero la verdad es que estaban estupendas. Las costillas, y las ensaladas y la tarta de chocolate blanco y fresa y las horas que se nos fueron allí. Además de mis amigos vino otra pareja de origen mixto, que apareció un poco más tarde. Como siempre con los nórdicos, empezamos con una cervecita seguimos con el vino, hicimos un brindis con cava, cambiamos al blanco y el finlandés aún pidió un chupito entre las dos rondas de costillas. Bueno, yo desde el cava evité las mezclas con otros vinos porque ya me sé las consecuencias.
El segundo día de verano ha sido hoy. Un antiguo compañero de trabajo me ha invitado a la sauna. Aquí es lo más fácil del mundo ir a la sauna, hay en casi todos los edificios una comunitaria si es que no la tienen ya en cada piso. Desde luego en las casas unipersonales siempre hay sauna, si no como parte integrante del edificio en una pequeña casita al lado.
Pero ésta era especial. Se trataba de una sauna construida en la década de los 40, justo después de la guerra y según he podido entender casi como celebración del abuelo del propietario de haber sobrevivido. El edificio estaba bien conservado pero se notaba la solera en los troncos de madera y en la construcción. Como correspondía a un sitio con raigambre la estufa era de leña. Así que al principio el ritual de preparar astillas, encender el fuego y hacer una buena lumbre nos ha llevado su tiempo. En estas el dueño de la casa, ya que mi anfitrión más directo estaba de prestado, se ha acercado amablemente a saludar. En un más que correcto inglés me ha explicado las particularidades del lugar, como que le encanta el ambiente a tradicional que se respira y que permitirá la entrada de la electricidad a esa casa sólo tras su funeral. En invierno debe tener su aquel encenderla y alumbrarse con lámparas a la antigua usanza. Lo mejor era que estaba al lado de un lago. Por lo que he visto en el mapa el lago es relativamente grande, pero la sauna estaba situada próxima a la orilla en el extremo de un recoveco que convertía esa zona del lago casi en una playa privada.
Una tarde de sauna con chapuzón en el lago es uno de los mayores placeres que pueden ofrecerte en Finlandia.
Me empeñé en ir en bicicleta, con lo que al final habré hecho otros 40 quilómetros. La vuelta, después del relajo de la sauna se ha echo más dura.
Mañana han dicho que iba ha hacer tan bueno como hoy.
jueves, 17 de julio de 2008
17.7.2008 Gran hermano
En una residencia de estudiantes es fácil saber el género de los anteriores ocupantes. Hablo de si soy chicos o chicas, y no tanto de su actividad amatoria, aunque esto también se hace explícito a juzgar por los aullidos que en ocasiones se escuchan. Basta con pasarse por el armario de la cocina y ver los restos. Los niños siempre abandonan jarras y vasos de cerveza procedentes con toda probabilidad del bar cercano de aquella noche de juerga. Las chicas van por otros derroteros. Las mías de este año han dejado el armario repleto de diversos tipos de harina, moldes para magdalenas, pepitas de chocolate y otras decoraciones para postres, también tazas grandes para el té y una tetera muy hogareña. Ni lo de los chicos es gamberrismo, ni lo de las chicas ñoñería. A mí me suena a diversas estrategias para enfrentarse al largísimo invierno nórdico, que en Helsinki es especialmente oscuro y duro. Que hay que fundir el chocolate en el horno e inyectárselo por vena directamente, pues se hace, que más duro es vivir en la oscuridad eterna de estas latitudes.
El propietario de la habitación del año pasado era un chaval italiano. Éste, además de los bidones de cerveza, se dejó una cafetera italiana en miniatura. En casa tengo una igual, pero más grande. Supongo que la mamma la pondría en la maleta y la arrastraría consigo desde Italia, porque todo el mundo sabe que el café de estos países es aguachirle. Lo importante es lo importante.
Compruebo que cada año los despojos que los estudiantes van dejando a sus sucesores, lo que algunos llaman herencias Erasmus, son más numerosos e incluso valiosos. Si el año pasado fue la cafetera, este año me he encontrado un tostador de pan, que se ha convertido en uno de mis objetos más preciados, una televisión, aunque como aquí ha llegado el apagón analógico tampoco sirve de mucho. Y luego la alemana ha dejado, sino toda su ropa, sí buena parte de ella.
En el montón de ropa no he escarbado, pero el armario común ofrecía algunas perlas, que me hacían sentir como espectador de un “reality”, pero desde una perspectiva arqueológica. Los restos acumulados en diversos estratos y la propia experiencia permiten reconstruir las vivencias. Que uno se equivoque tampoco tiene tanta importancia, lo realmente importante es comprobar que de una u otra forma aquí se ha vivido, y que después de todo, esta entrada en la intimidad pasada de otra gente, te permite constatar, una vez más, que en todas partes cuecen habas y que somos básicamente iguales.
Además de la cocina creativa, a mis anteriores ocupantes les preocupaba el peso. Había más de un libro, en alemán, con consejos para reducir el gasto calórico. Una báscula de baño confirma esta teoría. Claro que el francés del año pasado también la tenía, y era obvia la razón, sin embargo eso no le impedía regalarse con brie y dopar el pan con una generosa porción de mantequilla para tomársela con chocolate de barra. (Sí, sí, como suena).
La perla, sin embargo, la constituye una carta que dirige la francesa a la alemana, que contesta una anterior de la que no ha quedado constancia escrita. Por lo visto, una de ellas, se había traído amigos a casa “un tal Karsten” que había cometido la imprudencia de no haberse quitado los zapatos al entrar a casa, cuando la alemana había estado limpiando como una loca unos días antes. La carta no tiene desperdicio, porque la autora se defiende de las acusaciones de la “limpiadora” de haber encontrado a ese chico “en cualquier sitio” para luego traérselo a casa, y empieza y acaba diciendo a la otra, que si tiene un problema que se lo diga a la cara.
A partir de entonces deciden comenzar una rotación de turnos de limpieza para evitar malentendidos. Y cada una de las ocupantes deja constancia de lo que han hecho. Quizás eso no solucione del todo los problemas, pero sí buena parte de ellos de una forma probablemente razonable. Y no me gusta entrar en las diversas teorías que rondan la llamada “guerra de géneros”, pero no puedo evitar pensar que aquí, una vez más, las chicas demuestran ser más listas y más limpias que los chicos. Ellas dialogan, los chicos no siempre. Bueno, ya sé que esto es una generalización excesiva y que hay de todo, pero mi experiencia apunta a que es así. Claro que si te toca un vecino guarro, da lo mismo el género o la nacionalidad, estás perdido.
Y sin embargo..., los prejuicios simplistas acerca de nacionalidades y género suelen acertar con las nacionalidades y los sexos.
La italiana de la que he heredado la habitación fue un testigo mudo de esa batalla. Hay constancia de su participación en su turno de limpieza, pero no pareció entrar en el intercambio de acusaciones de las otras. Muy sabio por su parte. A mí me ha caído muy bien la italiana. No sólo me ha dejado su cuarto impecable, sino que dejó en unas bolsas ropa de cama y toallas lavadas con una nota invitando al siguiente ocupante a utilizarlas. Ahí queda toda la parafernalia para los siguientes estudiantes Erasmus que vengan.
Por cierto, habría podido empezar esto diciendo: “una italiana, una alemana y una francesa”...
El propietario de la habitación del año pasado era un chaval italiano. Éste, además de los bidones de cerveza, se dejó una cafetera italiana en miniatura. En casa tengo una igual, pero más grande. Supongo que la mamma la pondría en la maleta y la arrastraría consigo desde Italia, porque todo el mundo sabe que el café de estos países es aguachirle. Lo importante es lo importante.
Compruebo que cada año los despojos que los estudiantes van dejando a sus sucesores, lo que algunos llaman herencias Erasmus, son más numerosos e incluso valiosos. Si el año pasado fue la cafetera, este año me he encontrado un tostador de pan, que se ha convertido en uno de mis objetos más preciados, una televisión, aunque como aquí ha llegado el apagón analógico tampoco sirve de mucho. Y luego la alemana ha dejado, sino toda su ropa, sí buena parte de ella.
En el montón de ropa no he escarbado, pero el armario común ofrecía algunas perlas, que me hacían sentir como espectador de un “reality”, pero desde una perspectiva arqueológica. Los restos acumulados en diversos estratos y la propia experiencia permiten reconstruir las vivencias. Que uno se equivoque tampoco tiene tanta importancia, lo realmente importante es comprobar que de una u otra forma aquí se ha vivido, y que después de todo, esta entrada en la intimidad pasada de otra gente, te permite constatar, una vez más, que en todas partes cuecen habas y que somos básicamente iguales.
Además de la cocina creativa, a mis anteriores ocupantes les preocupaba el peso. Había más de un libro, en alemán, con consejos para reducir el gasto calórico. Una báscula de baño confirma esta teoría. Claro que el francés del año pasado también la tenía, y era obvia la razón, sin embargo eso no le impedía regalarse con brie y dopar el pan con una generosa porción de mantequilla para tomársela con chocolate de barra. (Sí, sí, como suena).
La perla, sin embargo, la constituye una carta que dirige la francesa a la alemana, que contesta una anterior de la que no ha quedado constancia escrita. Por lo visto, una de ellas, se había traído amigos a casa “un tal Karsten” que había cometido la imprudencia de no haberse quitado los zapatos al entrar a casa, cuando la alemana había estado limpiando como una loca unos días antes. La carta no tiene desperdicio, porque la autora se defiende de las acusaciones de la “limpiadora” de haber encontrado a ese chico “en cualquier sitio” para luego traérselo a casa, y empieza y acaba diciendo a la otra, que si tiene un problema que se lo diga a la cara.
A partir de entonces deciden comenzar una rotación de turnos de limpieza para evitar malentendidos. Y cada una de las ocupantes deja constancia de lo que han hecho. Quizás eso no solucione del todo los problemas, pero sí buena parte de ellos de una forma probablemente razonable. Y no me gusta entrar en las diversas teorías que rondan la llamada “guerra de géneros”, pero no puedo evitar pensar que aquí, una vez más, las chicas demuestran ser más listas y más limpias que los chicos. Ellas dialogan, los chicos no siempre. Bueno, ya sé que esto es una generalización excesiva y que hay de todo, pero mi experiencia apunta a que es así. Claro que si te toca un vecino guarro, da lo mismo el género o la nacionalidad, estás perdido.
Y sin embargo..., los prejuicios simplistas acerca de nacionalidades y género suelen acertar con las nacionalidades y los sexos.
La italiana de la que he heredado la habitación fue un testigo mudo de esa batalla. Hay constancia de su participación en su turno de limpieza, pero no pareció entrar en el intercambio de acusaciones de las otras. Muy sabio por su parte. A mí me ha caído muy bien la italiana. No sólo me ha dejado su cuarto impecable, sino que dejó en unas bolsas ropa de cama y toallas lavadas con una nota invitando al siguiente ocupante a utilizarlas. Ahí queda toda la parafernalia para los siguientes estudiantes Erasmus que vengan.
Por cierto, habría podido empezar esto diciendo: “una italiana, una alemana y una francesa”...
viernes, 11 de julio de 2008
11.7.2008 Volver
Volver a la casa de Klaneettitie por quinta o sexta vez, ahora mismo no estoy seguro, es siempre una experiencia. Sólo en una ocasión recibí el mismo apartamento, nunca la misma habitación, pero la distribución del apartamento y el escueto, pero suficiente, mobiliario es idéntico de un lado a otro. Así que tengo esa sensación tan cinematográfica del eterno retorno, de volver al redil, de continuar mi vida donde la había dejado al marcharme, como si no hubiese pasado un año. Cuando me doy cuenta de que sí, que un año más vino y se fue, no sé cómo gestionar esa sensación. No sé si alegrarme de volver a estar ahí, de que las cosas no hayan cambiado, o si debería entristecerme por el paso del tiempo, y lo peor, los estragos de la edad. Vamos a ser optimistas, aunque sea un ejercicio de pura hipocresía. Me alegro de que mis amigos sigan ahí, porque llegará un día en que no lo estén, y es que el tiempo no perdona a nadie.
También el barrio sigue siendo básicamente el mismo. Los mismos borrachuzos en las mismas tascas. Creo que es una de las zonas de baja estofa, si es que alguna hay en Helsinki. Por lo que yo sé la fama la reciben por disponer de alojamientos con alquiler social para personas de baja renta: alcohólicos e inmigrantes básicamente. De todas formas por lo que me han contado no hay grandes diferencias de renta entre unas zonas y otras, y desde luego no hay barrios conflictivos. Los suecos, sin embargo, son diferentes. En Estocolmo sí hay segregación. Y es que ya nada es lo que era, ni siquiera la famosa sociedad del bienestar.
Logré que me dieran una habitación en el piso más alto. Es más, tengo la sensación de que el mío es el edificio más alto de la zona, por lo que tengo unas preciosas vistas del atardecer. ¡Claro, cuando no está nublado! La orientación al norte, que es por donde se pone el sol en estas latitudes en verano tampoco es casualidad. Procuro conseguirlo siempre que puedo, no sólo por el privilegio de ver ponerse el sol lentamente, como en el largo adiós ("Det långt farväl”), sino porque la otra posibilidad es la del sol de la mañana, que a partir de las tres de la madrugada empieza a brillar y a calentar y hacerte sentir que no estás durmiendo la noche sino una siesta veraniega.
Desde estas alturas veo un reloj digital que fue moderno hace 20 años y que por falta de mantenimiento solo muestra de manera inteligible la temperatura. La hora se ha quedado en un nueve para las decenas de los minutos. Hay cosas que sí han cambiado. Los estragos de la edad.
También el barrio sigue siendo básicamente el mismo. Los mismos borrachuzos en las mismas tascas. Creo que es una de las zonas de baja estofa, si es que alguna hay en Helsinki. Por lo que yo sé la fama la reciben por disponer de alojamientos con alquiler social para personas de baja renta: alcohólicos e inmigrantes básicamente. De todas formas por lo que me han contado no hay grandes diferencias de renta entre unas zonas y otras, y desde luego no hay barrios conflictivos. Los suecos, sin embargo, son diferentes. En Estocolmo sí hay segregación. Y es que ya nada es lo que era, ni siquiera la famosa sociedad del bienestar.
Logré que me dieran una habitación en el piso más alto. Es más, tengo la sensación de que el mío es el edificio más alto de la zona, por lo que tengo unas preciosas vistas del atardecer. ¡Claro, cuando no está nublado! La orientación al norte, que es por donde se pone el sol en estas latitudes en verano tampoco es casualidad. Procuro conseguirlo siempre que puedo, no sólo por el privilegio de ver ponerse el sol lentamente, como en el largo adiós ("Det långt farväl”), sino porque la otra posibilidad es la del sol de la mañana, que a partir de las tres de la madrugada empieza a brillar y a calentar y hacerte sentir que no estás durmiendo la noche sino una siesta veraniega.
Desde estas alturas veo un reloj digital que fue moderno hace 20 años y que por falta de mantenimiento solo muestra de manera inteligible la temperatura. La hora se ha quedado en un nueve para las decenas de los minutos. Hay cosas que sí han cambiado. Los estragos de la edad.
lunes, 23 de junio de 2008
23.6.2008 – El Cross del Telégrafo
Tenía la intención de escribir sobre el cross del Telégrafo antes, pero ya sabéis cómo son estas cosas. La verdad es que he olvidado bastantes detalles, pero si no lo hago ahora no lo hago nunca.
Recuerdo que dormí muy poco, aunque estaba cansado. Había participado en el Acuatlón de Puerta de Hierro. Me acosté tarde y tuve que levantarme temprano. Me llevaba un compañero del Aguaverde. El chaval superamable y muy simpático, pero a él se le pegaron las sábanas. Para un día que soy puntual... Con todo llegamos bien de tiempo a Cercedilla. Para ese día Patri y Miguel se habían ofrecido a llevarme. Los pobres iban a pegarse el madrugón para hacerme el favor. Estos también son pomponeros de lujo.
La supergente del supermaratón había salido una hora antes. Allí me encuentré con Chusa, con 3i, que como siempre compaginaba la organización con la competición, Ángel y algunos amigos más.
Aunque salimos temprano, el sol ya pegaba. En el del Telégrafo, como carrera por o de montaña, se empieza subiendo. Salimos del pueblo todos juntitos. La gente buena al principio, yo atrás, buscando acomodarme a mi ritmo. Pronto el grupo se va estirando y después de los dos o tres primeros kilómetros se va muy bien. Éste año no hay tantos ni tan crecidos riachuelos, pero esta vez, ya escarmentado, no hago ningún esfuerzo por vadearlos. Adentro con la pezuña, que ya se secará. Después de todo, las zapatillas ya tienen un agujerito “de ventilación”.
3i me alcanza en un determinado momento, pero esta vez, aprovechando un terreno llano y sencillo, no le dejo escapar, charlamos mientras podemos. La verdad es que me encontraba muy bien, a pesar de la paliza del día anterior y de que no tenía muy entrenada (por no decir nada) la carrera. Vamos que a correr, los sábados y gracias a que voy en manada. En un determinado momento en el que empiezan las cuestas 3i se queda y yo me voy. El pobre venía de competir en la Quebrantahuesos, y aunque es un todoterreno, los 180 km en bicicleta, si no son más, cansan. Lo hago con una sonrisa de gozo, es difícil hacer algo mejor que él, pero también sin remordimientos. Sé que me va a alcanzar y pasar en cualquier momento.
Pues yo sigo subiendo. Las cuestas son empinadas y no se puede correr, pero me veo pasando a mucha gente con holgura, sin machacarme demasiado y desde luego sin sensación de agobio. Naturalmente iba subido de pulsaciones, que estuve en las dos horas y pico que duró la carrera con una media de 160 pulsaciones pm.
Lo hacía con bastante desparpajo, porque sabía que pronto me alcanzarían. Así fue, pasado el ecuador de la carrera, el propio pico del Telégrafo, la gente con una mejor técnica de bajada que yo, fue adelantándome. Primero los últimos que había adelantado.
Y sin embargo, estoy seguro de que he mejorado bastante. Mi técnica es mala y, sobre todo, le tengo respeto, por no decir miedo, a las caídas. Bajo con cuidado, pero desde luego que fui más rápido que la vez anterior. En las zonas más abiertas, los corredores más avezados me adelantaban sin problemas, pero en esos períodos con senderos más estrechos cedo el paso. Es respeto por los otros competidores, pero también que me siento más a gusto sin la presión del que quiere pasar y no puede.
En un determinado momento siento que los corredores se me acumulan por detrás. Antes de que pueda cederles el paso me equivoco de camino en una bifurcación. Error mío porque estaba perfectamente señalado. 3i, providencial, estaba ahí y me avisó. Fue un buen momento, porque dejé pasar a la fila y me puse detrás del último. Ya alcanzaría a alguno, cuando llegara la zona de llano, como así fue.
A pesar del desgaste tengo tiempo para darme cuenta de lo precioso que es el camino, de lo bien que han venido las lluvias, de saludar a los corredores que todavía suben, y de animar a los que paso. Estoy disfrutando con muchas ganas.
En una de estas zonas de llanos, siento otro corredor que me está alcanzando. Siento su esfuerzo y sé que está cerca de su límite. Podría apretar, está dentro de mis posibilidades, pero ¿para qué? Le dejo pasar. Es un corredor mayor, y sé por mi velocidad que debe entrenar duro, y que además lo hace bien. Éste es de los que se fijan pequeñas metas. Me pasa.
En la siguiente bajada le vuelvo a pasar. No me llama la atención hacerlo, porque sabía que su adelantamiento había sido casi un canto de cisne, pero me provoca una sensación de placer hacerlo precisamente en una bajada, que no es mi fuerte. Por cierto, si algún día me entero de cuál es mi fuerte, escribiré otra entrada con sonido de fanfarrias.
Es un corredor fuerte. Me sigue a corta distancia. En otra ocasión ya cerca del pueblo, y de la meta, me vuelvo a equivocar de camino. Le veo pasar y le pregunto por dónde es. Me indica la dirección y me adelanta sin ningún pudor ni vergüenza. Vuelvo sobre mis pasos y le veo por delante. Poco le va a durar la alegría, aún en un adelantamiento por despiste (como en la última San Silvestre). Sé que la meta está cerca y veo que es el momento de apretar, según mis posibilidades.
Acelero el paso. Le paso a él y a otros. Entro en el pueblo y el camino se vuelve asfalto. En una curva adelanto a un par de amigos. Les pido disculpas porque me veo haciéndolo por el medio. “Tú tranquilo, sigue”, me animan. Entro en la calle de la meta. Veo a Patri y Miguel que me gritan dando ánimos. Aumento el paso, pero freno casi al llegar, para no adelantar en el último segundo a otro corredor. Una cosa es apretar al final y otra es pasar a otro compañero por un puesto en la cola de la clasificación. Quizás sea una tontería, pero me da un poco de vergüenza.
Ya alegría, comer un poco para recuperarse, recoger el diploma, saludar.
“Me voy a quedar con otros coleguitas”, le digo al colega de Aguaverde. En las duchas, volví a equivocarme y me metí en la de las chicas. En mi disculpa tengo que decir que esta vez no estaba señalizado. Ya en el vestuario que me correspondía, el agua fría me arquea la espalda, pero yo no pegaba alaridos de terror que se oían por ahí. Esos chicos, tan fuertes y tan sentidos. Refrescante ducha.
Después a disfrutar con los amigos. Llegó Ángel, llego Chusa y por fin, llegó Javi, pero éste era del maratón, del que probablemente sea el maratón alpino más duro del mundo, al menos así lo promociona la organización. Y sé que tiene predicamento internacional. Comemos la tortilla y viandas que habían preparado Patri y Miguel. De verdad, ¡qué bien se portaron!
El Cross tiene 8,5 km de subida y los mismos de bajada. Mi marca fue de 2:05, saqué creo que 7 u 8 minutos a la del año pasado, aunque claro, ahora no llovía. Sé que lo he hecho mejor, que es importante.
Como dice Javi, otra a la buchaca.
Recuerdo que dormí muy poco, aunque estaba cansado. Había participado en el Acuatlón de Puerta de Hierro. Me acosté tarde y tuve que levantarme temprano. Me llevaba un compañero del Aguaverde. El chaval superamable y muy simpático, pero a él se le pegaron las sábanas. Para un día que soy puntual... Con todo llegamos bien de tiempo a Cercedilla. Para ese día Patri y Miguel se habían ofrecido a llevarme. Los pobres iban a pegarse el madrugón para hacerme el favor. Estos también son pomponeros de lujo.
La supergente del supermaratón había salido una hora antes. Allí me encuentré con Chusa, con 3i, que como siempre compaginaba la organización con la competición, Ángel y algunos amigos más.
Aunque salimos temprano, el sol ya pegaba. En el del Telégrafo, como carrera por o de montaña, se empieza subiendo. Salimos del pueblo todos juntitos. La gente buena al principio, yo atrás, buscando acomodarme a mi ritmo. Pronto el grupo se va estirando y después de los dos o tres primeros kilómetros se va muy bien. Éste año no hay tantos ni tan crecidos riachuelos, pero esta vez, ya escarmentado, no hago ningún esfuerzo por vadearlos. Adentro con la pezuña, que ya se secará. Después de todo, las zapatillas ya tienen un agujerito “de ventilación”.
3i me alcanza en un determinado momento, pero esta vez, aprovechando un terreno llano y sencillo, no le dejo escapar, charlamos mientras podemos. La verdad es que me encontraba muy bien, a pesar de la paliza del día anterior y de que no tenía muy entrenada (por no decir nada) la carrera. Vamos que a correr, los sábados y gracias a que voy en manada. En un determinado momento en el que empiezan las cuestas 3i se queda y yo me voy. El pobre venía de competir en la Quebrantahuesos, y aunque es un todoterreno, los 180 km en bicicleta, si no son más, cansan. Lo hago con una sonrisa de gozo, es difícil hacer algo mejor que él, pero también sin remordimientos. Sé que me va a alcanzar y pasar en cualquier momento.
Pues yo sigo subiendo. Las cuestas son empinadas y no se puede correr, pero me veo pasando a mucha gente con holgura, sin machacarme demasiado y desde luego sin sensación de agobio. Naturalmente iba subido de pulsaciones, que estuve en las dos horas y pico que duró la carrera con una media de 160 pulsaciones pm.
Lo hacía con bastante desparpajo, porque sabía que pronto me alcanzarían. Así fue, pasado el ecuador de la carrera, el propio pico del Telégrafo, la gente con una mejor técnica de bajada que yo, fue adelantándome. Primero los últimos que había adelantado.
Y sin embargo, estoy seguro de que he mejorado bastante. Mi técnica es mala y, sobre todo, le tengo respeto, por no decir miedo, a las caídas. Bajo con cuidado, pero desde luego que fui más rápido que la vez anterior. En las zonas más abiertas, los corredores más avezados me adelantaban sin problemas, pero en esos períodos con senderos más estrechos cedo el paso. Es respeto por los otros competidores, pero también que me siento más a gusto sin la presión del que quiere pasar y no puede.
En un determinado momento siento que los corredores se me acumulan por detrás. Antes de que pueda cederles el paso me equivoco de camino en una bifurcación. Error mío porque estaba perfectamente señalado. 3i, providencial, estaba ahí y me avisó. Fue un buen momento, porque dejé pasar a la fila y me puse detrás del último. Ya alcanzaría a alguno, cuando llegara la zona de llano, como así fue.
A pesar del desgaste tengo tiempo para darme cuenta de lo precioso que es el camino, de lo bien que han venido las lluvias, de saludar a los corredores que todavía suben, y de animar a los que paso. Estoy disfrutando con muchas ganas.
En una de estas zonas de llanos, siento otro corredor que me está alcanzando. Siento su esfuerzo y sé que está cerca de su límite. Podría apretar, está dentro de mis posibilidades, pero ¿para qué? Le dejo pasar. Es un corredor mayor, y sé por mi velocidad que debe entrenar duro, y que además lo hace bien. Éste es de los que se fijan pequeñas metas. Me pasa.
En la siguiente bajada le vuelvo a pasar. No me llama la atención hacerlo, porque sabía que su adelantamiento había sido casi un canto de cisne, pero me provoca una sensación de placer hacerlo precisamente en una bajada, que no es mi fuerte. Por cierto, si algún día me entero de cuál es mi fuerte, escribiré otra entrada con sonido de fanfarrias.
Es un corredor fuerte. Me sigue a corta distancia. En otra ocasión ya cerca del pueblo, y de la meta, me vuelvo a equivocar de camino. Le veo pasar y le pregunto por dónde es. Me indica la dirección y me adelanta sin ningún pudor ni vergüenza. Vuelvo sobre mis pasos y le veo por delante. Poco le va a durar la alegría, aún en un adelantamiento por despiste (como en la última San Silvestre). Sé que la meta está cerca y veo que es el momento de apretar, según mis posibilidades.
Acelero el paso. Le paso a él y a otros. Entro en el pueblo y el camino se vuelve asfalto. En una curva adelanto a un par de amigos. Les pido disculpas porque me veo haciéndolo por el medio. “Tú tranquilo, sigue”, me animan. Entro en la calle de la meta. Veo a Patri y Miguel que me gritan dando ánimos. Aumento el paso, pero freno casi al llegar, para no adelantar en el último segundo a otro corredor. Una cosa es apretar al final y otra es pasar a otro compañero por un puesto en la cola de la clasificación. Quizás sea una tontería, pero me da un poco de vergüenza.
Ya alegría, comer un poco para recuperarse, recoger el diploma, saludar.
“Me voy a quedar con otros coleguitas”, le digo al colega de Aguaverde. En las duchas, volví a equivocarme y me metí en la de las chicas. En mi disculpa tengo que decir que esta vez no estaba señalizado. Ya en el vestuario que me correspondía, el agua fría me arquea la espalda, pero yo no pegaba alaridos de terror que se oían por ahí. Esos chicos, tan fuertes y tan sentidos. Refrescante ducha.
Después a disfrutar con los amigos. Llegó Ángel, llego Chusa y por fin, llegó Javi, pero éste era del maratón, del que probablemente sea el maratón alpino más duro del mundo, al menos así lo promociona la organización. Y sé que tiene predicamento internacional. Comemos la tortilla y viandas que habían preparado Patri y Miguel. De verdad, ¡qué bien se portaron!
El Cross tiene 8,5 km de subida y los mismos de bajada. Mi marca fue de 2:05, saqué creo que 7 u 8 minutos a la del año pasado, aunque claro, ahora no llovía. Sé que lo he hecho mejor, que es importante.
Como dice Javi, otra a la buchaca.
sábado, 21 de junio de 2008
21.6.2008 – El acuatlón de Puerta de Hierro
Aunque ya ha pasado bastante tiempo, más de un mes, desde que participé y ya no me acuerdo demasiado, he decidido escribir algunas líneas para no olvidarme, porque no sé cuándo habrá otro, y en definitiva porque si no lo hago yo, nadie lo va a hacer por mí.
Llevaba bastante tiempo con ganas de participar en alguno, ya que en competiciones de triatlón no me decido participar, pues aquellas en las que se quita la parte de bicicleta. Me había apuntado a uno en Arroyomolinos, pero al final me corté ante un tiempo frío, impropio de mayo, que no invitaba a hacerse un kilómetro en un estanque no aclimatado. Y yo estaba con dudas de todo tipo respecto al reglamento y al traje de neopreno.
El de Puerta de Hierro, en pleno junio y con la calor de Madrid, ofrecía garantías en ese sentido. Y además, quizás lo más importante, se celebraba en piscina, cuando lo habitual en estos casos son las aguas abiertas, en mi opinión mucho menos apetecibles, pero sé que hay gente a las que le gusta más. La piscina de Puerta de Hierro es un monumento al auge de la clase media de los años 60, que iba a disfrutar de un día de piscina y una tortilla de patata y filete empanado. Lo cierto es que es enorme y da muy bien para un acuatlón. Para mí que soy un nadador de piscina el hecho de ver el fondo ayuda mucho.
Por adaptar las instalaciones a la prueba al final salían en el primer tramo de carrera dando 3 vueltas a un paseo de plátanos, entre las sombras de los árboles, 2.320 metros, luego la transición sobre el césped hacia la piscina y tres vueltas a ésta que daban 885 metros, para luego volver a hacer otros 2.230 metros.
Yo me había apuntado en el último momento con muchas dudas y gracias a la insistencia de 3i al que todavía no se lo he agradecido lo suficiente su machacón ronroneo, “que si luego te quejas”, “que otra competición al día siguiente no es un problema para un campeón como tú”. (Esto último no sé si lo dice con cachondeo). El caso es que gracias a su sugerencia de que al día siguiente un compañero del Aguaverde me llevaría a Cercedilla para el Cross del Telégrafo y, una vez más, a su cabezonería allí que me fui,
Iba un poco a probar y dar un poco de lustre a una licencia de Triatlón que no estoy utilizando mucho de momento, por no decir nada. Llegué con mucha antelación y con muchas dudas, a pesar de que me había leído de pe a pa el reglamento y planeado minuciosamente todas las posibles circunstancias desde cómo llegar, hasta las transiciones. Bueno, al menos eso creía.
Empecé bien, en el autobús no me hizo falta preguntar. Un chaval joven, con formas de deportista y, para más datos, un mono de triatlón bajo la camiseta me demostró que no andaba desencaminado. Incluso charlé con él mientras caminaba hasta el puesto de recogida de dorsales, muy simpático. Yo opinaba que llegaba con demasiada antelación. Él otro opinaba lo contrario, que había que calentar y prepararse. En los vestuarios, que prácticamente nadie más utilizó, (por lo visto la gente ya viene preparada de casa), me encontré a otro chaval, Abe, que resultó ser también del ya extinto grupo s2r, pero en el grupo de los domingos. Supermajo, luego me acercó hasta el metro. Como los dos andábamos un poco despistados y nos confesábamos mutuamente nuestra ignorancia formamos un grupito. También reconocí gracias al uniforme a otro chaval de Aguaverde, Andrés, muy simpático también, pero éste es de lo se lo toman más en serio. De hecho ha subido al podium en su grupo de edad en algunas competiciones. Así estuvimos de charleta hasta el inicio de la competición. La verdad es que no calenté muy bien, pero, a pesar de que me gane un rapapolvos, ésta es ya una costumbre, por unas razones u otras.
La mayoría de los participantes era gente muy jovencita, de cuerpos rotundos y, luego lo comprobé, deportistas de potencia y velocidad. Para mi alivio descubrí también a otra gente de “mi grupo de edad”. Algunos que también venían con poca experiencia en la mochila. El sa berse acompañado siempre da gusto.
Oye, que se va acercando el momento del inicio. Oye, que mejor que nos vayamos acercando a la línea de salida, que mejor nos colocamos, que oye, que ya han dado la salida. Empecé con muy conservador. En mi no se trata de una estrategia muy elaborada, es que soy bastante diesel y me cuesta arrancar. Sin embargo, en este caso lo hacía a propósito. No quería llegar demasiado agobiado a la piscina. Es más, me daba miedo la posibilidad de pinchar ahí. Con todo adelanté a unos poquitos. Supongo que a los nadadores con menos preparación sobre el asfalto. Constato una vez más que la base aeróbica que tengas de otros deportes es muy buena, pero la técnica y la costumbre son tan importantes o más. Conté con cuidado las vueltas, no me fuera a equivocar.
Llegué a la transición. Lo había pensado muchas veces. Me quité las zapatillas, sin calcetines, por favor, que esto era un acuatlón, me calcé las gafas y a la piscina. Después de pasar el umbral que marcaba la ducha me doy cuenta de que todavía llevaba puesta la camiseta. ¡Ay, pardillo! Me di media vuelta, ante la mirada impasible del juez, a pesar de que puse cara de ¡Qué le vamos a hacer, un error lo tiene cualquiera!, me quité la camiseta y la puse con mimo ordenada para volver a calzármela después y volví a salir corriendo. Debí de perder un par de minutos con la tontería.
¡Al agua! A nadar con tranquilidad, que todavía quedaban más de 800 metros y yo no sabía cómo iba a salir de aquello. Los que había adelantado antes me alcanzaron, y supongo que también los que iban en cabeza. Aquello no era malo, la estela que generaban me permitía avanzar con menos esfuerzo. Traté de no ponerme en medio. En el primer tramo llegamos a un punto en que si te despistabas te dabas de bruces contra una pared. En las fotos del organizador, la cuarta foto. Pero ahí estaba alguien de la organización avisando. A mí me salvaron de un buen coscorrón, porque a pesar de que trataba de ir controlando con alguna levantando la cabeza como en el waterpolo, es fácil dejarse llevar por los demás. Quizás por ser demasiado conservador, quizás por el impulso de la estela de los nadadores más rápidos, lo cierto es que no me costó demasiado trabajo hacer las tres vueltas, al menos no tanto como pensaba. De hecho, tuve miedo al salir, de haber hecho sólo tres, pero la piscina estaba demasiado vacía de competidores como para creerme que sólo habían sido 2 vueltas, y demasiado llena para saber que llevaba cuatro. Tengo que decir que me sorprendió la técnica de patada de uno de los nadadores más fuertes cuando me adelantó. Es la técnica que yo hubiese utilizado no tanto para avanzar más rápido sino para dar patadas al competidor que estaba a su lado y que probablemente le estorbara. En fin, seguro que nadie hace eso.
La segunda transición fue sin errores. Después de haber pasado la piscina ahora me iba a confundir con el dorsal. Eso sí, me costó ponerme la camiseta y las zapatillas mojado como estaba. Quedaban tres vueltas, a hacerlas ahora con más ánimo, dándolo todo en la pista como en mi época de bailongo en la discoteca de mi pueblo. Así fui adelantado a unos pocos, de nuevo los nadadores, esta vez sin ningún recato. Cuando llegué a la meta casi me como el mostrador donde entregaban la bebida. Y por cierto, me negué a adelantar al sprint a la chica que tenía delante porque me pareció feo. Total, ¿de qué iba a servir?
Eso sí, ¿ya se había acabado? La distancia me había sabido a poco, quería más. Estoy convencido de que lo la distancia corta no es para mí. Ahora sólo me queda descubrir si la media o larga lo son, Pero ese es otro cantar.
Las clasificaciones se pueden ver en la página del organizador. La próxima vez quizás tenga que ser más ambicioso y meter un poco de más caña al principio y en la natación. Fui bastante lento, sobre todo en la natación, pero luego adelanté bastante en la segunda carrera.
Estaba agotado pero próximo a la euforia. Lo había conseguido, a pesar de mis miedos y prevenciones. Había disfrutado y hecho nuevas amistades. Localicé de nuevo a Abe y nos felicitamos mutuamente mientras tratábamos de recuperar el resuello y los líquidos perdidos. Le agradecí que me acercara a la estación de metro porque yo al siguiente día tenía que darme otro madrugón para participar en el Cross del Telégrafo al día siguiente. De esto también he prometido crónica.
Al metro con el dorsal todavía puesto. Eso sí, con una chaquetita que siempre me llevo para después de la competición haga el calor que haga. No me equivoqué. El aire acondicionado del metro me pareció fresquísimo.
Llevaba bastante tiempo con ganas de participar en alguno, ya que en competiciones de triatlón no me decido participar, pues aquellas en las que se quita la parte de bicicleta. Me había apuntado a uno en Arroyomolinos, pero al final me corté ante un tiempo frío, impropio de mayo, que no invitaba a hacerse un kilómetro en un estanque no aclimatado. Y yo estaba con dudas de todo tipo respecto al reglamento y al traje de neopreno.
El de Puerta de Hierro, en pleno junio y con la calor de Madrid, ofrecía garantías en ese sentido. Y además, quizás lo más importante, se celebraba en piscina, cuando lo habitual en estos casos son las aguas abiertas, en mi opinión mucho menos apetecibles, pero sé que hay gente a las que le gusta más. La piscina de Puerta de Hierro es un monumento al auge de la clase media de los años 60, que iba a disfrutar de un día de piscina y una tortilla de patata y filete empanado. Lo cierto es que es enorme y da muy bien para un acuatlón. Para mí que soy un nadador de piscina el hecho de ver el fondo ayuda mucho.
Por adaptar las instalaciones a la prueba al final salían en el primer tramo de carrera dando 3 vueltas a un paseo de plátanos, entre las sombras de los árboles, 2.320 metros, luego la transición sobre el césped hacia la piscina y tres vueltas a ésta que daban 885 metros, para luego volver a hacer otros 2.230 metros.
Yo me había apuntado en el último momento con muchas dudas y gracias a la insistencia de 3i al que todavía no se lo he agradecido lo suficiente su machacón ronroneo, “que si luego te quejas”, “que otra competición al día siguiente no es un problema para un campeón como tú”. (Esto último no sé si lo dice con cachondeo). El caso es que gracias a su sugerencia de que al día siguiente un compañero del Aguaverde me llevaría a Cercedilla para el Cross del Telégrafo y, una vez más, a su cabezonería allí que me fui,
Iba un poco a probar y dar un poco de lustre a una licencia de Triatlón que no estoy utilizando mucho de momento, por no decir nada. Llegué con mucha antelación y con muchas dudas, a pesar de que me había leído de pe a pa el reglamento y planeado minuciosamente todas las posibles circunstancias desde cómo llegar, hasta las transiciones. Bueno, al menos eso creía.
Empecé bien, en el autobús no me hizo falta preguntar. Un chaval joven, con formas de deportista y, para más datos, un mono de triatlón bajo la camiseta me demostró que no andaba desencaminado. Incluso charlé con él mientras caminaba hasta el puesto de recogida de dorsales, muy simpático. Yo opinaba que llegaba con demasiada antelación. Él otro opinaba lo contrario, que había que calentar y prepararse. En los vestuarios, que prácticamente nadie más utilizó, (por lo visto la gente ya viene preparada de casa), me encontré a otro chaval, Abe, que resultó ser también del ya extinto grupo s2r, pero en el grupo de los domingos. Supermajo, luego me acercó hasta el metro. Como los dos andábamos un poco despistados y nos confesábamos mutuamente nuestra ignorancia formamos un grupito. También reconocí gracias al uniforme a otro chaval de Aguaverde, Andrés, muy simpático también, pero éste es de lo se lo toman más en serio. De hecho ha subido al podium en su grupo de edad en algunas competiciones. Así estuvimos de charleta hasta el inicio de la competición. La verdad es que no calenté muy bien, pero, a pesar de que me gane un rapapolvos, ésta es ya una costumbre, por unas razones u otras.
La mayoría de los participantes era gente muy jovencita, de cuerpos rotundos y, luego lo comprobé, deportistas de potencia y velocidad. Para mi alivio descubrí también a otra gente de “mi grupo de edad”. Algunos que también venían con poca experiencia en la mochila. El sa berse acompañado siempre da gusto.
Oye, que se va acercando el momento del inicio. Oye, que mejor que nos vayamos acercando a la línea de salida, que mejor nos colocamos, que oye, que ya han dado la salida. Empecé con muy conservador. En mi no se trata de una estrategia muy elaborada, es que soy bastante diesel y me cuesta arrancar. Sin embargo, en este caso lo hacía a propósito. No quería llegar demasiado agobiado a la piscina. Es más, me daba miedo la posibilidad de pinchar ahí. Con todo adelanté a unos poquitos. Supongo que a los nadadores con menos preparación sobre el asfalto. Constato una vez más que la base aeróbica que tengas de otros deportes es muy buena, pero la técnica y la costumbre son tan importantes o más. Conté con cuidado las vueltas, no me fuera a equivocar.
Llegué a la transición. Lo había pensado muchas veces. Me quité las zapatillas, sin calcetines, por favor, que esto era un acuatlón, me calcé las gafas y a la piscina. Después de pasar el umbral que marcaba la ducha me doy cuenta de que todavía llevaba puesta la camiseta. ¡Ay, pardillo! Me di media vuelta, ante la mirada impasible del juez, a pesar de que puse cara de ¡Qué le vamos a hacer, un error lo tiene cualquiera!, me quité la camiseta y la puse con mimo ordenada para volver a calzármela después y volví a salir corriendo. Debí de perder un par de minutos con la tontería.
¡Al agua! A nadar con tranquilidad, que todavía quedaban más de 800 metros y yo no sabía cómo iba a salir de aquello. Los que había adelantado antes me alcanzaron, y supongo que también los que iban en cabeza. Aquello no era malo, la estela que generaban me permitía avanzar con menos esfuerzo. Traté de no ponerme en medio. En el primer tramo llegamos a un punto en que si te despistabas te dabas de bruces contra una pared. En las fotos del organizador, la cuarta foto. Pero ahí estaba alguien de la organización avisando. A mí me salvaron de un buen coscorrón, porque a pesar de que trataba de ir controlando con alguna levantando la cabeza como en el waterpolo, es fácil dejarse llevar por los demás. Quizás por ser demasiado conservador, quizás por el impulso de la estela de los nadadores más rápidos, lo cierto es que no me costó demasiado trabajo hacer las tres vueltas, al menos no tanto como pensaba. De hecho, tuve miedo al salir, de haber hecho sólo tres, pero la piscina estaba demasiado vacía de competidores como para creerme que sólo habían sido 2 vueltas, y demasiado llena para saber que llevaba cuatro. Tengo que decir que me sorprendió la técnica de patada de uno de los nadadores más fuertes cuando me adelantó. Es la técnica que yo hubiese utilizado no tanto para avanzar más rápido sino para dar patadas al competidor que estaba a su lado y que probablemente le estorbara. En fin, seguro que nadie hace eso.
La segunda transición fue sin errores. Después de haber pasado la piscina ahora me iba a confundir con el dorsal. Eso sí, me costó ponerme la camiseta y las zapatillas mojado como estaba. Quedaban tres vueltas, a hacerlas ahora con más ánimo, dándolo todo en la pista como en mi época de bailongo en la discoteca de mi pueblo. Así fui adelantado a unos pocos, de nuevo los nadadores, esta vez sin ningún recato. Cuando llegué a la meta casi me como el mostrador donde entregaban la bebida. Y por cierto, me negué a adelantar al sprint a la chica que tenía delante porque me pareció feo. Total, ¿de qué iba a servir?
Eso sí, ¿ya se había acabado? La distancia me había sabido a poco, quería más. Estoy convencido de que lo la distancia corta no es para mí. Ahora sólo me queda descubrir si la media o larga lo son, Pero ese es otro cantar.
Las clasificaciones se pueden ver en la página del organizador. La próxima vez quizás tenga que ser más ambicioso y meter un poco de más caña al principio y en la natación. Fui bastante lento, sobre todo en la natación, pero luego adelanté bastante en la segunda carrera.
Estaba agotado pero próximo a la euforia. Lo había conseguido, a pesar de mis miedos y prevenciones. Había disfrutado y hecho nuevas amistades. Localicé de nuevo a Abe y nos felicitamos mutuamente mientras tratábamos de recuperar el resuello y los líquidos perdidos. Le agradecí que me acercara a la estación de metro porque yo al siguiente día tenía que darme otro madrugón para participar en el Cross del Telégrafo al día siguiente. De esto también he prometido crónica.
Al metro con el dorsal todavía puesto. Eso sí, con una chaquetita que siempre me llevo para después de la competición haga el calor que haga. No me equivoqué. El aire acondicionado del metro me pareció fresquísimo.
lunes, 28 de abril de 2008
27.4.2008 – VIII Circuito Orbea Aventura
A juzgar por las anchas calles, el aspecto cuidado de sus edificios y su iglesia parroquial, la agricultura de los Navalmorales, donde se iniciaba la ruta en bici, debe ser una actividad rentable. Eso sí, lo primero que llamaba la atención, incluso a kilómetros de distancia, eran dos poderosas chimeneas en plena actividad de la almazara local. Y es que el aceite de oliva cornicabra es el producto estrella de la región.
Nosotros llegamos con los minutos muy justos. Después de ayudarme a montar la rueda 3i, él es el experto y yo el novato, salió raudo a por los dorsales, sabiendo que si iba él todo iría más rápido y no le faltaba razón. A lo lejos se oía la megafonía dando las instrucciones que nunca llegué a escuchar. A todo esto, y antes de que dieran las 10, que era la hora de salida, vemos pasar un pelotón de ciclistas a nuestra vera. Por eliminación, no nos quedó más remedio que deducir que eran los nuestros, y que teníamos que espabilar. Nos incorporamos a la cola del pelotón y comenzamos a callejear por el pueblo ante las miradas, algunas veces atónitas otras de solidaridad de los parroquianos. Aquello debía ser la vuelta de honor, porque tampoco tenía mucho sentido, esa vuelta para salir justo por el carreterín (como lo llaman los lugareños) que abocaba justo donde teníamos el coche. A partir de aquí dejo de hablar en plural porque 3i se lanzó, como el crack que es, hacia la cabeza de la carrera mientras yo me disponía a disfrutar del desconocido placer de formar parte de los rezagados. En estos primeros metros pasé a gente, sí, pero eran solo problemas técnicos. Salida de la cadena, primeros pinchazos y reventones, pero enseguida me pasaron.
El terreno era arcilloso de color rojo y la erosión de los ocasionales aguaceros habían dejado surcos y descubierto piedras, sobre las que resultaba bastante incómodo transitar. Al principio de la carrera la cuesta no picaba. Y oye, esto de salir el último, tiene indudables ventajas, si no se pretende hacer podium. Tenía a la vista gente delante que no se alejaba a demasiada velocidad y nadie me atosigaba a la espalda.
Yo me dedicaba a mirar el paisaje, pasamos naturalmente por tierra de olivos, perfectamente plantados en la tierra rojiza arada. En el borde de los caminos crecían hierbas en flor, favorecidas por las últimas lluvias, de las que sólo quedaba, y muy ocasionalmente, algún charco semiseco en el camino, recuerdo de que una vez había llovido. Con la subida el paisaje cambió, el terreno pasó del rojo arcilloso al blanco de la caliza (tengo entendido que una industria auxiliar de la comarca es la trituración de la caliza) y los olivos dejaron el paso a los pinos, que no supe identificar sobre el sillín, pero que probablemente pertenecieran a una extensión de bosque maderable, (que por lo visto es otra de las actividades económicas accesorias a la principal de la agricultura). El estrato de caliza debía ser bastante estrecho, porque enseguida apareció en todo su esplendor lo que sería el motivo principal de la carrera: la jara, que raramente crece en terreno calizo. Eso dicen. Era impresionante la colonización exhaustiva con la que las jaras habían sometido el sotobosque. Pegajosas y fragantes crecían tupidas entre los pinos, al borde del camino, arriba y abajo, a los lados, mostrando la flor abierta de cinco pétalos blancos y arrugados, con ese punto granate próximo a la inserción en el cáliz, atrayendo a todo tipo de bichos y abejorros. (Aquí me perdonáis el exceso de adjetivación, pero ya sabéis que padezco veleidades pseudolingüísticas consecuencia de haber leído sin coto ni mesura novela romántica a altas horas de la noche). Tuve la ocurrencia de mirar hacia la derecha y pude disfrutar de la visión de la suave loma por la que habíamos ascendido cubierta de pinos. Me dijeron dos chavales de amarillo, mi referencia durante esta primera parte, el que no disfruta del paisaje es porque no quiere. Yo estaba extasiado, como un escritor místico, disfrutando del camino, de que todavía no hacía demasiado calor y de que el sol estaba amortiguado por un velo de nubes altas.
Todo lo que sube baja y aquí comenzaron las primeras bajadas. Incluso para mí no eran difíciles, eso sí, usando los frenos hasta el chirrido. Yo no sé lo que harían los primeros puestos, porque jamás estuve ni siquiera próximo, pero por lo que me ha contado mi gurú, en esas, hasta el ciclista medio no sólo evita frenar sino que mete el plato grande para poder dar pedaladas. Con este comentario me iluminó la ¿triste? revelación de que nunca me convertiré en una estrella olímpica de la MTB.
En esta primera parte del recorrido distinguí con alegría el letrero que anunciaba que habían transcurrido los primeros cinco kilómetros. El recorrido estuvo por cierto impecablemente señalizado.
Otra subida, una curva y de repente una señora bajada. 3i ni siquiera la recordaba, para él era una rampa de aceleración. Estuve a punto de bajarme, pero como todavía estaba fresco me aferré a mis principios, tratando de esa manera de relajar el agarre del manillar, por supuesto en vano, y comencé el descenso con dos dedos sobre ambas manetas, (lo siento 3i, no es que no quiera hacerte caso, es que mi instinto de supervivencia es todavía más fuerte que mi admiración y fe por ti, que es prácticamente infinita). La vista siempre como máximo a dos metros del manillar. La única vez que cometí la torpeza de alzarla para ver por dónde iba, (cosa por otra parte muy recomendable) y sentí la atracción del abismo, tuve que repetirme, como en las películas en las que el héroe grita a la chica, que no mirase al fondo; que luchara contra el lado oscuro. Pero esta prueba la pasé, sin velocidad y sin sobresaliente, pero todavía guardando un poco de dignidad.
Seguí avanzando. Encontraba gente por el camino, los que habían pinchado, los squad de la organización que comenzaban sus rondas para echar una mano y controlar. Y los habituales del fondo. Sabía que detrás tenía una chica, pero no la sentía. Subeibajas, terreno irregular (calizo) con surcos un recodo perfilado con un roble, a la vuelta una bajada impresionante. De nuevo, a merced de la relatividad, porque para 3i aquello era una pendiente fácil. A mí aquello me parecía la ladera del Aconcagua: fuerte pendiente, terreno irregular, piedras grandes que tenías que esquivar. Yo no lo dude, ni un segundo, frené en seco a la altura del roble, sujetando el manillar con las manos y avanzando con las dos piernas bajé sin gloria, pero sin pena, felicitándome de nuevo por pertenecer a la privilegiada élite de los rezagados. No era el último, porque la chica de atrás me disputaba con ferocidad el puesto y luego me pasaron algunos ciclistas atrasados, probablemente por un problema técnico, pero para los efectos como si lo fuera.
Al llegar al fondo del abismo me felicité de nuevo. La bajada acababa de forma un poco abrupta y el camino que teníamos que seguir estaba justo perpendicular a la bajada. Si yo me hubiese lanzado habría salido despedido, volado por encima del carreterín y seguido por la ladera, esta vez sin camino. Ya que estaba desmontado, me aparté del camino y le di un par de tragos al bidón. Al volver la vista atrás (y ver el camino que nunca se ha de volver a pisar) reparé en la chica también sobre ambos pies. Más tarde, en el primer avituallamiento, comentó que había tenido una caída tonta. Bajando con los automáticos, una chica valiente, tuvo un pequeño y humano momento de pánico, frenó y, al no dar tiempo de liberar las calas, se cayó. Conclusión, los automáticos no son para mí. Que sí, 3i, que son más rápidos e incluso más seguros, pero no para alguien que como yo, no se ha sobrepuesto al instinto y comete la imprudencia de frenar cuando no debe.
La bajada “de la muerte” (de nuevo el relativismo) era el preludio que anunciaba un cambio de derroteros. El nuevo camino seguía siendo de arcilla, pero ancho, apisonado y libre de piedras. Hasta me permití el lujo de meter el plato grande, y cuando pensaba que iba a toda velocidad, me adelantaron los dos chicos de antes. No me deprimió porque descubrí que la siguiente señalización no era la de 10 km, sino la de 15. Había avanzado más de lo que pensaba. Y ahí estaba el primer avituallamiento.
“Que buena está la sandía”, decían los chicos de amarillo, con el mismo deje que el “Agüela, stotá demuerte”. Y la verdad es que estaba muy rica. La sandía, y el plátano, y la naranja, y el chocolate, incluso los montaditos de atún. Eso o que tenía mucha hambre. Las chicas de la organización atentas y jatorras (todavía no sé qué quiere decir esto, pero lo he visto utilizar en este contexto y quiero incorporar tecnicismos de montañero a mi acervo lingüístico. Total, como automáticos no me voy a poner... de momento...). “Con cuidado”, nos recomendaron los chavales al despedirnos. A partir de aquí ya no volví a ver a los chicos de amarillo.
El camino fácil se acabó aquí y, con cierta renuencia, tuve que bajar de plato para atravesar un pequeño cauce seco pero cubierto de cantos rodados. Aquí, casi mejor me apoyo con el pie, que para eso sólo llevo punteras y me puedo liberar fácilmente. De nuevo tierra de olivos y de nuevo el esplendor de las jaras. “!Óspera!”, éste debe ser el cortafuegos. La geometría de esta brecha en el terreno no se parecía a la geometría de los cortafuegos que he visto, pero sí, quitaba la respiración de bonito que era. Había encinas a ambos lados y una pendiente, que si bien no era terrible y que con determinación habría podido hacer, bajé andando sin ningún pudor, porque ¿para qué matarse a mitad del camino?
Ya empezaba a hacer calor y ya estaba cansado, pero yo seguía todavía eufórico, pensando en hay que repetir. Después de unos quilómetros disfrutando, me topé con los squads de la organización. Que si iba a hacer el recorrido A o el corto. Pues el corto, naturalmente. Pues ahí dentro de poco verás la indicación de desvío. No tiene pérdida. Y tranquilo, que ya queda poco. Ah sí, pues que pena, porque estaba disfrutando.
Efectivamente, después de un rato llegué a un cruce de caminos. Estaba señalizado de la misma forma que el resto de los cruces de caminos que había pasado. Una flecha para señalar la dirección correcta y una línea perfectamente perpendicular al eje del camino y que lo atravesaba para indicar que no debía cruzarse. Al lado había un cartel con una B grande e inconfundible, pero decidí seguir la lógica que tan bien me había servido hasta entonces e hice caso a la flecha.
A partir de aquí el terreno se hizo más técnico. Había que atravesar serpenteando un pequeño valle con robles centenarios y piedras grandes como monolitos. Servidor se volvió a bajar. (Ya sé que tú no 3i, pero una vez que caes en el lado oscuro, es muy difícil retornar al de los valientes.) Aquí, quienes tenían problemas eran los squads. Tuvieron que pasarlos con más pena que gloria casi en volandas.
- “Al final te has decidido por el itinerario A.”
- “¿Yo? Qué va.”
- “Pues hace tiempo que te pasaste la desviación”
- “Ah” mascullé estupefacto, “Así que era eso.” Ya no me atreví a decir más.
- “Pues estaba perfectamente señalizado.”, afirmó el chaval con suavidad pero preguntándose interiormente si yo estaba ciego, o tonto, o las dos cosas.
Hombre, yo lo hubiese señalizado de otra forma, con dos flechas indicando ambos caminos, en lugar de una línea transversal, pero como servidor ya se ha ido a Getafe en lugar de Leganés, no quise discutírselo y me limité a decir que no sabía qué hacer. Me aconsejaron continuar hasta llegar al carreterín y de ahí desviarme al pueblo. No me lo dijeron así, pero si vinieron a indicarme que el circuito A se me quedaba un poco grande, o que no tenían ganas de esperar a que pudiera terminarlo. Y pardiez que lo habría hecho, pues menudo soy. Me preguntaron si me veía con fuerzas y como contesté que sí, me indicaron que continuara hasta el siguiente avituallamiento, bien pasado el kilómetro 45.
El calor empezaba a apretar y las cuestas a picar. Cuestas que había pasado sobrado al principio me hicieron bajar. Y en una de estas, una irregularidad del camino, me hizo trastabillar y caerme. Un arañazo, y una pequeña contusión, que me hizo cojear ligeramente al día siguiente. Ligeramente irritado por lo tonto de la caída y más sorprendido que dolorido continué. La compañía intermitente de los squads ya se hizo casi permanente. Me pasaban, regresaban, me volvían a pasar dejando un reguero de polvo y tufillo a gasolina. Tratando de parpadear para quitarme el polvo de los ojos casi me mato.
Ya no estaba disfrutando del camino debido al calor y al cansancio. Deseaba llegar. Por fin llegué al avituallamiento prometido, que no estaba tan cerca como me pareció al principio, de nuevo el relativismo atlético. Nos esperaban pero ya estaban recogiendo. Me lancé con ganas a la bebida, a la sandía y la naranja, desdeñando el alimento más sólido. Necesitaba refrescar la garganta, hidratarme. Bebí, llené el botellín, descansé ligeramente.
Remolcado por un squad llegó un chaval al que se le había roto la cadena. No, yo no llevaba tronchacadenas (¿se dice así?) ni ellos tampoco, pero afortunadamente en la furgoneta si había y un técnico se la arregló.
Me dispuse a continuar. “Espéranos cuando llegues al cruce de caminos y te indicamos”. Ya me habían calado y comprendido que mejor no dejarse fiar por mi nulo sentido de la orientación.
Esta parte fue fácil. Camino llano (calizo) y bajando. Volví a disfrutar. En el cruce estaba la guardia civil. “¿Vas a continuar?”, me preguntaron con simpatía. “No, espero a los motorizados”, contesté. “Haces bien, ahora queda toda esa cuesta”, me indicaron con un movimiento de brazo que no dejaba lugar a dudas de que no se trataba de ninguna broma. “Hombre, aún me quedan fuerzas para hacerlo”, afirmé con suficiencia y en una mentira descarada, “pero, no quiero llegar demasiado tarde. Es que me están esperando, ¿sabe usted?”.
Cuando llegaron los squads me pidieron que esperara al otro compi, al de la cadena rota, porque siempre es mejor ir juntos. “Izquierda e izquierda, no tiene pérdida.” No la tuvo. De lo que no me avisaron es que quedaban bastantes quilómetros y una cuesta, que no llegaría siquiera a la categoría de no-puerto, pero que agotado como estaba me dejó tronchado, como la cadena.
Nos pasó la furgoneta de aprovisionamiento. “¿Quieres que te llevemos?”, me preguntó muy amable la chica jatorra. “No, voy bien. Ya termino yo solito”
El otro chaval era más pesado, pero más experimentado. Yo avancé rápido y le adelanté para poder llegar a un sitio desde donde contestar la llamada de Ivo, que habiendo hecho el circuito largo hacía más de una hora que había llegado a meta y estaba esperándome. Me desfondé. Esta sensación de que ya no puedes más. acompañado de contractura muscular justo en la inserción de los isquiotibiales sobre la articulación de la rodilla. Supongo que hay algo que estaré haciendo mal.
En ese momento me arrepentí de mi vano pundonor y de mi negativa a la furgoneta. Ahora sí que me subiría. Pero una vez superada la “no-cuesta”, fue más fácil. No todo bajada, pero pude poner el plato grande y tirar.
De nuevo el pueblo, que nunca me había parecido tan largo, la iglesia de piedra caliza e impecable arquitectura. Los coches de los ciclistas que se iban saludando. Casi cojo al chaval de la cadena. Pero gracias a la llamada de 3i, logré conservar con todo honor el puesto del último. (Bueno, luego me enteré de que llegaron otros del circuito largo acompañados del coche escoba, pero seguro que por un problema técnico, y eso no tiene mérito.)
Me lancé sobre los montados de atún, la chistorra, y los macarrones de la organización con hambre canina, pero más aún sobre el agua. Debí beber un par de litros, y eso que hice uso del bidón. Había llegado.
Conclusión: Es bueno conocerse y valorar fuerzas y capacidades de uno. El circuito que había escogido previamente era el mío. Habría llegado, si no sobrado y disfrutando, con alegría. Con la equivocación sufrí y me di la paliza, que no era el objetivo. Con todo y con eso disfruté como un enano de un paisaje que de otra forma no habría visto y de las sensaciones. De las buenas y de las malas, que de las últimas también se disfruta cuando las cuentas. 3i ¿Cuándo es la próxima? Quiero más.
He dejado el dorsal atado al manillar de la bici. ¡Que se vea! Caprichos de novato.
La carrera de 3i debió de ser como él, brillante. Es un ciclista muy técnico, con un valor desmesurado en las bajadas, que para mí raya en la imprudencia, pero todo es relativo. Todo lo que yo hice a pie, subidas y bajadas, él se lo hizo acelerando. Le perjudicó nuestra salida tardía. Tuvo que adelantar gente y que esperar en esas bajadas, donde los ciclistas de naturaleza humana se descuelgan del pedal. Si no hubiese sido por eso, habría podido alcanzar a la primera chica, que fue su liebre. Menuda y delgadita, subía con buena cadencia los repechos, y con una técnica muy depurada en las bajadas se hizo imposible de pasar. Por cierto, otra de las primeras chicas, después de pasar por meta, regresó veloz al coche para echarse un cigarrito con el que premiarse elesfuerzo. Si iba así de bien, tal vez debería replantearme algunas de las creencias sobre el tabaco y deporte.
Apliqué un poco de protector solar por la cara, pero adivinad dónde olvidé echarme.
Nosotros llegamos con los minutos muy justos. Después de ayudarme a montar la rueda 3i, él es el experto y yo el novato, salió raudo a por los dorsales, sabiendo que si iba él todo iría más rápido y no le faltaba razón. A lo lejos se oía la megafonía dando las instrucciones que nunca llegué a escuchar. A todo esto, y antes de que dieran las 10, que era la hora de salida, vemos pasar un pelotón de ciclistas a nuestra vera. Por eliminación, no nos quedó más remedio que deducir que eran los nuestros, y que teníamos que espabilar. Nos incorporamos a la cola del pelotón y comenzamos a callejear por el pueblo ante las miradas, algunas veces atónitas otras de solidaridad de los parroquianos. Aquello debía ser la vuelta de honor, porque tampoco tenía mucho sentido, esa vuelta para salir justo por el carreterín (como lo llaman los lugareños) que abocaba justo donde teníamos el coche. A partir de aquí dejo de hablar en plural porque 3i se lanzó, como el crack que es, hacia la cabeza de la carrera mientras yo me disponía a disfrutar del desconocido placer de formar parte de los rezagados. En estos primeros metros pasé a gente, sí, pero eran solo problemas técnicos. Salida de la cadena, primeros pinchazos y reventones, pero enseguida me pasaron.
El terreno era arcilloso de color rojo y la erosión de los ocasionales aguaceros habían dejado surcos y descubierto piedras, sobre las que resultaba bastante incómodo transitar. Al principio de la carrera la cuesta no picaba. Y oye, esto de salir el último, tiene indudables ventajas, si no se pretende hacer podium. Tenía a la vista gente delante que no se alejaba a demasiada velocidad y nadie me atosigaba a la espalda.
Yo me dedicaba a mirar el paisaje, pasamos naturalmente por tierra de olivos, perfectamente plantados en la tierra rojiza arada. En el borde de los caminos crecían hierbas en flor, favorecidas por las últimas lluvias, de las que sólo quedaba, y muy ocasionalmente, algún charco semiseco en el camino, recuerdo de que una vez había llovido. Con la subida el paisaje cambió, el terreno pasó del rojo arcilloso al blanco de la caliza (tengo entendido que una industria auxiliar de la comarca es la trituración de la caliza) y los olivos dejaron el paso a los pinos, que no supe identificar sobre el sillín, pero que probablemente pertenecieran a una extensión de bosque maderable, (que por lo visto es otra de las actividades económicas accesorias a la principal de la agricultura). El estrato de caliza debía ser bastante estrecho, porque enseguida apareció en todo su esplendor lo que sería el motivo principal de la carrera: la jara, que raramente crece en terreno calizo. Eso dicen. Era impresionante la colonización exhaustiva con la que las jaras habían sometido el sotobosque. Pegajosas y fragantes crecían tupidas entre los pinos, al borde del camino, arriba y abajo, a los lados, mostrando la flor abierta de cinco pétalos blancos y arrugados, con ese punto granate próximo a la inserción en el cáliz, atrayendo a todo tipo de bichos y abejorros. (Aquí me perdonáis el exceso de adjetivación, pero ya sabéis que padezco veleidades pseudolingüísticas consecuencia de haber leído sin coto ni mesura novela romántica a altas horas de la noche). Tuve la ocurrencia de mirar hacia la derecha y pude disfrutar de la visión de la suave loma por la que habíamos ascendido cubierta de pinos. Me dijeron dos chavales de amarillo, mi referencia durante esta primera parte, el que no disfruta del paisaje es porque no quiere. Yo estaba extasiado, como un escritor místico, disfrutando del camino, de que todavía no hacía demasiado calor y de que el sol estaba amortiguado por un velo de nubes altas.
Todo lo que sube baja y aquí comenzaron las primeras bajadas. Incluso para mí no eran difíciles, eso sí, usando los frenos hasta el chirrido. Yo no sé lo que harían los primeros puestos, porque jamás estuve ni siquiera próximo, pero por lo que me ha contado mi gurú, en esas, hasta el ciclista medio no sólo evita frenar sino que mete el plato grande para poder dar pedaladas. Con este comentario me iluminó la ¿triste? revelación de que nunca me convertiré en una estrella olímpica de la MTB.
En esta primera parte del recorrido distinguí con alegría el letrero que anunciaba que habían transcurrido los primeros cinco kilómetros. El recorrido estuvo por cierto impecablemente señalizado.
Otra subida, una curva y de repente una señora bajada. 3i ni siquiera la recordaba, para él era una rampa de aceleración. Estuve a punto de bajarme, pero como todavía estaba fresco me aferré a mis principios, tratando de esa manera de relajar el agarre del manillar, por supuesto en vano, y comencé el descenso con dos dedos sobre ambas manetas, (lo siento 3i, no es que no quiera hacerte caso, es que mi instinto de supervivencia es todavía más fuerte que mi admiración y fe por ti, que es prácticamente infinita). La vista siempre como máximo a dos metros del manillar. La única vez que cometí la torpeza de alzarla para ver por dónde iba, (cosa por otra parte muy recomendable) y sentí la atracción del abismo, tuve que repetirme, como en las películas en las que el héroe grita a la chica, que no mirase al fondo; que luchara contra el lado oscuro. Pero esta prueba la pasé, sin velocidad y sin sobresaliente, pero todavía guardando un poco de dignidad.
Seguí avanzando. Encontraba gente por el camino, los que habían pinchado, los squad de la organización que comenzaban sus rondas para echar una mano y controlar. Y los habituales del fondo. Sabía que detrás tenía una chica, pero no la sentía. Subeibajas, terreno irregular (calizo) con surcos un recodo perfilado con un roble, a la vuelta una bajada impresionante. De nuevo, a merced de la relatividad, porque para 3i aquello era una pendiente fácil. A mí aquello me parecía la ladera del Aconcagua: fuerte pendiente, terreno irregular, piedras grandes que tenías que esquivar. Yo no lo dude, ni un segundo, frené en seco a la altura del roble, sujetando el manillar con las manos y avanzando con las dos piernas bajé sin gloria, pero sin pena, felicitándome de nuevo por pertenecer a la privilegiada élite de los rezagados. No era el último, porque la chica de atrás me disputaba con ferocidad el puesto y luego me pasaron algunos ciclistas atrasados, probablemente por un problema técnico, pero para los efectos como si lo fuera.
Al llegar al fondo del abismo me felicité de nuevo. La bajada acababa de forma un poco abrupta y el camino que teníamos que seguir estaba justo perpendicular a la bajada. Si yo me hubiese lanzado habría salido despedido, volado por encima del carreterín y seguido por la ladera, esta vez sin camino. Ya que estaba desmontado, me aparté del camino y le di un par de tragos al bidón. Al volver la vista atrás (y ver el camino que nunca se ha de volver a pisar) reparé en la chica también sobre ambos pies. Más tarde, en el primer avituallamiento, comentó que había tenido una caída tonta. Bajando con los automáticos, una chica valiente, tuvo un pequeño y humano momento de pánico, frenó y, al no dar tiempo de liberar las calas, se cayó. Conclusión, los automáticos no son para mí. Que sí, 3i, que son más rápidos e incluso más seguros, pero no para alguien que como yo, no se ha sobrepuesto al instinto y comete la imprudencia de frenar cuando no debe.
La bajada “de la muerte” (de nuevo el relativismo) era el preludio que anunciaba un cambio de derroteros. El nuevo camino seguía siendo de arcilla, pero ancho, apisonado y libre de piedras. Hasta me permití el lujo de meter el plato grande, y cuando pensaba que iba a toda velocidad, me adelantaron los dos chicos de antes. No me deprimió porque descubrí que la siguiente señalización no era la de 10 km, sino la de 15. Había avanzado más de lo que pensaba. Y ahí estaba el primer avituallamiento.
“Que buena está la sandía”, decían los chicos de amarillo, con el mismo deje que el “Agüela, stotá demuerte”. Y la verdad es que estaba muy rica. La sandía, y el plátano, y la naranja, y el chocolate, incluso los montaditos de atún. Eso o que tenía mucha hambre. Las chicas de la organización atentas y jatorras (todavía no sé qué quiere decir esto, pero lo he visto utilizar en este contexto y quiero incorporar tecnicismos de montañero a mi acervo lingüístico. Total, como automáticos no me voy a poner... de momento...). “Con cuidado”, nos recomendaron los chavales al despedirnos. A partir de aquí ya no volví a ver a los chicos de amarillo.
El camino fácil se acabó aquí y, con cierta renuencia, tuve que bajar de plato para atravesar un pequeño cauce seco pero cubierto de cantos rodados. Aquí, casi mejor me apoyo con el pie, que para eso sólo llevo punteras y me puedo liberar fácilmente. De nuevo tierra de olivos y de nuevo el esplendor de las jaras. “!Óspera!”, éste debe ser el cortafuegos. La geometría de esta brecha en el terreno no se parecía a la geometría de los cortafuegos que he visto, pero sí, quitaba la respiración de bonito que era. Había encinas a ambos lados y una pendiente, que si bien no era terrible y que con determinación habría podido hacer, bajé andando sin ningún pudor, porque ¿para qué matarse a mitad del camino?
Ya empezaba a hacer calor y ya estaba cansado, pero yo seguía todavía eufórico, pensando en hay que repetir. Después de unos quilómetros disfrutando, me topé con los squads de la organización. Que si iba a hacer el recorrido A o el corto. Pues el corto, naturalmente. Pues ahí dentro de poco verás la indicación de desvío. No tiene pérdida. Y tranquilo, que ya queda poco. Ah sí, pues que pena, porque estaba disfrutando.
Efectivamente, después de un rato llegué a un cruce de caminos. Estaba señalizado de la misma forma que el resto de los cruces de caminos que había pasado. Una flecha para señalar la dirección correcta y una línea perfectamente perpendicular al eje del camino y que lo atravesaba para indicar que no debía cruzarse. Al lado había un cartel con una B grande e inconfundible, pero decidí seguir la lógica que tan bien me había servido hasta entonces e hice caso a la flecha.
A partir de aquí el terreno se hizo más técnico. Había que atravesar serpenteando un pequeño valle con robles centenarios y piedras grandes como monolitos. Servidor se volvió a bajar. (Ya sé que tú no 3i, pero una vez que caes en el lado oscuro, es muy difícil retornar al de los valientes.) Aquí, quienes tenían problemas eran los squads. Tuvieron que pasarlos con más pena que gloria casi en volandas.
- “Al final te has decidido por el itinerario A.”
- “¿Yo? Qué va.”
- “Pues hace tiempo que te pasaste la desviación”
- “Ah” mascullé estupefacto, “Así que era eso.” Ya no me atreví a decir más.
- “Pues estaba perfectamente señalizado.”, afirmó el chaval con suavidad pero preguntándose interiormente si yo estaba ciego, o tonto, o las dos cosas.
Hombre, yo lo hubiese señalizado de otra forma, con dos flechas indicando ambos caminos, en lugar de una línea transversal, pero como servidor ya se ha ido a Getafe en lugar de Leganés, no quise discutírselo y me limité a decir que no sabía qué hacer. Me aconsejaron continuar hasta llegar al carreterín y de ahí desviarme al pueblo. No me lo dijeron así, pero si vinieron a indicarme que el circuito A se me quedaba un poco grande, o que no tenían ganas de esperar a que pudiera terminarlo. Y pardiez que lo habría hecho, pues menudo soy. Me preguntaron si me veía con fuerzas y como contesté que sí, me indicaron que continuara hasta el siguiente avituallamiento, bien pasado el kilómetro 45.
El calor empezaba a apretar y las cuestas a picar. Cuestas que había pasado sobrado al principio me hicieron bajar. Y en una de estas, una irregularidad del camino, me hizo trastabillar y caerme. Un arañazo, y una pequeña contusión, que me hizo cojear ligeramente al día siguiente. Ligeramente irritado por lo tonto de la caída y más sorprendido que dolorido continué. La compañía intermitente de los squads ya se hizo casi permanente. Me pasaban, regresaban, me volvían a pasar dejando un reguero de polvo y tufillo a gasolina. Tratando de parpadear para quitarme el polvo de los ojos casi me mato.
Ya no estaba disfrutando del camino debido al calor y al cansancio. Deseaba llegar. Por fin llegué al avituallamiento prometido, que no estaba tan cerca como me pareció al principio, de nuevo el relativismo atlético. Nos esperaban pero ya estaban recogiendo. Me lancé con ganas a la bebida, a la sandía y la naranja, desdeñando el alimento más sólido. Necesitaba refrescar la garganta, hidratarme. Bebí, llené el botellín, descansé ligeramente.
Remolcado por un squad llegó un chaval al que se le había roto la cadena. No, yo no llevaba tronchacadenas (¿se dice así?) ni ellos tampoco, pero afortunadamente en la furgoneta si había y un técnico se la arregló.
Me dispuse a continuar. “Espéranos cuando llegues al cruce de caminos y te indicamos”. Ya me habían calado y comprendido que mejor no dejarse fiar por mi nulo sentido de la orientación.
Esta parte fue fácil. Camino llano (calizo) y bajando. Volví a disfrutar. En el cruce estaba la guardia civil. “¿Vas a continuar?”, me preguntaron con simpatía. “No, espero a los motorizados”, contesté. “Haces bien, ahora queda toda esa cuesta”, me indicaron con un movimiento de brazo que no dejaba lugar a dudas de que no se trataba de ninguna broma. “Hombre, aún me quedan fuerzas para hacerlo”, afirmé con suficiencia y en una mentira descarada, “pero, no quiero llegar demasiado tarde. Es que me están esperando, ¿sabe usted?”.
Cuando llegaron los squads me pidieron que esperara al otro compi, al de la cadena rota, porque siempre es mejor ir juntos. “Izquierda e izquierda, no tiene pérdida.” No la tuvo. De lo que no me avisaron es que quedaban bastantes quilómetros y una cuesta, que no llegaría siquiera a la categoría de no-puerto, pero que agotado como estaba me dejó tronchado, como la cadena.
Nos pasó la furgoneta de aprovisionamiento. “¿Quieres que te llevemos?”, me preguntó muy amable la chica jatorra. “No, voy bien. Ya termino yo solito”
El otro chaval era más pesado, pero más experimentado. Yo avancé rápido y le adelanté para poder llegar a un sitio desde donde contestar la llamada de Ivo, que habiendo hecho el circuito largo hacía más de una hora que había llegado a meta y estaba esperándome. Me desfondé. Esta sensación de que ya no puedes más. acompañado de contractura muscular justo en la inserción de los isquiotibiales sobre la articulación de la rodilla. Supongo que hay algo que estaré haciendo mal.
En ese momento me arrepentí de mi vano pundonor y de mi negativa a la furgoneta. Ahora sí que me subiría. Pero una vez superada la “no-cuesta”, fue más fácil. No todo bajada, pero pude poner el plato grande y tirar.
De nuevo el pueblo, que nunca me había parecido tan largo, la iglesia de piedra caliza e impecable arquitectura. Los coches de los ciclistas que se iban saludando. Casi cojo al chaval de la cadena. Pero gracias a la llamada de 3i, logré conservar con todo honor el puesto del último. (Bueno, luego me enteré de que llegaron otros del circuito largo acompañados del coche escoba, pero seguro que por un problema técnico, y eso no tiene mérito.)
Me lancé sobre los montados de atún, la chistorra, y los macarrones de la organización con hambre canina, pero más aún sobre el agua. Debí beber un par de litros, y eso que hice uso del bidón. Había llegado.
Conclusión: Es bueno conocerse y valorar fuerzas y capacidades de uno. El circuito que había escogido previamente era el mío. Habría llegado, si no sobrado y disfrutando, con alegría. Con la equivocación sufrí y me di la paliza, que no era el objetivo. Con todo y con eso disfruté como un enano de un paisaje que de otra forma no habría visto y de las sensaciones. De las buenas y de las malas, que de las últimas también se disfruta cuando las cuentas. 3i ¿Cuándo es la próxima? Quiero más.
He dejado el dorsal atado al manillar de la bici. ¡Que se vea! Caprichos de novato.
La carrera de 3i debió de ser como él, brillante. Es un ciclista muy técnico, con un valor desmesurado en las bajadas, que para mí raya en la imprudencia, pero todo es relativo. Todo lo que yo hice a pie, subidas y bajadas, él se lo hizo acelerando. Le perjudicó nuestra salida tardía. Tuvo que adelantar gente y que esperar en esas bajadas, donde los ciclistas de naturaleza humana se descuelgan del pedal. Si no hubiese sido por eso, habría podido alcanzar a la primera chica, que fue su liebre. Menuda y delgadita, subía con buena cadencia los repechos, y con una técnica muy depurada en las bajadas se hizo imposible de pasar. Por cierto, otra de las primeras chicas, después de pasar por meta, regresó veloz al coche para echarse un cigarrito con el que premiarse elesfuerzo. Si iba así de bien, tal vez debería replantearme algunas de las creencias sobre el tabaco y deporte.
Apliqué un poco de protector solar por la cara, pero adivinad dónde olvidé echarme.

Por cierto, ésta será desgraciadamente la única foto de tan egregio acontecimiento. Llevé la cámara, pero con las prisas de la llegada y lo tarde que llegué a la entrada, no pude hacer más “labor de documentación”.
Un abrazo, 3j
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